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    Arthur Penn
    Arthur Penn

    Crónica de un linchamiento anunciado

    La jauría humana, de Arthur Penn (The Chase, Estados Unidos, 1966).

    En la segunda mitad de la década de los sesenta, el cine norteamericano experimentó un punto de inflexión gracias a un puñado de fabulosas películas que empezaron a derribar tabúes respecto al tratamiento (por lo general, light, hasta ese momento) que se daba en pantalla de temáticas tan espinosas como la violencia, el sexo o las adicciones. De esta manera, el cine clásico, tan pegado a las exigencias de los grandes estudios, daba sus últimos coletazos ante un tipo de filmes más arriesgados y con mayor contenido social y crítico, dirigidos por jóvenes cineastas que llegaban pisando fuerte, inspirados, en muchos casos, por los modelos del (más audaz) cine europeo. Títulos como El graduado (Mike Nichols, 1967), Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969), Danzad, danzad, malditos (Sydney Pollack, 1969) o Easy Rider (Dennis Hopper, 1969) marcaron a toda una generación a través de sus atrevidas propuestas, convirtiéndose en estandartes de una manera de entender el Séptimo Arte más libre y directa, que no edulcoraba sus historia para evitar herir susceptibilidades. Arthur Penn, director que había debutado con muy buen pie en El zurdo (1958) –western con marcados tintes psicológicos en el que Paul Newman dio vida a Billy el Niño–, para luego anotarse un enorme éxito crítico y comercial con El milagro de Ana Sullivan (1962) donde Anne Bancroft y Patty Duke obtuvieron sendos Oscars de interpretación por sus trabajos–, fue uno de los nombres que mejor contribuyeron a aquellos cambios de aires, siendo Bonnie & Clyde (1967) su aportación más recordada, con Warren Beatty y Faye Dunaway encarnando a la apasionada pareja de delincuentes. Sin embargo, un año antes, Penn había sufrido un varapalo en taquilla (y críticas nada justas) con una gran cinta que tardaría años en alcanzar su merecido status de clásico fundamental para entender el cine norteamericano de la época. Su título: La jauría humana (1966).

    Sam Spiegel, todopoderoso productor de tres célebres filmes ganadores del Óscar, como La ley del silencio (Elia Kazan, 1954), El puente sobre el río Kwai (David Lean, 1957) o Lawrence de Arabia (David Lean, 1962), ejerció un férreo control sobre esta adaptación de la obra de teatro de Horton Foote, que significó el retorno de la dramaturga Lillian Hellman –La calumnia– a las labores de guionista, después de unos años en los que fue víctima de la "caza de brujas" del senador McCarthy, por negarse a testificar ante el Comité de Actividades Antiamericanas en 1952, y por las consecuentes sospechas de comunismo que recayeron sobre ella. La jauría humana contaba, a primera vista, con no pocos alicientes para resultar un bombazo cinematográfico, empezando por una historia explosiva, dotada de una enorme carga crítica sobre la sociedad americana de los 60 y unos personajes, desde el primero al último, cargados de miserias y contradicciones morales. Hellman construyó un guion brillante, que supo conservar con sabiduría la estructura teatral original y posibilitó el lucimiento de su generoso reparto de estrellas, de las cuales Arthur Penn, como el excelente director de actores que siempre fue, supo extraer lo mejor. Es una lástima (o no, porque el resultado final fue brillante) que, una vez acabado el rodaje, Spiegel mutilara la película, eliminando varias escenas en un montaje final del que su realizador terminaría renegando. El relato de La jauría humana se abre con unos maravillosos títulos de crédito que, acompañados por la soberbia partitura musical de John Barry, nos muestran la desesperada escapada de prisión de Bubber Reeves y otro convicto, mientras son perseguidos por la policía. En el transcurso de la huida, un agente de seguros es asesinado de manera accidental por el compañero del protagonista, pero falsos rumores apuntan a Bubber como causante de ese crimen a sangre fría. La noticia se propaga como la pólvora a través de Tarl, el pueblo del estado de Texas del que es originario el muchacho, encendiendo los odios de unos vecinos movidos por sus más bajos instintos, y creando un clima de paranoia que convertirá una noche de celebraciones –el rico empresario Val Rogers (E.G. Marshall), propietario de media ciudad gracias a la fortuna obtenida del petrolero y el ganado, organiza una gala "benéfica" en su mansión con motivo de su cumpleaños– en una cacería sin cuartel que desafía cualquier legalidad o código de conducta.

    por José Martín León
    noviembre 30, 2016

    Cineclub: La jauría humana (1966)

    por José Martín León | noviembre 30, 2016

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