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    Atlantida Film Fest 2016
    Atlantida Film Fest 2016
    Mediterranea

    No hay progreso sin regreso

    crítica de Mediterranea (Jonas Carpignano, Italia, 2015).

    Uno de los temas más peliagudos que remueven en la actualidad el viejo continente es el de los refugiados, el de quienes huyen de su tierra natal debido a la guerra o la penuria y tratan de labrarse un nuevo futuro entre nosotros. La emigración ha sido constante por causas similares a lo largo de la historia, pero en los últimos meses ha cobrado mayor relieve en particular por el conflicto en Siria, que es el que ha incentivado a la mayor parte de estos exiliados. La respuesta que ha dado la Unión Europea a este fenómeno no ha sido todo lo digna que cabía esperar, pues sus Estados miembros no se han solidarizado lo suficiente como para organizar y asegurar su acogida. Ello ha dado lugar a acciones desesperadas e incidentes vergonzosos, patentes en los viajes inhumanos que emprenden estas personas para estrellarse contra las rocas antes de llegar a puerto, o para malvivir en campamentos antes de ser desplazados o devueltos a su punto de partida. Los pocos que sí logran alcanzar su destino tampoco tienen garantizado el bienestar que promete nuestra democracia, ya que tras las complicaciones idiomáticas, culturales o laborales que deben superar, afrontan el más global e irresoluble de la plena aceptación, aun sabiendo que en el camino no han podido abandonar del todo sus raíces. La ganadora el año pasado de la Palma de Oro, Dheepan (Jacques Audiard, 2015), trató toda esta problemática de un modo un tanto ficticio pero a la vez muy verídico, reformulando estos hechos desde una perspectiva de género para mostrar cómo por muy lejos que llegue alguien que ha dejado atrás un conflicto latente, éste lo perseguirá hasta donde esté ahora. Es oportuno traer a colación esta cinta porque, aunque bajo otra geografía y otro punto de vista, a ella remite sin duda la que es objeto de esta reseña, Mediterranea.

    Presentada junto a Dheepan en Cannes, aunque en el apartado menor de la Semana de la Crítica, la ópera prima de Jonas Carpignano parte de un suceso real (como no puede ser de otra manera) para contarnos la historia de un hombre procedente de Burkina Faso, con quien nos encontramos en el norte de África liderando a un grupo de congéneres que quieren cruzar el mar para llegar a Italia. Entremedias toma bajo su protección a otro inmigrante, y juntos intentan sobrevivir primero a los ladrones que intentan impedir su viaje así como a la propia naturaleza que lo dificulta sin remedio, y luego en la periferia urbana del citado país europeo, donde se ha formado una especie de gueto entre otros expatriados de diversas nacionalidades. Realmente la travesía sólo ocupa una pequeña parte del metraje, aunque el título inducía a pensar que la desventura de estos personajes sería constante y traslativa. Es cierto que una vez en su hogar foráneo, el proceso de asimilación, que incluye el típico trabajo de recolección agrícola o unas insospechadas y potenciales amistades, ofrece una perspectiva evolutiva, pero enseguida la película se atasca un poco. Carpignano se preocupa por mostrar sin rodeos ni filtros la dureza cotidiana y su agrio panorama, lo cual es encomiable. Empero a veces conviene introducir cierta dosis de mayor suspense, aunque sea artificial, para transmitir toda la emoción y la carga del mensaje en cuestión. Una crítica similar realizábamos a propósito de Babai, nuestro anterior visionado de la sección de Fronteras que ha diseñado el Atlántida Film Fest de este año para este tipo de cine comprometido, por lo que el mismo muestra como defecto bastante generalizado el de priorizar el rigor sobre la conmoción. Algo que sería legítimo si no fuera porque un enfoque inverso podría ser más productivo para esta clase de historia.

    por Ignacio Navarro
    julio 31, 2016

    Crítica (II) | Mediterranea

    por Ignacio Navarro | julio 31, 2016
    Babai

    Ruta y vida sin destinos

    crítica de Babai (Visar Morina, Kosovo, 2015).

