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    Fernando León de Aranoa
    Fernando León de Aranoa

    Balanzas desequilibradas

    Crítica ★★★★★ de «El buen patrón», de Fernando León de Aranoa.

    España, 2021. Título original: El buen patrón. Dirección: Fernando León de Aranoa. Guion: Fernando León de Aranoa. Productores: Fernando León de Aranoa, Jaume Roures. Productoras: Reposado Producciones, Mediapro, TVE, TV3, MK2 Films. Fotografía: Pau Esteve Birba. Música: Zeltia Montes. Montaje: Vanessa Marimbert. Reparto: Javier Bardem, Manolo Solo, Almudena Amor, Sonia Almarcha, Mara Guil, Óscar de la Fuente, Fernando Albizu, Celso Bugallo, Rafa Castejón, Tarik Rmili, Nao Albet, María de Nati, Daniel Chamorro. Duración: 120 minutos.

    Veinticinco años se han cumplido desde que Fernando León de Aranoa nos regalara Familia (1996), una de las óperas primas más deslumbrantes que ha conocido el cine español. Una pequeña comedia dramática de guion originalísimo que, entre la negrura y cierta ternura, deconstruía los vínculos familiares y hablaba de la falta de comunicación, a través de esos actores contratados para ejercer de parientes por el personaje de Juan Luis Galiardo con el fin de aliviar su soledad en el día de su cumpleaños. Desde aquel impresionante debut, el realizador ha manifestado una especial sensibilidad a la hora de abordar temas controvertidos y duros en sus películas, dando voz a los más desfavorecidos de la sociedad, como si de un Ken Loach patrio se tratara. Fue el caso de aquellos adolescentes de extrarradio, empujados a un futuro incierto, de la desesperanzadora Barrio (1998); de esos parados gallegos que, sobrepasados, de largo, los cuarenta años, contaban con pocas expectativas para conseguir un nuevo empleo tras el cierre de la empresa astillera en la que trabajaban, de Los lunes al sol (2001); o de todas esas mujeres, españolas e inmigrantes, que sobrevivían ejerciendo la prostitución en las calles de Princesas (2005). Tres notables exponentes de un cine social que también estuvo presente en Amador (2010) o Un día perfecto (2015) –por no mencionar sus incursiones en el documental, con Caminantes (2001) o Invisibles (2007)– y que vuelve a brillar en su nueva película, El buen patrón (2021), donde Aranoa recupera su mejor pulso después del relativo fracaso de su irregular biografía del narco Escobar en Loving Pablo (2017). De aquella, recupera lo que fue más salvable de la función, un Javier Bardem magistral que, por tercera vez, se pone a las órdenes del cineasta que le había brindado uno de los papeles más contundentes de su brillante carrera, el de Santa en Los lunes al sol. Si en aquella ocasión le tocó poner rostro al drama del desempleo, aquí se mete en la piel de un personaje que representa la otra cara de la moneda, el propietario de una empresa de balanzas que es capaz de realizar los actos más amorales con tal de salvaguardar su buena reputación. La cinta de Aranoa se abre con el ataque xenófobo de un grupo de adolescentes españoles a unos chicos árabes en un parque, un hecho que entroncará a continuación con la historia principal, protagonizada por Blanco, un empresario de provincias que se jacta de cuidar de la plantilla de su fábrica más como a familia que como a simples empleados.

    Carismático, con gran facilidad de palabra, resolutivo, Blanco ejerce un trato paternalista y aparentemente protector sobre sus trabajadores, pero sus favores, en realidad, terminan siendo cobrados con intereses, a veces, demasiado caros. En realidad, es un hombre que representa todo lo contrario a esa imagen de pulcritud y honradez que trata, a toda costa de transmitir. Se jacta de haber llegado a lo más alto gracias a su esfuerzo y humildad, cuando en realidad ha heredado el negocio de su padre, por lo que la suerte le llegó regalada. Ofrece, junto a su esposa (Sonia Almarcha), la imagen de un matrimonio triunfador e idílico, pero no pierde la ocasión de flirtear con sus jóvenes becarias y realizar ocasionales visitas a clubs de alterne junto a su jefe de producción, Miralles (un portentoso Manolo Solo). La historia de El buen patrón se centra en una semana decisiva para su protagonista y el futuro de esa fábrica de balanzas que debería simbolizar equilibrio y no puede estar más desestabilizada. Son vísperas de una importante visita, la de una comisión a la que hay que agradar para que Blanco pueda sumar un premio más a su amplio catálogo de galardones obtenidos a lo largo de su exitosa trayectoria, y, tal vez, para abrirle las puertas a futuras subvenciones. En esos mismos días, el empresario tendrá que afrontar (y tratar de resolver), en una angustiosa carrera a contrarreloj, multitud de circunstancias que enturbiarían la buena imagen del negocio, desde los líos de cuernos de algunos de sus empleados, que influyen en el estado de ánimo (y la productividad) de los mismos; a la incómoda presencia, acampado en los alrededores del recinto, de José (Óscar de la Fuente, estupendo reflejo de muchas víctimas de los ERES), un trabajador que ha sido cruelmente despedido, con indemnización mínima, y que reclama la devolución de su puesto; pasando por la entrada en plantilla de Liliana (Almudena Amor), una joven becaria que se encarga del márquetin y que se convierte en la nueva tentación del depredador Blanco. En el viaje descubrirá que el dinero, en contra de lo que creía, no puede comprarlo todo, por mucho que lo intente. Aranoa ha escrito para la ocasión un guion redondo, perfectamente hilvanado, que realiza una punzante sátira –género que recupera al cineasta juguetón de sus inicios en Familia– sobre un tipo de empresario, nada que ver con el buen patrón del título, que ejerce una forma de autoridad sobre sus empleados muy parecida al caciquismo –repetida generación tras generación, como bien revelan las anécdotas infantiles vividas por Blanco y Miralles, «amigos» desde niños–.

    por José Martín León
    octubre 17, 2021

    Crítica | El buen patrón

    por José Martín León | octubre 17, 2021
    Un día perfecto

    Los muertos no se tocan, nene

    crítica a Un día perfecto (Fernando León de Aranoa, 2015).

