La década de los años 50 en Estados Unidos fue la década de la ciencia ficción en el cine y la televisión. Los escritores del género solían renegar de las películas que se estrenaban en las salas, pero lo cierto es que calaban hondo en el espectador. Había un miedo general y compartido a lo diferente, a lo extraño, a lo desconocido. La guerra fría contra los soviéticos estaba en su apogeo y esa amenaza que podía provenir de los cielos se llevó al delirio al dársele forma de extraterrestres. Pero no solo esto, que es importante, sino también que esos años fueron propicios para la fantasía y la ensoñación, no siempre inocente y blanca, y en un ámbito más terrenal debido al éxito de los autocines.
¡Ay, el autocine! Ese lugar que solo conocemos por las películas norteamericanas, tan propio para las películas de terror y de ciencia ficción de serie B, donde los jóvenes se juntaban y al amparo de los coches se dedicaban a todo menos a ver la película, y en el caso de que la pareja fuera tímida la aparición del monstruo de rigor o el extraterrestre avieso lograba arrancar el tan deseado abrazo. ¡Cómo va a extrañar que tuvieran éxito! En fin, una imagen tan fantástica e irreal para nosotros como la de las películas que allí se proyectaban.