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  • Cine Alemán Siglo XXI
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    Bradley Cooper
    Bradley Cooper
    || Críticas | ★★☆☆☆ |
    Maestro
    Bradley Cooper
    Por lo demás


    Aarón Rodríguez Serrano
    Castellón |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Dirección: Bradley Cooper. Guion: Bradley Cooper y Josh Singer. Director de Fotografía: Matthew Libatique. Edición: Michelle Tesoro. Casting: Shayna Markowitz. Vestuario: Mark Bridges. Intérpretes: Bradley Cooper, Carey Mulligan, Matt Bomer, Vincenzo Amato, Greg Hildreth, Michael Urie. USA. Blanco y Negro/Color. Duración: 129 minutos.

    La Historia del Cine es un mal cadáver. Tiene la mala costumbre de pasear su putrefacción entre profundos lagrimones, hipidos melancólicos y acongojados gemidos. Es lo malo que tiene el invento: que el cine —o, mejor dicho, el cine clásico— no termina de morirse y así va arrastrándose de un lado a otro, y viene Spielberg con sus trenes de juguete y Erice con sus milagros, y uno se enfada o se enternece, según le pille el día. A Dominik, cuando hace cosa de un año, le dio por rodar la pústula del cine clásico, la herida putrefacta y visible (el cuerpo lacerado de Marilyn), la gente se le enfadó y estuvo enfurruñada un par de días por las redes sociales, apretando fuerte los puños y entrecerrando los ojos, porque aquello era una falta de respeto y una tomadura de pelo y hágame usted el favor de no tocarme el cadáver, que el cadáver luce mucho y vienen las visitas a hacer el peregrinaje y a besar la reliquia. A la reliquia del clasicismo, a la reliquia de Hollywood, y a las figuras espirituales me las trata con respeto, como hace Almodóvar cuando habla de Natalie Wood, ya está bien.

    Por lo que Bradley Cooper ha aprendido la lección —la traía aprendida de casa, Cooper es el heredero directo de Eastwood, ya se sabe— y ha realizado el movimiento paralelo al de Dominik, pero a la inversa, es decir: retornar de nuevo al manierismo y hacer una película que es mitad blanco y negro, y mitad Douglas Sirk, que cumple con todos los lugares comunes del momento ideológico dominante y que no molestará absolutamente a nadie bajo una pátina de nostalgia que no teme sumergirse en el más espantoso ridículo visual. Pondré un simple ejemplo: en los primeros minutos de la película, Cooper plantea un travelling digital que parte de una cama en una habitación abuhardillada y se abisma mediante un frenético picado hacia un tremendo espacio teatral. La solución visual es tan artificial, tan fea, tan poco natural que parece por momentos que el plano ha sido enteramente diseñado con motores de inteligencia artificial o cosa parecida. A partir de ese traspiés, la fotografía de Matthew Libatique parece empezar a dar tumbos entre una estetización desmesurada y aparentemente clásica que subraya desquiciadamente su propia belleza (el humo de los cigarrillos filtrándose en el blanco y negro de un pequeño teatro) hasta un expresionismo de primero de carrera en el tramo final que hace coincidir, pongamos por caso, el rostro de una Carey Mulligan sufriente y enferma con los rayos de sol que entran por la ventana. Nada que ver, sin embargo, con las saturaciones carnales, cósmicas y absolutas de Russell Metty: antes bien, la cita de una cita de una cita en la que el verde de un jardín o el azul de una piscina huelen a Photoshop, y subrayan lo que únicamente una mano torpe debe subrayar. Pondré, de nuevo, un simple ejemplo: durante la escenificación de la segunda sinfonía de Mahler —la tan celebrada interpretación de seis minutos que se ha vendido como la gran proeza estética del filme—, la cámara se centra en Cooper, quiere desplegar la precisión de su interpretación, se enrosca a sus gestos como una serpiente garante del talento y la potencia del actor. Sin embargo, al concluir su obligatorio plano largo, reencuadra sobre una Mulligan saturada en azul y verde que pega un aullido cromático al contrastarse con los grises de la catedral de Ely. Hay que subrayar, subrayar y subrayar, por si alguien se ha quedado dormido a mitad de la proyección: Cooper es un gran actor porque calca la realidad, y un gran director porque introduce la figura sobre el fondo.

