Y también el padre de Ginebra
Sir Patrick Stewart (1940 — 2026)
Cada vez que me siento a trabajar frente al ordenador, imagino que mi silla tiene un diseño ergonómico perfecto y está equipada con varios controles que me permiten dar órdenes en el puente de mando en que, de repente, se ha convertido mi estudio. La pantalla de mi ordenador, entretanto, ya no tiene 22 pulgadas, sino casi 600, y a través de ella veo el espacio exterior. Es hermoso. La ilusión dura solo unos segundos, los que tardo en abrir el correo electrónico y leer mensajes de gente que, a juzgar por su falta de educación y sentido del humor, no ha visto ninguna película o serie de Star Trek. Porque la culpa de que en esos momentos me sienta como el capitán de la Enterprise, listo para saltar al hiperespacio y viajar allí donde no ha llegado ningún otro ser humano, la tiene el universo creado en 1966 por Gene Rodenberry.
Afinando más, la culpa directa es de William Shatner (capitán James T. Kirk, el clásico, el de siempre, el vaquero espacial) y, especialmente, de Sir Patrick Stewart (capitán Jean-Luc Picard, su sucesor), que ayer nos dejó a los 86 años. Me enteré por varios amigos mientras cenaba con amigos, lo cual me ayudó a mitigar la inmensa tristeza que sentí por su muerte. Nunca lo conocí en persona –se me escaparon varias oportunidades durante los años de las primeras X-Men–, y sin embargo, como ocurre cada vez que se nos va un ídolo de nuestra infancia o adolescencia, lo sentí muy cercano, casi familiar, como el típico pariente al que uno solo ve de Pascuas a Ramos y disfruta como un niño de su conversación y anécdotas, aunque la mitad sean mentira y la otra mitad, puro cuento.
Hace tres días nos despedimos de Walter Koenig, el silencioso Chekov de la serie original de Star Trek (1966-1969), y ahora ha partido Picard. «Los mitos nos abandonan», me decía mi amigo Emilio hace un rato, otro trekkie de nacimiento como yo, y que un día tuvo la generosidad de acogerme en El Antepenúltimo Mohicano. «Y nosotros solo podemos decirles adiós y darles las gracias cuando ya es tarde», le he contestado. «Tendrás el texto en dos horas». Los obituarios publicados en las últimas horas recuerdan los papeles más populares y carismáticos de un Patrick Stewart que si bien nunca fue una estrella, sí supo brillar como tal durante más de seis décadas de carrera; primero en la televisión inglesa, luego en los escenarios del West End londinense –donde conoció a Ian McKellen, íntimo suyo– y después en Hollywood.
Picard y el profesor Charles Xavier de los X-Men representan sin duda sus roles más celebrados; al parecer, tiene su ratito de gloria en la inminente Avengers: Doomsday (Anthony y Joe Russo, 2026). Pero hay más, muchos más papeles que recuperar y celebrar de un intérprete bendecido con los tres dones más caros de un actor: aura, voz y verdad. Creo, estoy seguro de que la primera vez que lo vi fue en Excalibur (John Boorman, 1981), en la tele, en la antigua TVE1, en algún momento inconcreto a principios de los años noventa. Si a Star Trek le debo mi amor por la ciencia ficción, Excalibur me señaló el camino hacia Arturo y la materia de Bretaña. En definitiva: me vale cualquier película con naves espaciales y espadas. Durante años, porque no existía Imdb, solo supe que ese señor calvo y fornido, embutido en una armadura draconiana y con una cinta en la frente, era «el padre de Ginebra»; mis ojos se iban detrás de él antes que de cualquier otro actor. No disfruta de muchos minutos en el filme, pero los devora con una convicción y una solidez aplastantes. Él, Helen Mirren (Morgana), Nicol Williamson (Merlín) y Gabriel Byrne (Uther) son la película.
Cuando me enteré de que interpretaba a un tal Leondegrance, seguí llamándolo «el padre de Ginebra», por la fuerza de la costumbre y porque hay vicios cinéfilos que no conviene rectificar, siquiera porque son bromas privadas. Debió ser por aquella misma época, a principios de los noventa, cuando me lo encontré en Star Trek: La nueva generación (Star Trek: The Next Generation, Gene Rodenberry, 1987-1994). Y entonces desee lo imposible: alistarme en la Flota Estelar y viajar a otros mundos. Aún hoy lo anhelo, así que como bollitos de la Pantera Rosa para paliar la frustración. A diferencia de almas más elevadas, no puedo decir que mi afición al cine la cultivaran sesiones prematuras en cines de V.O., cintas VHS piratas de Godard o la lectura del Cahiers. No, yo amo el cine por la tele. No he visto todo Tarkovski ni todo Pasolini; me entero tarde y mal de los festivales, y dame un comedia de John Hughes antes que un drama de Angelopoulos. No estoy orgulloso de ello pero tampoco me avergüenzo. Sí, soy un niño de la tele, y en particular de las autonómicas. Por ahí se coló Sir Patrick Stewart al mando de la Enterprise, y bajo su mando una galería de personajes inolvidables que me han acompañado hasta la reciente y magnífica Picard (Kirsten Beyer, Michael Chabon, Akiva Goldsman, 2020-2023). Pero había prometido no hablar mucho de Star Trek.
Stewart dignificaba y elevaba todo cuanto tocaba; era lo que suele llamarse un robaplanos profesional. Como Sejanus en Yo, Claudio (I, Claudius, Herbert Wise, 1976); como el doctor Roebuck en la maravillosa Maybury (Jim Hawkins, Anthony Minghella, 1981-1983); como Guney Halleck en el Dune (1984) de Lynch; como el siniestro doctor Armstrong de Lifeforce: Fuerza vital (Lifeforce, Tobe Hooper, 1985); como el duque de Suffolk en Lady Jane (Trevor Nunn, 1986); como el fantasma de Canterville en la versión televisiva de 1996, dirigida por Syd Macartney; como Jonas, la némesis de Mel Gibson en la infravalorada Conspiración (Conspiracy Theory, Richard Donner, 1997); como el capitán Ahab en la miniserie de dos capítulos Moby Dick (Franc Roddam, 1998); o regalando su prodigiosa voz a decenas de personajes en películas y series de dibujos animados, también como narrador de documentales y cintas de ficción, y en incontables anuncios publicitarios. No hace tanto, engañé a mi hija para ver Las ovejas detectives (The Sheep Detectives, Kyle Balda, 2026) porque ahí estaba su voz. Se vengó, o eso cree, con Gumball (Ben Bocquelet, 2011-2019), porque me gusta tanto o más que a ella.
Ahora toca cerrar estas líneas, volver a mi trabajo real y pensar en qué película o serie de televisión veré esta noche de Halloween para recordar a Sir Patrick Stewart. Ya lo sé, claro. Excalibur y Encuentro en Farpoint (Encounter at Farpoint, Corey Allen, 1987), el primer episodio de La nueva generación, en el que Picard conoce a quien será su gran rival en el universo de la serie: Q, una entidad omnímoda e inmortal más antigua que el propio tiempo. Desde ayer, Picard ya es también eterno.
Sir Patrick Stewart en X-Men / en Yo, ClaudioJunto a su compañero de aventuras Sir Ian McKellen / en Excálibur












