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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Predator: Badlands

    || Críticas | ★★☆☆☆
    Predator: Badlands
    Dan Trachtenberg
    Silencio, solo eres una herramienta


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2025. Título original: Predator: Badlands. Director: Dan Trachtenberg. Guion: Patrick Aison, Dan Trachtenberg. Productores: Richard Cowan, John Davis, Lawrence Gordon, Stefan Grube, Brent O’Connor, Ben Rosenblatt, Marc Toberoff. Productoras: 20th Century Studios, Toberoff Productions, Deutsche Filmakademie, Government of Australia, New Zealand Film Commission, Québec Film & TV Production Tax Credit, TSG Entertainment. Fotografía: Jeff Cutter. Música: Sarah Schachner, Benjamin Wallfish. Montaje: Stefan Grube, Dan Trachtenberg. Reparto: Elle Fanning, Dimitrus Schuster-Koloamatangi, Michael Homik, Cameron Brown, Reuben de Jong. Duración: 1 h 39 min.

    Hace tiempo que Predator , la saga, llegó al punto de no retorno de la autoparodia. Y no, no me refiero a los disfrutables cócteles de monstruos que fueron Alien vs. Predator (Paul W.S. Anderson, 2004) y Alien vs. Predator – Requiem (2007), que jugaban de manera consciente con las convenciones de la ciencia ficción de serie B, sino a The Predator (2018), el intento fallido de Shane Black por devolverle el brillo a una franquicia que nunca debió ser tal. Es posible que Black hiciera la película que tenía en mente; de hecho, es un cineasta que solo sabe hacer un tipo de película: comedias (forzadas) de acción. Pero ni la Fox ni el público le compraron su debilidad por los chistes de bar y los tiroteos circenses. Después llegó Predator: la presa (Prey, 2021) y ahora esta Predator: Badlands que, ambas bajo la dirección de Dan Trachtenberg, no han hecho sino ahondar en la crisis de una marca que ya es material de derribo.

    Dentro de lo malo, Black aún tenía la voluntad de hacer cine, y su pesado artefacto estaba bien filmado y fotografiado. Pero lo de Trachtenberg es televisión pura y dura. Tele mala, se entiende, visto su absoluto desdén por el guion, el montaje, la continuidad, la planificación y, en general, cualquier aspecto técnico y narrativo. Sus dos entregas de Predator son eso, episodios piloto de una serie «streamificada» en la que muy pronto no será necesario que hable nadie, porque muy poco o nada habrá que decir. Badlands es un aviso en este sentido, pues la mitad de los diálogos está formada por frases hechas, aunque se disimulen con el idioma de los predators, y la otra mitad son gritos guturales, gruñidos y alaridos. No es que McTiernan compusiese poesía en la película original, pero al menos tuvo el buen criterio de constreñir los diálogos a órdenes militares, para centrarse así en las reacciones de los personajes ante un enemigo invisible. La clase magistral con la Dolly la dejamos para otro día.

    Trachtenberg, quizá aquejado de un ataque de guionista, plantea justo lo contrario, y el resultado es una cinta en la que los personajes pronuncian constantemente su nombre, repiten los traumas que arrastran del pasado y se preocupan por transmitir cómo se sienten en cada momento. Teniendo en cuenta que la pareja protagonista está compuesta por Thia, una «sintética», y Dek, un predator, esta torpeza es doblemente meritoria. Así pues, a lo que se enfrenta el público es a un producto de plataforma de extrema pobreza literaria y narrativa, huérfano de personajes con peso, rodado sin gracia, previsible y aquejado del «peluchismo» que tanto le gusta a Disney. Una Disney que, por cierto, falta (o se esconde) en los títulos de crédito. Porque la Fox ya no existe, es solo una fachada que aquí se usa por ¿prestigio? Por «peluchismo» me refiero a la capacidad innata e inagotable de Disney de convertir cualquier cosa en un muñeco. Si ya hay figuras «cuquis» del alien de Ridley Scott, cómo no iba a haberlas de los predators. Dek tiene rastas y ojitos tristes, y seguramente el muñeco que comercialicen de él estas navidades se iluminará por la noche.

    Esta operación de edulcoramiento de la saga va más allá. Ya no mueren personas, sino clones de la Weyland-Yutani, la icónica corporación que une los universos fílmicos de Alien y Predator. De este modo Disney se ahorra la sangre, el gore y la tan temida clasificación R (solo para adultos) de todas las entregas anteriores. Sí, todas. Por si esto fuera poco, a medio metraje se incorporan dos personajes absolutamente ridículos y prescindibles: Bud, una especie de bulldog cósmico (otro muñeco) que resulta ser la cría del monstruo que persigue Dek, y la hermana «sintética» de Thia (Elle Fanning), que es la propia Elle Fanning pero aseada, con un ojo negro y cara de cabreo. Había que rellenar como fuera para llegar a la hora y media de duración.

    De lejos, esta segunda parte del film es la más aburrida y decepcionante para los fans, quienes al menos, durante los primeros tres cuartos de hora, pueden agarrarse a una trama y una puesta en escena que aglutina y copia ideas de After Earth (M. Night Shyamalan, 2013) y Riddick (David Twohy, 2013), y convierte a los predators en primos hermanos de los klingons de Star Trek. El saqueo de referentes es digno de uno de esos tuits que en los viejos buenos tiempos de Twitter se dedicaban a recopilar atracos visuales. Si hay que salvar algo de Badlands, que sea la música compuesta por Sarah Schachner y Benjamin Wallfish, y sobre todo el juego que da llamar «herramienta» al personaje de Elle Fanning por parte de Dek. «Calla, herramienta», «Eres solo una herramienta», «Ven aquí, herramienta». Puro combustible para cualquier colectivo que desee cargar las tintas contra la película. Para el crítico que esto escribe, quizá sea la declaración más honesta de Disney con respecto a lo que desea hacer con esta saga. ♦


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