    El primer problema, claro, es que el mérito del cine no es calcar la realidad, sino hacer algo con ella. Algo a partir de ella. Arrancarle un pensamiento propio, a ser posible con la forma de una imagen concreta. El segundo problema, claro, es que la película pone a la Mulligan y a su personaje por encima de Bernstein, de Mahler, de la Catedral de Ely y de cuantas otras maravillas en el mundo han sido. Es decir, que la película se llama Maestro y dice hablar de un señor llamado Leonard Bernstein, pero, seamos sinceros, de Bernstein habla muy poco. O, al menos, convengamos en que no habla de un Bernstein que hacía cosas como dirigir o componer, que tenía una relación conflictiva y espiritual con la música de complejísimas resonancias, sino que parece ser que únicamente se llevaba señores y señoras a la cama. Lo que está muy bien, claro, pero es que siempre resulta mucho más difícil rodar la relación de un ser humano con la genialidad o con lo inefable de la creación que con la gente que pasa por su entrepierna. Que es lo que a Cooper y a su equipo le interesa, claro.

    Maestro es una película hipertrófica, desmesurada y grandilocuente que no puede tranquilizar su ansia de excesos visuales: un ballet de marineros, un plano subrayado de una muerte subrayada, una dirección de arte pantagruélica, más y más y más y más, hasta que al final uno parece desplomarse en una procelosa nada.


    Me dirán, y llevarán razón, que incurro sibilinamente en el viejo error crítico de lloriquear por la película que hubiera querido ver (la película del Bernstein músico) en lugar de analizar con objetividad la película que Cooper nos ofrece (la película del Bernstein marido, el Bernstein amante y el Bernstein padre, según toque). Y no se lo niego, claro. Pero con las mismas puedo aducir que incluso en ese terreno la falta de conocimiento de Cooper sobre la obra de Bernstein es tan escandalosa que uno no deja de sorprenderse de cómo descarrilan las escenas. Toda la película está literalmente saturada, llena hasta los bordes de música intradiegética y extradiegética. Por la primera no hay problema: sirve para que veamos lo bien que actúa Cooper y lo mucho que se ha preparado el papel, de acuerdo. La segunda es un absoluto dislate porque no realiza ningún tipo de conexión narrativa entre su lucimiento y su función en la historia. De nuevo, pondré un simple ejemplo: Bernstein regresa a su hogar para reencontrarse con su familia y de pronto escuchamos el celebérrimo prólogo de la partitura de West Side Story. ¿Por qué? ¿Cómo se relacionan esos planos de un coche que entra en una propiedad, otra vez una piscina, un caminito y unos árboles con la potencia sibilante, amenazadora, sexy, afilada, de la partitura de Bernstein? Ya les respondo: de ninguna manera. Ni siquiera perderé su tiempo haciendo una comparación con la escena original filmada por Robert Wise, todo un despliegue majestuoso de los usos y posibilidades de la cámara y un absoluto prodigio de montaje. No. Aquí un coche entra en una propiedad y la pieza se escucha, supongo, porque en algún lado había que meterla y porque historiográficamente encaja con el tiempo del relato.

    Al final, uno termina la proyección extenuado y con la sensación de que era complicado rodar una película tan estrepitosamente fea. Por supuesto, ahí están algunos chispazos valiosos como la discusión marital rodada en plano fijo —al menos, una vez, Cooper sabe cuándo detener la cámara—, o como esa pequeñísima pero afilada lección de dirección final. Maestro es una película hipertrófica, desmesurada y grandilocuente que no puede tranquilizar su ansia de excesos visuales: un ballet de marineros, un plano subrayado de una muerte subrayada, una dirección de arte pantagruélica, más y más y más y más, hasta que al final uno parece desplomarse en una procelosa nada.

    Por lo demás, es probable que gane bastantes Óscars.


    por Aarón Rodríguez
    diciembre 10, 2023

    Crítica | Maestro

    por Aarón Rodríguez | diciembre 10, 2023

    El rostro de los ídolos

    Crítica ✷✷ de Ha nacido una estrella, de Bradley Cooper.

    Estados Unidos, 2018. Título original: A Star Is Born. Director: Bradley Cooper. Guion: Eric Roth, Bradley Cooper, Will Fetters. Productoras: Warner Bros. Pictures, Live Nation Productions, Metro Goldwyn Mayer Pictures. Música: Julia Michels, Julianne Jordan, Bradley Cooper, Lady Gaga. Fotografía: Matthew Libatique. Montaje: Jay Cassidy. Reparto: Bradley Cooper, Lady Gaga, Sam Elliott, Andrew Dice Clay, Bonnie Somerville, Dave Chappelle, Michael Harney, William Belli, Rafi Gavron, Rebecca Field, Anthony Ramos, D.J. Pierce, Steven Ciceron, Andrew Michaels, Jacob Taylor, Geronimo Vela, Frank Anello, Germano Blanco. Duración: 135 minutos.