    Los Balcanes, 1995. Con los perseguidos huyendo en tropel, salvado el escollo de la muerte caprichosa, un cadáver hizo plof en las negras aguas del pozo comunitario que abastecía a los supervivientes. Ficción, tal vez. Aunque no sea ningún invento. La carretera sin asfaltar discurre por campos donde reina una tranquilidad enfermiza, como legado de lo que ya casi pasó pero aún colea en la retina de innumerables pobladores cuya expresión facial vira peligrosamente a la inopia del juan sin tierra. Los senderos hacen ochos y los coches, que no son de rally, bordean las montañas por su lado adormecido a 30 km/h. O así. De cuando en cuando el viaje se ve interrumpido por una vaca muerta que impide seguir circulando con normalidad: las arrastran hasta allí y las ceban con minas o, en su defecto, entierran esas minas a un lado o al otro, a izquierda o derecha del fiambre. Y entonces no tiene uno más remedio que elegir por qué lado rodear a la ternera ya en descomposición. Es un juego venenoso. Una broma propia del soldado cejijunto, siempre henchido de un no sé qué inidentificable, dispuesto a cavar la última tumba antes de esconderse en su madriguera. O más bien antes de ser cazado por el otro. Porque cambian los nombres, los subterfugios, a veces variopintos y otros directamente repugnantes; cambian las etnias y la geografía, más o menos escarpada, el clima y la idiosincrasia cultural; cambian las banderas y hasta el valor político de los caídos según su estatus, cabrero obstinado o banquero rumboso, pues existen humanos de primera y segunda. Y sin embargo, todas las guerras son fundamentalmente cicuta macroeconómica y coinciden en sus anhelos supremacistas: imponerse a la agresión, ya sea real o inventada, exige al agredido convertirse en un agresor todavía más eficiente que el suyo propio. No hay espacio para correr, ni dudas razonables, ni descanso tras el monótono asedio. La guerra es cabrona aquí o allá, y produce monstruos tan minúsculos que sólo se advierten cuando estallan ante ti como gigantes encorvados que habían sobrevivido de forma clandestina hasta la fecha.

    En 1991, hace apenas veinticuatro años, los Balcanes se transformó en la terrible sangría de Europa. Como efecto, Yugoslavia se fracturó en seis naciones: Serbia, Montenegro, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Eslovenia y Macedonia. A este escenario en ruinas se acerca el reputado cineasta Fernando León de Aranoa para filmar la historia de unos cooperantes que descubren un cuerpo hundido en el pozo de agua que sustenta a varias familias de los alrededores, y se pasan el día del título buscando cuerda para subirlo, evitando así que contamine el agua y que los miserables hagan negocio vendiendo cubos de agua a precios abusivos. El primer intento es en vano. La cuerda se rompe pronto debido al peso, hinchadas sus glándulas y sus músculos en general, de esa mole antropomorfa que fue arrojada —intuimos— a las honduras como una colilla aún humeante. Así se ganan las guerras y se pierde la razón. Un día perfecto deja entrever el horror tras la cortina de los Balcanes, aunque su misión es otra: blindar el drama con una armadura de sarcasmo intempestivo, en mitad del monte, que se adhiere de manera espontánea y a ritmo de clásicos rock. El director madrileño no aparca en absoluto su condición de autor incómodo, áspero, que obliga a (son)reír por no llorar. Pasamos de puntillas el gris ulceroso de la metralla, los salones familiares antes techados convertidos en observatorios sin estrellas que señalar con mohín infantiloide. De pronto hasta el silencio —¡tan prestigiado!— es cuestionable. Y el chiste, un antídoto contra el derrumbe. Mambrú, que así se llama el personaje de Benicio del Toro, tiene el percutor en la mirada, y cuando apunta toca hueso, y cuando alcanza su objetivo ese diálogo aparentemente familiar deviene escáner que muestra la realidad más cruel. Es decir, la de siempre y conocida por todos. Frente a él, Tim Robbins completa un filme de paseo, un estimable trámite para sumar a su currículum. Su comodidad es tal que no harían falta desmentidos a corto, medio o largo plazo. Si no fue el rey durante el rodaje, al menos nadie le disputó ese registro frente a cámara. B es un tipo feliz buscando cuerda, y sorteando minas, en medio del desierto. Y no pretende ser otra cosa que un punki altruista y algo vacilón, heredero de facto de aquel hombre que pudo reinar en una época y un territorio cada vez más temibles. Olga Kurylenko, en cambio, posee una belleza glacial. Lo tiene todo, incluidas las limitaciones de una actriz que, a pesar de la percusión cosmético-mediática, no transmite emociones. Su cara es un sota-caballo-rey interminable, y aquí tampoco le ayuda a cristalizar un rol de escaso relieve dentro de la historia —basada en la novela Dejarse llover, de Paula Farias—.

    por Anónimo
    agosto 28, 2015

    Crítica | Un día perfecto

    por Anónimo | agosto 28, 2015

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