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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | The running man

    || Críticas | ★★★★☆
    The running man
    Edgar Wright
    Yo soy el detonador


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2025. Título original: The Running Man. Director: Edgar Wright. Guion: Michael Bacall, Edgar Wright. Productores: James Biddle, Pete Chiappetta, Audrey Chon, Elitsa Dimitrova, Ivan Doykov, Andrew Lary, Simon Kinberg, Edgar Wright. Productoras: Complete Fiction, Genre Films, Paramount Pictures. Fotografía: Chung-hoon Chung. Música: Steven Price. Montaje: Paul Machliss. Reparto: Glen Powell, Josh Brolin, Lee Pace, David Zayas, Greg Townley, Michael Cera, Karl Glusman, Katy O’Brian, Colman Domingo, Alyssa Benn, William H. Macy. Duración: 2 h 13 min.

    Más de uno y más de dos caerán ahora en la cuenta de que detrás del Perseguido (The Running Man, Paul Michael Glaser, 1987) de Schwarzenegger había una novela de Stephen King, y empezarán a verla con otros ojos. Ese es el primer triunfo de Edgar Wright, que casi cuatro décadas después de la película original ha retomado el relato de King para rodar una pertinente metáfora de nuestro tiempo. Si entonces la diana eran los Estados Unidos de Ronald Reagan, ahora el arco es más amplio –porque la infección se ha extendido– y la cinta apunta no solo a la América de Donald Trump, sino a un mundo entregado a varias tiranías: la democracia neoliberal, el paro endémico, las diferencias de clase, las crisis económicas inducidas, el poder de las empresas tecnológicas, la manipulación de los medios de comunicación y la violencia como forma extrema de entretenimiento. Lo que parecía un tanto exagerado mientras Arnie luchaba por su vida, ahora es un reportaje callejero protagonizado por Glen Powell.

    Y así precisamente, como un reportaje a la carrera, está rodada The Running Man, con brío y energía, cámara al hombro, con objetivos cortos y una fotografía felizmente granulada y de colores contrastantes que deja en evidencia las carencias de la imagen digital, al menos tal y como la conciben las plataformas de streaming. Esta película es cine, no tele en el móvil, y en consecuencia sus imágenes tienen una fisicidad que obra el primer y más antiguo milagro del séptimo arte: meter al público en la historia sin rechistar. El culpable se llama Chung-hoon Chung, y es el mismo que cuida las imágenes de Park Chan-wook desde Oldboy (2003). Wright, que no tiene un pelo de tonto cuando de estética se trata, ya contó con él en Última noche en el Soho (Last Night in Soho, 2021), y no parece que la cosa vaya a cambiar en los próximos años. Es el cómplice ideal para destacar sus virtudes y disimular sus carencias.

    Su nombre nunca sonará en los Oscars ni en otros grandes premios, pero hoy por hoy tiene dos de los mejores ojos de la industria. Su talento brilla sobre todo en las escenas nocturnas y en los interiores apagados, que son la prueba del algodón para cualquier director de fotografía y que aquí constituyen más de dos tercios del metraje. Este año no habíamos visto, y quizá tampoco veremos, claroscuros tan bien trabajados, por no hablar de los matices que la arranca a cualquier textura, ya sea orgánica (la piel) o material (el asfalto y los ladrillos). Y en el centro de cada imagen, la figura de un Powell magníficamente retratado como un John Doe enfurecido. La secuencia de la primera huida de su personaje, Ben Richards, a través de las tripas de un motel de mala muerte, es una fantasía iluminada en negro, rojo y amarillo que parece un óleo de Pollock animado. Sea o no ésta la intención, lo cierto es que Wright y Chung se han dado el gustazo de otorgarle un tratamiento visual de primera categoría a una historia con hechuras de serie B. Este era justamente el «secreto» del cine distópico de acción de los años setenta y ochenta, del que es deudora una parte importante del cine de Wright y al que aquí rinde homenaje con bonitos guiños a películas que oscilan entre lo previsible –Almas de metal (Westworld, Michael Crichton, 1974), Rollerball (Norman Jewison, 1975)– y lo impensable –Cyborg (Albert Pyun, 1989), La carrera de la muerte del año 2000 (Death Race 2000, Paul Bartel, 1975).

    Si hay que buscarle una diferencia esencial a este Running Man con respecto al Perseguido de Schwarzenegger, es el mayor énfasis que ha puesto Wright en la deriva venenosa de la sociedad del espectáculo. Tanto el productor (Dan Killian/Josh Brolin) como el presentador (Bobby T/Colman Domingo) del concurso que da título al film, una suerte de caza humana retransmitida en directo, están más y mejor definidos, y no parecen muy alejados de las figuras que hoy copan el prime time de las cadenas comerciales. Algunos de los mejores momentos del film se encuentran precisamente en el retrato feroz que Wright propone de la telebasura, y en concreto la manera en que las élites mediáticas, aliadas con las élites políticas y económicas, controlan y manipulan la sociedad a través del sexo, la violencia, el dinero, la religión y una concepción racista del patriotismo.

    Puro territorio Stephen King, que Wright y su coguionista Michael Bacall han acertado a imaginar como una América arrancada de las páginas de Martha Washington Goes to War (Frank Miller) o de Transmetropolitan (Warren Ellis), para decirnos que las distopías ya no son tanto una caricatura de la realidad como una sátira realista. Las entradas en directo de Bobby T y los vídeos piratas de Bradley (Daniel Ezra) son la guinda meta a esta película con la que Wright incide en uno de sus temas favoritos: la imagen como constructora de mitos. Ben Richards se convierte a su pesar en el icono de una revolución que probablemente nunca estallará, pero cuya ilusión subirá los índices de audiencia. Es cierto que si uno desciende al guion, The Running Man tiene todos los defectos habituales en el cine de Wright, principalmente su querencia por los segundos actos largos, muy largos, hasta el punto de que parecen otra película. Pero él lo sabe y le da igual, porque de otro modo no podría pinchar sus temas favoritos o sacar punta a personajes como Elton (Michael Cera) para armar un gótico americano. Hacen falta más tipos así. ♦


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