    La historia ya la conocemos (o deberíamos). Ha nacido una estrella, en sus ya cuatro versiones, se reduce a un esquema de atracción entre dos protagonistas que, mientras se enamoran, toman dos caminos opuestos respecto a la cresta de la ola: la caída de él (un galán del cine en las versiones de Wellman y Cukor, una estrella de rock aquí), el ascenso de ella (una camarera con talento a explotar en todas las versiones). La de Cooper, al igual que la que filmó en los setenta Frank Pierson con Barbra Streissand y Kris Kristofferson, se la lleva al terreno de la industria musical en lugar de la cinematográfica. Pero, en esencia, subyacen temáticas similares: la maquinaria implacable de la industria del espectáculo, la intensidad de lo íntimo que brota entre la vorágine pública del estrellato y el desgarro que provoca su choque. Los apuntes más interesantes al respecto que propone la cinta de Cooper los hallamos en la primera escena en la que Ally (Lady Gaga) da un recital en solitario consolidando su salto a la fama. Cooper rueda la escena a base de primeros planos que ponen a convivir la expresividad del rostro que canta y el exceso de las luces que lo bañan, que lo rematizan casi al ritmo de cada nota filtrándolo de diferentes colores. Cuando la canción termina y los aplausos estallan, Cooper pasa a un primer plano de Ally, pero lo que filma ya no es su rostro sino la pantalla al fondo del escenario que lo representa. Sobre ese rostro ya no solo median las luces del escenario, sino la textura de una pantalla. Ha nacido una estrella se acerca así a los códigos audiovisuales del nuevo espectáculo de masas. Las capas infinitas de luz, de arreglos sonoros y de algarabía de un público que quiere por encima de todo estar ahí, al pie del altar, son los nuevos materiales con los que se construyen los ídolos. De ahí que Ha nacido una estrella trabaje a la inversa con el rostro de Lady Gaga. En una de las primeras escenas, Jackson (Bradley Cooper) le pide quitarle una de sus cejas falsas —parte esencial de la iconografía de la cantante—, verle la cara sin florituras. Y, en efecto, lo que vemos es a una Gaga despojada de la ornamentación habitual, todo rostro y voz, que a lo largo del filme se construye de la persona al personaje, desde lo que queremos que sea hacia algo parecido a lo que esperábamos —ya antes de la película— que fuera.

    Cooper renuncia a los esquemas cercanos al musical de las versiones anteriores, aunque le sale algo parecido en una de las escenas más llamativas del filme, que expresa con eficacia la impulsividad y el alegre extravío con el que sucede el ascenso a la fama. Mientras que suenan los acordes de apertura de una canción interpretada por Jackson en el escenario, una rápida secuencia de montaje expone el punto de no retorno en el que Ally arroja su delantal de camarera, toma un avión y se va a acompañar en el backstage a la estrella del rock a la que acaba de conocer. El sonido perteneciente a unos escasos minutos del inicio de un concierto, esos tanteos a los instrumentos antes de soltar los trallazos, se desiguala respecto las horas de tiempo condensado; con esta disonancia Cooper sugiere que el dejarse arrastrar por la ola es una cuestión de entrar, por instinto puro, en el ritmo de la canción cuando se advierte que está a punto de sonar. En la misma secuencia, Ally rompe la frontera entre espectador y estrella cuando Jackson la obliga a salir y cantar a dúo. Otra cuestión que se narra a base de luces y rostros. Se juega también en esta escena con los focos que deifican a los cuerpos a la que vez que se insiste en la gran marca de identidad visual de la cinta: primeros planos que escrutan de cerca a Gaga y Cooper, pero dispuestos sobre un formato en panavision presto a dejar entrar por todos sus rincones al show que siempre continúa. De nuevo: la luz contra el rostro, el espectáculo contra el romance, o el brillo de la estrella contra el tacto de las facciones a la que se acaricia con gestos amorosos.

    por Miguel Muñoz Garnica
    octubre 03, 2018

    Crítica: Ha nacido una estrella

    por Miguel Muñoz Garnica | octubre 03, 2018

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