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Seminci 2026
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  • Cine Alemán Siglo XXI
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    || Críticas | SEMINCI 2026 | ★★☆☆☆
    My notes on Mars
    Lili Horvát
    Otra vuelta de tuerca


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Hungría / Estados Unidos / Austria / Bosnia y Herzegovina / Alemania, 2026. Título original: «My Notes on Mars». Dirección: Lili Horvát. Guion: Lili Horvát. Compañías productoras: Amour Fou Filmproduktion, AmorFortuna, Obala Art Centar, Paradise City, Poste Restante. Presentación oficial: Mostra de Venecia / Giornate degli Autori. Distribución: Elástica. Fotografía: Róbert Maly. Montaje: Károly Szalai. Música: Gábor Keresztes. Reparto: Mackenzie Davis, Rupert Friend, Szabolcs Thuróczy, Adriana Altaras, Mari Kiss, Ernest Hausmann, Atanáz Babinchak, Ed Cantu, Elizabeth Lande, Lara Dragovic. Duración: 111 minutos.

    Si por algo se caracteriza el cine de terror es por jugar a confundir deliberadamente ciencia y elementos sobrenaturales. Por ejemplo, en My Notes on Mars, la protagonista ha sufrido una crisis. ¿De qué tipo? Eso es algo que la directora, Lili Horvát, mantiene en todo momento fuera de campo. Lo fundamental es hacerle saber a los espectadores que algo no anda bien, que hay, dentro de la idílica relación entre la protagonista y su marido, un desajuste: el ideal bucólico con el que intentan autoengañarse no es más que una representación cuyo único público son ellos mismos. El fuera de campo rompe el sueño de una vida tranquila en las montañas. La fragilidad de la imagen, de lo cotidiano, se hace evidente cuando algo inconcreto —invisible extradiegéticamente— hace acto de presencia. ¿De qué naturaleza es ese peligro que espera agazapado allí donde la cámara no puede verlo? Este interrogante es el que produce el terror: no da miedo lo que no se conoce ni se ve, sino la posibilidad de que aquello que no se conoce ni ve sea inexplicable. Es decir, sobrenatural. La estrategia no es nueva: la angustia surge cuando se desvela que si los protagonistas no podían encontrar una explicación racional de lo desconocido no era porque no tuviesen los medios para hacerlo, sino porque lo desconocido carecía de explicación lógica. Ahí nace el fantasma y ahí es cuando asusta. La sensación de asfixia se articula alrededor de la posibilidad de que todo aquello que había sido presentado como producto de la locura sea, en realidad, de la metafísica. Un personaje de la película llega a afirmarlo en determinado momento: “te da miedo que romper las reglas de la ciencia suponga el descubrimiento de algo nuevo”.

    El truco está en presentar la ruptura de la regla como una evidencia que demuestra la existencia de los límites de la razón, puesto que si la ciencia no puede explicar los acontecimientos que atormentan a los personajes, todo puede convertirse en motivo de tormento porque todo es incompresible. Es lo que sucede en My Notes on Mars. Horvát deja claro desde el primer momento que algo no va bien desarticulando la continuidad de las escenas a través de un montaje en apariencia caótico. El eje de las miradas se rompe, y la cámara filma a un personaje desde un ángulo y, después del corte, desde su contrario, complicando así la posibilidad de situar a cada actor en un lugar concreto del espacio. El cambio de plano está motivado por una necesidad de demostrar la incomodidad de la protagonista. Por cada acción, dos o tres imágenes que no tienen más finalidad que la de expresar la desconexión que siente con su entorno. Además, las notas agudas de una música extradiegética simulan el tinnitus que sufre. Interior y exterior se confunden para poner de manifiesto que el desequilibrio de la realidad es, de hecho, la única evidencia a la que pueden agarrarse los espectadores.

