Odiarse para empezar de cero
Crítica ★★★★☆ de «La (des)educación de Cameron Post», dirigida por Desiree Akhavan.
EE.UU., 2018. Título original: The Miseducation of Cameron Post. Dirección: Desiree Akhavan. Guion: Desiree Akhavan, Cecilia Frugiuele (Novela: Emily M. Danforth). Producción: Triluna Beachside Films / Parkville Pictures. Fotografía: Ashley Connor. Música: Julian Wass. Reparto: Chloë Grace Moretz, Sasha Lane, Forrest Goodluck, John Gallagher Jr., Jennifer Ehle, Quinn Shephard, Dalton Harrod, Christopher Dylan White, Emily Skeggs, Isaac Jin Solstein, Steven Hauck, McCabe Slye, Melanie Ehrlich, Alexandra Imbrosci-Viera, Seamus Boyle, Billy Brannigan, Kim Emerson, Kat Gonzalez, Joyce Hausermann, Christina Karabiyik, Spencer List, Rebeca Martinez, Billy Thomas Myott, Francesca Noel, Tanis Parenteau, Michalina Scorzelli, Sarah Soltish. Duración: 90 min.
Los centros de terapia de conversión se cuentan entre los lugares más abominables a los que puede enviarse a un ser humano. En ellos, niños y no tan niños son sometidos a todo tipo de pruebas con la heterosexualidad como meta, sin importar demasiado que la propia identidad se pierda por el camino. De alguna forma, se les programa para odiarse a sí mismos, como afirma en un momento la protagonista de
La (des)educación de Cameron Post, encarnada por una carismática Chloë Grace Moretz que, tiempo después de tras saltar a la fama con
La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011), acaba de disfrutar del mejor año de su carrera al encabezar también
La viuda y
Suspiria, a las órdenes de Neil Jordan y Luca Guadagnino, respectivamente. Dentro de la contención que la caracteriza, la joven actriz nunca ha estado tan expresiva, sirviendo nimios gestos suyos para entender cuanto su personaje calla por miedo a las represalias. Eso sí, la palma se la lleva Jennifer Ehle como la fulminante directora de ese horrible pero edulcorado centro al que han ido a parar varios adolescentes por causas opuestas: algunos se han apuntado por sí mismos, otros han sido forzados a hacerlo. Mientras la mayoría aspira a una consonancia con la forma de vida que se le ha inculcado en casa (religioso-reproductiva, en general); unos pocos aprovechan la oportunidad para buscarse a sí mismos, sin tener claro qué diablos hacen ahí. Con excepción de un par de
flashbacks que perfectamente podrían haberse omitido, estamos ante la única localización del filme, sirviendo sus opresivos cuartos, personalizados con el iceberg donde se da supuesta explicación al “desvío” de cada interno, de enclave de crisis existencial y los frondosos bosques colindantes de símbolo de esperanza, libertad y esa pureza de la que carecen precisamente quienes más presumen de ella. Y es que los personajes de esta película, como los de la mítica
Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), anhelan ante todo escapar a su confinamiento, con la gran diferencia de que aquellos estaban en su mayoría verdaderamente trastornados y en este caso es la sociedad la que está enferma. La gélida sonrisa del personaje de Ehle, de hecho, recuerda a la mano de hierro de Louis Fletcher en la obra maestra de Milos Forman: dos villanas cuyas buenas intenciones no podrían ser más horripilantes.
Al igual que en
Alguien voló sobre el nido del cuco, la amistad se convierte en el único modo de sobrellevar la angustia de un lugar que incluso cuando busca animar a sus “pacientes” termina sumiéndolos en la desesperación. La protagonista, que desde el principio desconfía de tanta beatitud (un instructor felizmente casado desde que venció su propia homosexualidad, una compañera de cuarto entusiasmada por estar siguiendo por fin la ley de Dios, etc.), hace migas con dos
outsiders que parecen ser los únicos conscientes del absurdo que los rodea: una chica desvergonzada que le lanza una mirada seductora como saludo inicial (Sasha Lane, estrella emergente de
American Honey, 2016) y un chico indio que se niega a apartarse el flequillo de la frente pese a las amenazas y vejaciones que recibe por ello (y que, por cierto, recuerda a uno de los personajes más icónicos de la citada cinta de Forman: el bondadoso “Gran Jefe” Bromdem que observaba todo sin decir nada). Entre ellos, todos huérfanos de un modo u otro, se forja una pequeña familia que da lugar a los únicos momentos alegres de la cinta, aquellos en que los tres fuman, pasean o cantan, olvidando por unos instantes el cruel mundo al que se les ha arrastrado. Eso sí, el humor está presente a lo largo de todo el metraje, fomentado por el ridículo derivado de un tratamiento psicológico que pretende enmendar lo enmendable. No se llega al histrionismo de
But I'm a Cheerleader (1999), que curiosamente era hasta el momento la única película de (relativo) renombre que había abordado esta cuestión, pero sí se genera más de una sonrisa en momentos inesperados, como aquel en que uno de los internos suelta en una tensa reunión que le basta con mirar a la protagonista para saber que es “una bollera” y la respuesta de esta es una instintiva carcajada de la que pocos se permiten contagiarse. Es precisamente en la naturalidad con que ella responde a cuestiones como si siente que la pasión por el deporte puede haberla confundido o si piensa en sí misma como homosexual donde reside la fuerza de una crítica tanto a la terapia de conversión como a todo el revuelo que generan los ámbitos conservadores en torno a temas que las nuevas generaciones resuelven del modo más natural del mundo. De hecho, quizá el personaje más trágico de la cinta sea el encarnado por John Gallagher Jr.: un instructor convencido de haber curado su homosexualidad y de estar ayudando a otros a seguir sus pasos cuyos argumentos caen por su propio peso cuando la protagonista, harta ya de todo, le mira a los ojos y le echa en cara no tener ni idea de lo que está haciendo. Qué triste pero satisfactorio resulta ver que por fin es consciente de estar engañándose a sí mismo.