|| Críticas | ★★★☆☆
DJ Ahmet
Georgi M. Unkovski
Playlist de grandes éxitos
Nacho Álvarez
ficha técnica:
Macedonia del Norte, República Checa, Serbia, Croacia, 2025. Título original: «DJ Ahmet» (Диџеј Ахмет). Dirección y guion: Georgi M. Unkovski. Compañías: Cinema Futura, Alter Vision, Analog Vision, Sektor Film, Backroom Productions, Film House Bas Celik, 365Films. Festivales de presentación: Festival de Sundance 2025 (Premio del Público - World Cinema Dramatic y Premio Especial del Jurado a la Visión Creativa); Festival de Sevilla 2025 (Gran Premio del Jurado y Mejor Actor para Arif Jakup). Distribución en España: Filmin. Fotografía: Naum Doksevski. Montaje: Michal Reich. Música: Alen Sinkauz, Nenad Sinkauz. Sonido: Miroslav Chaloupka. Diseño de producción: Dejan Gosevski, Aleksandra Chevreska. Reparto: Arif Jakup, Agush Agushev, Dora Akan Zlatanova, Aksel Mehmet, Selpin Kerim, Atila Klince, Elhame Bilal, Metin Ibrahim, Adem Karaga, Nadzi Shaban, Din Ibrahim. Duración: 99 minutos.
Macedonia del Norte, República Checa, Serbia, Croacia, 2025. Título original: «DJ Ahmet» (Диџеј Ахмет). Dirección y guion: Georgi M. Unkovski. Compañías: Cinema Futura, Alter Vision, Analog Vision, Sektor Film, Backroom Productions, Film House Bas Celik, 365Films. Festivales de presentación: Festival de Sundance 2025 (Premio del Público - World Cinema Dramatic y Premio Especial del Jurado a la Visión Creativa); Festival de Sevilla 2025 (Gran Premio del Jurado y Mejor Actor para Arif Jakup). Distribución en España: Filmin. Fotografía: Naum Doksevski. Montaje: Michal Reich. Música: Alen Sinkauz, Nenad Sinkauz. Sonido: Miroslav Chaloupka. Diseño de producción: Dejan Gosevski, Aleksandra Chevreska. Reparto: Arif Jakup, Agush Agushev, Dora Akan Zlatanova, Aksel Mehmet, Selpin Kerim, Atila Klince, Elhame Bilal, Metin Ibrahim, Adem Karaga, Nadzi Shaban, Din Ibrahim. Duración: 99 minutos.
La brecha generacional y el conflicto entre tradición y juventud contestataria actúan como pilares de DJ Ahmet (2025), que coloca a su protagonista y a Aya, una joven a punto de casarse obligada por su familia, en contraposición directa a la autoridad de las figuras paternas, que representan una estructura de comportamiento y expectativa de la que no son capaces de huir los adolescentes. Ahmet no puede seguir estudiando y Aya no puede volver a Alemania a vivir su vida, pero ambos encuentran en la música -en escucharla y bailarla respectivamente- un horizonte de escape a su realidad cotidiana, en la que la empatía de sus progenitores resulta prácticamente inexistente. El rechazo militante del padre de Ahmet a hablar sobre su mujer revela la rigidez con la que Unkovski concibe a sus personajes en guion, que no cesan de repetir actitudes y discursos que remarquen los temas de la película. En ese aspecto radica uno de los grandes lastres de la película, que queda sometida a un férreo guion y a la reducción al mínimo esencial de esos dos padres sobre los que no se depositan apenas matices dramáticos. También la figura materna resulta especialmente paradigmática en este aspecto, ya que, tras esa introducción espectral quedará relegada a su papel como mero catalizador narrativo, renunciando a profundizar en esa ausencia que afecta a padre e hijo.
En este sentido, y por el género al que apela la película, la elección de la perspectiva resulta de vital importancia. No obstante, la cámara de Unkovski parece no tomar una decisión clara sobre dónde se sitúa, si en un subjetivismo en el que se contagie de la fascinación de los protagonistas por las luces, el ritmo, la colectividad y todo aquello que acompaña de una u otra manera la experiencia musical, o una mirada desde fuera a su transformación. En la escena en la que Aya sorprende en el festival de baile con una coreografía contemporánea con la que desafía a la danza tradicional y a la mirada de su padre, el montaje salta desde una cámara en mano indecisa que se mueve entre las bailarinas, una más alejada que registra las miradas de incredulidad de su familia y su futuro esposo, y una secuencia en la que Ahmet abandona a el puesto de queso de su padre para ir a ver el número de la chica. Así, en repetidos ejemplos, el cineasta elude detenerse en los momentos decisivos de la historia, desviando la atención a acciones paralelas que, a pesar de estar implícitas ya en un fuera de campo, decide mostrar para evidenciar una y otra vez los conflictos que laten en la película.
Resulta curiosa esta dependencia de una estructura y unos códigos tan marcados en una película que sitúa a la música como uno de sus hilos conductores. En ese tratamiento simbólico de lo musical como agente emancipador y sanador en el que se insiste, no se termina de definir una apuesta sonora más allá de un uso puntual de las canciones que siempre viene acompañado del mencionado subtexto reforzado en guion. La partitura pues, en lugar de plantear una alternativa a esa incomunicación generacional, no consigue liberarse de la rigidez generalizada. La banda sonora a cargo de Alen y Nenad Sinkauz en la que mezclan piezas tradicionales, cánticos religiosos, techno y EDM simplemente sirve de acompañamiento y telón de fondo a ese ansiado espíritu juvenil de renovación que la película tanto se esfuerza en remarcar. DJ Ahmet queda sometida finalmente a las pautas de la coming of age estadounidense, y a pesar de su voluntad de ahondar en cuestiones esencialmente autóctonas de la Macedonia rural, ni sus redenciones ni reencuentros finales toman un significado propio cayendo en una repetición iconográfica y semántica -el plano de Aya mirando por la ventana del autobús o el sol bañando la cara de Ahmet-. Los dos protagonistas van perdiendo esa frescura que los rodeaba en las primeras secuencias y lo que queda es una prudente mirada a la juventud y a la efervescencia del encuentro con la música, que en lugar de aprovechar su cualidad inasible y mutante opta por la seguridad del camino conocido. ♦