    Este año, para la que ya es su sexta edición, el Atlántida Film Fest de Filmin ha diseñado una programación muy actual centrada en la temática europea, dividida en cuatro secciones: política, memoria histórica, generación y fronteras. Su equipo ha argumentado que la situación actual de la Unión merece un enfoque propio y a la vez diversificado, tratando de mostrar a través del cine sus implicaciones en la ciudadanía y sus perspectivas de mejora. Es un planteamiento meritorio y oportuno, tanto más si se considera que fue presentado antes de que el Brexit triunfara en el Reino Unido y se acentuaran los descontentos y las inquietudes. En verdad se antoja imprescindible pararse a reflexionar un poco y valorar en su justa medida lo que la Comunidad nos ha aportado, social, cultural y políticamente, antes de dar vía libre a los euroescépticos. Y para ello deben recuperarse una serie de valores clave que en parte se han perdido, situándose en la cabeza el de la solidaridad. Una solidaridad que debe desarrollarse no sólo entre los Estados miembros, sino entre las organizaciones, los partidos o las propias personas en un plano individual. En este sentido, la degeneración capitalista y desigual en nuestras fronteras comunes ha quebrado esta virtud incluso entre las familias, condenadas a separarse en busca de empleo y futuro. Y se llega todavía más lejos en esta decadencia cuando dos hermanos, un padre y un hijo o un tío y un sobrino ni siquiera confían el uno en el otro. De esta manera descendemos del nivel más macro, el de la solidaridad europea como valor global, al nivel más micro, donde a menor escala se comprueban los mismos problemas de egoísmo y desamparo.

    Es este discurso el que estructura la narrativa de Babai (2015), presentada en el festival de Múnich el año pasado, donde consiguió varios premios, antes de pasar también con éxito por otros certámenes, hasta el de plataforma online donde hemos podido visionarla ahora. Un recorrido festivalero que es la razón de ser de este tipo de cintas, con pocas pretensiones comerciales pero con cierta visión internacional, partiendo de una coproducción en la que dominan aquí Kosovo y Alemania. Por consiguiente la historia transcurre en estos dos países, y en concreto se divide entre los dos para su primera y segunda partes respectivamente. En la primera asistimos a las penurias de un par de familias que conviven en un mismo hogar y sobreviven vendiendo tabaco en la calle, entre otros trabajos precarios. Los ingresos son pues insuficientes para alimentar y alojar a todos sus miembros, de manera que progresivamente éstos van emigrando. Primero fue el marido (Bedri) de la hermana (Valentina) del protagonista (Gezim), al que éste sigue en su exilio, antes de hacerlo su cuñada y su hijo (Nori), mientras el patriarca (Adem) resiste en su tierra natal. Son las vicisitudes del niño Nori las que centran la mayor atención del director y guionista Visar Morina, que demuestra una atrevida madurez en su ópera prima, ya que la dirección de actores infantiles suele conllevar más dificultades y requiere una mano más experta. Ahora bien, el talento natural de su intérprete Val Maloku consiste en desenvolverse con envidiable apatía ante los conflictos que le rodean, desde el reiterado abandono de su padre hasta los quebraderos de cabeza de su tío, de quien se aprovecha para sacar el dinero necesario para marcharse a su vez a Alemania, aunque para ello deba soportar la propia ingratitud de su tía, incluidos el hurto, el engaño y la indiferencia general. En suma, es de admirar que un crío afronte con tanto pragmatismo estas circunstancias, aunque su expresión monocorde no exige mucha guía externa. En otras palabras, Morina insiste en los componentes externos del drama para simplemente situar en su meollo a estos desgraciados personajes y dejarles desplegar su estoicismo, muy a lo Bresson.

    por Ignacio Navarro
    julio 23, 2016

    Crítica: Babai

    por Ignacio Navarro | julio 23, 2016

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