|| Críticas | Mostra de València 2025 | ★★★☆☆ ½
Aisha no puede volar
Morad Mostafa
La timidez del avestruz
Luis Enrique Forero Varela
ficha técnica:
Egipto, Francia, Alemania, Túnez, 2025. Título original: «Eayshat lam taeud qadiratan ealaa altayaran» (Aisha Can't Fly Away). Dirección: Morad Mostafa. Guion: Morad Mostafa, Sawsan Yusuf, Mohammad Abdulqader. Compañías: Bonanza Films, Nomadis Images, Shift Studios, Mad Solutions, A.A Films, Mayana Films, Cinewaves Films, Coorigines Production. Festival de presentación: Cannes 2025 (Un Certain Regard); Mostra de València 2025 (Palmera de Oro). Distribución en España: Con Un Pack. Fotografía: Mostafa El Kashef. Montaje: Mohamed Mamdouh. Música: Amin Bouhafa. Reparto: Buliana Simon, Ziad Zaza, Mamdouh Saleh, Emad Ghoniem, Maya Mohamed. Duración: 123 minutos.
Egipto, Francia, Alemania, Túnez, 2025. Título original: «Eayshat lam taeud qadiratan ealaa altayaran» (Aisha Can't Fly Away). Dirección: Morad Mostafa. Guion: Morad Mostafa, Sawsan Yusuf, Mohammad Abdulqader. Compañías: Bonanza Films, Nomadis Images, Shift Studios, Mad Solutions, A.A Films, Mayana Films, Cinewaves Films, Coorigines Production. Festival de presentación: Cannes 2025 (Un Certain Regard); Mostra de València 2025 (Palmera de Oro). Distribución en España: Con Un Pack. Fotografía: Mostafa El Kashef. Montaje: Mohamed Mamdouh. Música: Amin Bouhafa. Reparto: Buliana Simon, Ziad Zaza, Mamdouh Saleh, Emad Ghoniem, Maya Mohamed. Duración: 123 minutos.
Los días de Aisha transcurren sin cambios, sin marcadores particulares que permitan diferenciarlos, sumergida en un continuo trasiego por las calles de El Cairo, enfrentada a la precariedad, el racismo y la pura abyección de los egipcios. Acude a la oficina de empleo casi como una temporera, aceptando cualquier trabajo como cuidadora de enfermos y recibiendo como contraprestación nada más que indolencia y humillación. No se rompe, Aisha, no claudica ni se autocompadece ni, mucho menos, se asusta ante la injusticia como estado natural de las cosas. Ha visto el infierno en su Sudán natal, y ahora se comporta con esa obstinación inmaculada, único regalo exilio. Duerme en un apartamentucho inmundo, explotada por el usurero arrendador y matón del barrio. Sin espacio para la ternura o la calidez, el momento en el que su horror cotidiano cesa es en aquellas llamadas telefónicas al hogar, las conversaciones más o menos tranquilas con la familia, que operan como único respiradero.
Y es que, como migrante representa casi un objeto para todos los estamentos sociales de la comunidad capitalina. Tan transversal es el deseo de instrumentalizar al más vulnerable, que es intrascendente la categoría socioeconómica de los pacientes que se encarga de cuidar, pues de todos recibe la misma ingratitud. En esta actividad laboral en la que se ocupa de una función tan vital como los cuidados, se produce una curiosa paradoja que Morad enseña sin pretender realizar juicios, sin apuntar con el dedo: estos pacientes indolentes son a la vez tan frágiles como ella misma, y de algún modo se encuentran dentro de su espectro, en la misma categoría de seres tangenciales, olvidados y desposeídos de voluntad propia. Precisamente dentro de este lugar tan concreto Aisha obtiene de manera imprevisible un equilibrio a su favor; una suerte de victoria moral. Aunque para los ojos ajenos ella suponga una cifra, un sujeto indistinguible, otra subsahariana sin nombre aceptando las humillaciones más bajas de la sociedad egipcia, se yergue como una especie de espíritu incansable.
Esta es una película construida en su totalidad alrededor de la actriz protagonista, Buliana Simon, y su personaje: una presencia poderosa que no necesita apenas líneas de diálogo para expresar una profundidad emocional a través de sus ojos, de sus movimientos lentos que, lejos de mostrarla como resignada o abatida, manifiestan un estoicismo heroico. Esta es la vida que le ha caído encima, y no existe espacio para la queja, para derrumbarse. Una parte sustancial del mérito de Aisha Can’t Fly Away —y de su director— recae en los hombros de Simon y su ejercicio minimalista que, sin duda alguna, eleva la calidad de la obra por encima del promedio.
La austeridad no solo en el guion sino también de la puesta en escena del filme resultan un acierto. Una cámara en mano temblorosa sigue muy de cerca los movimientos de la desventurada Aisha, opresivamente, casi reptando sobre su nuca, y eliminando así todo punto de fuga, cualquier posibilidad de escape su la sistémica miseria. Morad emplea contadamente recursos por fuera del realismo, pequeños destellos de simbolismo disfrazado de paranormal que acentúan el discurso del filme; algo que, en opinión de quien firma estas letras no aporta demasiado al conjunto y resulta redundante. La imposibilidad de Aisha de escapar, de volar lejos, a la que alude el título, se encarna en la imagen persistente de la figura del avestruz, ave que no puede volar.
Tal compromiso choca con la citada parquedad estilística y narrativa resulta deviniendo en su más destacable defecto. La presencia fantasmal de Aisha como personaje no llega a configurarse de manera totalmente tridimensional, lo cual provoca que su construcción sea insuficiente, innecesariamente desposeída de detalles más claros, más explícitos. Pareciese como si por momentos Morad se contuviese en tal medida que amputa deliberadamente parte de la narrativa. En cualquier caso, como producto cinematográfico, Aisha Can’t Fly Away destaca por una ética muy comprometida, que evita mostrar la llaga y recrearse en la vergüenza, en el ultraje. Empleando además el fuera de campo como recurso pero, sobre todo, no despegando la cámara de su protagonista, esta película consigue el difícil objetivo de narrar estos temas discursivos sin caer en la pornografía del sufrimiento ni en territorios donde lo lastimero se disfraza de reivindicativo. ♦