    Los planos, durante el primer tercio de la película, se van poblando de tonos rojizos —provenientes de lámparas, semáforos, luces de coches, etc.— que agudizan el carácter inconcreto de lo que sucede en pantalla. Como la protagonista está obsesionada con Marte, todo a su alrededor le recuerda a él. De hecho, en determinado momento utiliza un telescopio para mirarlo, y el plano detalle que inserta Horvát no es un subjetivo suyo viendo el planeta, sino uno de su ojo reflejándolo. La segunda escena es un recorrido por los túneles de Marte en los que la protagonista cree que podrían asentarse los humanos. ¿Qué nexo hay entre ese momento y el anterior, en el que se baña en la piscina en un intento por abstraerse del mundo? ¿Acaso hay una relación entre ella y el planeta rojo o, por el contrario, ella misma es una marciana que viene del espacio? Puede sonar descabellado, pero la película plantea esa disyuntiva sin ápice de ironía. A la inconcreta ecuación se le añadirá una posible respuesta más: la fantasmal.

    Los códigos de lo sobrenatural no son una herramienta a partir de la que reflexionar sobre el mundo, porque la directora los reviste con un manto de verosimilitud en su intento por desplazar la realidad del centro de atención. Consecuencia: todos los esfuerzos que dedica a la sugestión de los espectadores se terminan agotando en su propia teatralización. Horvát busca un punto intermedio entre el Bergman de Persona (1966) y, ante todo, el Antonioni de La aventura (1960). Pero ahí donde el italiano utilizaba la desaparición de Claudia como un elemento de extrañamiento que le permitía ofrecer una lectura de su tiempo porque desajustaba la monótona cotidianidad de sus personajes mostrando su verdadero rostro, Horvát se pierde siguiendo el devenir de su particular Claudia y se olvida de mirar, precisamente, el mundo por el que camina. En pocas palabras: confunde los medios con los fines. El resultado es una obra pretendidamente críptica que malgasta sus recursos formales en la representación de unas divagaciones fantasiosas. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    octubre 26, 2026

    Crítica | My notes on Mars

    por Rubén Téllez Brotons | octubre 26, 2026
    || Críticas | Sitges 2026 | ★★★☆☆
    Buddy
    Casper Kelly
    La imagen hiperrealista


    Mario Peña
    Sitges |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2026. Título original: «Buddy». Dirección: Casper Kelly. Guion: Casper Kelly y Jamie King. Compañías productoras: BoulderLight Pictures, Low Spark Films, Sipur Studios, Substance. Presentación oficial: Festival de Sitges 2026 (Premio a Mejor guion). Fotografía: Zach Kuperstein. Música: Michael Yezerski. Reparto: Cristin Milioti, Delaney Quinn, Topher Grace, Keegan-Michael Key, Michael Shannon, Patton Oswalt, Eric Bauza, Phuong Kubacki, Bennie Taylor, Tory Jacqui Malone, Luke Speakman. Duración: 95 minutos.

    En 2014, la productora Adult Swim emitió un cortometraje en su canal por cable a las cuatro de la mañana llamado Too Many Cooks, de once minutos de duración y dirigido por un relativo desconocido, Casper Kelly, quien ya había trabajado como guionista y cocreador de series de humor para la marca. En poco más de una semana, dicho cortometraje se convirtió en un fenómeno cultural que a día de hoy cuenta con casi 30 millones de visualizaciones en YouTube. La breve pieza se presenta en un primer momento como una parodia de las sitcoms familiares americanas de los ochenta, como Full House (1987) o Family Matters (1989), en concreto de sus interminables títulos de crédito, en los que los actores salen de personaje para mirar a cámara sonriendo, seguidamente se congela la imagen y aparece un rótulo con su nombre. Mientras prosiguen los títulos de crédito se van añadiendo referencias a teleseries policiacas, animadas o de ciencia ficción, aparentemente constituyendo un alegre batiburrillo de ficciones televisivas fácilmente reconocibles por el espectador estadounidense. En cierto momento del metraje, en el fotograma congelado de una de las actrices, con su nombre en la parte inferior de la imagen, su título de crédito, aparece un harapiento hombre con un machete tras ella, con intención de asesinarla, mientras la mujer mira con el rabillo del ojo hacia detrás, como si no quisiera salir del encuadre. Cuando está por asestarle un golpe fatal, esta sale corriendo con su respectivo crédito impreso bajo su rostro, mientras atraviesa despavorida los decorados de la teleserie para esconderse en un armario de atrezo de uno de los sets. El personaje, por lo tanto, ha atravesado hasta tres dimensiones ficcionales: la primera, la del personaje de la teleserie; la segunda, la de la actriz que interpreta dicho personaje; y la tercera, la de la actriz que interpreta a la actriz, quien huye despavorida. La breve escena, aparentemente una anécdota visual más del cortometraje, sería el génesis y la síntesis del viaje por la digresión metaficcional y la hiperrealidad que conformaría la primera película comercial de su director: Buddy.

    Buddy es una teleserie infantil al más puro estilo de Barrio Sésamo (1969) o Barney & Friends (1992), donde el amigable unicornio gigante que da nombre a la cinta, sus amigos infantes y un mundo mágico viven maravillosas y didácticas aventuras. Cuando uno de los niños no quiera jugar con el bueno de Buddy, este desaparecerá súbitamente y será reemplazado por una nueva niña dispuesta a jugar con él. Los demás niños comenzarán a inquietarse y a dudar sobre la fantástica, o más bien fantasmática, realidad en la que viven. Los planos metaficcionales comienzan a solaparse y confundirse, a permear sobre la realidad, o realidades, que conforman el tejido existencial que habitan los niños: de la serie al mundo circundante de esta, a los límites del decorado, al espacio liminal que desdibuja las fronteras entre la representación y la realidad, o nuestra concepción de ella. La explícita conexión con el mito de la caverna de Platón es lo suficientemente sugerente como para ahondar en la cinta a nivel filosófico, pero, dada la dimensión referencial y paródica que se hace patente desde el primer segundo de metraje —la granulación y falta de nitidez de los planos, la multicámara, las actuaciones teatrales y los artificiales decorados—, nos evoca una inquietante sensación de artificio, un difuso malestar provocado por la película sin poder identificar el objeto que lo origina. Las imágenes de Buddy, o más bien la imagen concebida por Casper Kelly, es inequívocamente hiperrealista. El hiperrealismo, tal como lo formuló el filósofo francés Jean Baudrillard en el epígrafe de su ensayo Cultura y simulacro es la siguiente: «El simulacro nunca es aquello que oculta la verdad; es la verdad la que oculta que no la hay. El simulacro es verdadero». Es decir, que podríamos adjetivar una imagen de hiperrealista en el momento en que esta simule o represente una realidad con voluntad de sustituir al referente y resignificarla, exactamente igual que la extraña sensación que suscita el mundo mágico en el que viven Buddy y sus amigos, que remite directamente al concepto freudiano de lo siniestro, la inquietante escisión entre la realidad y su demasiado fiel representación, o cuando lo conocido se torna extraño y lo extraño, extrañamente conocido.

    Con el fértil tejido filosófico sobre el que Kelly articula su relato, lastimosamente abandona su prometedora propuesta en pos del efectismo genérico, de las formas fósiles del horror más vacuo, que, aunque resulte hasta cierto punto exasperante —mas no sorprendente—, dado que representa la tónica general de las propuestas de género de los últimos años, termina por abandonar discursos fascinantemente impresos en el género a los tópicos del mismo, anulando sus funciones, tanto expresivas como discursivas. La mitología construida en torno al programa de Buddy es deformada a placer por necesidades dramatúrgicas que se adscriben a las más vetustas convenciones de guion, donde se ha querido imponer una estructura clásica a un texto de lectura inherentemente posmoderna, que pedía una reflexión ontológica, una imbricación entre el género y la filosofía que cineastas como Cronenberg, con Videodrome (1983) —explícitamente referenciada— y eXistenZ (1999), o el Fassbinder de World on a Wire (1973), comprendieron y sublimaron a la perfección. El género por el género, por el mero deleite del cineasta al sumirse en sus individualidades, suele resultar en ejercicios formales sin nada a lo que dar forma, meras manifestaciones del absorbente vacío que enmascaran. Es, por lo tanto, desalentador advertir que cintas como Buddy, trazadas desde ricos imaginarios y narradores tan extraordinarios como Casper Kelly, se abandonan al abismo de los modos preconcebidos. ♦

    por Mario Peña
    octubre 20, 2026

    Crítica | Buddy

    por Mario Peña | octubre 20, 2026
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