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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Mimang (迷妄)

    || Críticas | ★★★★☆
    Mimang
    Kim Tae-yang
    Escapar al recuerdo


    Agus Izquierdo
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Corea del Sur, 2023. Duración: 92 min. Título original: 迷妄. Dirección: Kim Tae-yang. Guion: Kim Tae-yang. Fotografía: Jin-Hyeong Kim. Reparto: Ha Seong-guk, Lee Myung-ha. Compañías: Noh Ha-jeong. Música: Kim Tae-san.

    Todo me recuerda a él. A Hong Sang-soo, me refiero. Sí, lo sé, es demasiado fácil (casi cobarde) establecer un paralelismo con todo lo que incorpore en su esencia calma, meditación, paisajes urbanos, conversaciones banales y un minimalismo formal. Pero si el ser humano es un saco de pecados con patas, no seré yo quien se desmarque del prototipo ni traicione al espécimen. Mimang (algo así como «un pequeño deseo» en su traducción al español), que obtuvo el premio Talents en el D’A Film Festival 2024 de Barcelona, se presenta como una balada traidora: dulce y delicada por fuera, envenenada y emocionalmente atronadora por dentro. Un bombón de licor. Estructurada en tres actos (a partir de tres colores que dan pie al inicio de cada capítulo: rojo, verde, azul respectivamente) nos invita a conocer la relación entre los protagonistas en distintos momentos vitales, con un núcleo nodal: la nostalgia y el contrafáctico. Ese puñetero y devastador «y si» que todos nos hemos formulado en algún que otro momento. A su vez, Mimang se erige como retrato generacional y también como reivindicación espacial: consagra y sacraliza lo físico y el entorno, poniendo el foco en la inmortalización de una Seúl que se muestra imperturbable ante los millones de vidas que nacen, crecen, aman, se aburren y mueren a su alrededor, constante e infinitamente.

    Al inicio de cada uno de los episodios, a modo de versículos, se puede leer:

    Errante, incapaz de encontrar sentido por culpa de la ignorancia
    Incapaz de olvidar lo que uno quiere olvidar
    Buscando a lo largo y ancho.

    El primer largometraje de Kim Tae-yang es como un trago de soju. Fresco, inspirador y hasta divertido, aunque se trata, además, de un brebaje ambivalente: causa cierto carraspeo. Mimang es un tríptico que sobrecoge, causando un espasmo existencialista, y que nos recuerda no solo la insignificancia de nuestras absurdas presencias, que orbitan vagamente en un Orden de cosas abisal, sino que también recalca que tampoco tenemos control alguno sobre nuestros senderos. Los protagonistas hablan continuamente del destino, de sus futuros, de sus promesas no cumplidas y de los juramentos por hacer. Este es un relato no forzosamente triste, pero a la vez, profundamente desolador. Un cuento sobre Seúl y sus habitantes, con declaraciones de amor ebrias, casi ridículas pero valientes; piti-pausas para fumar bajo un chaparrón súbito bajo el toldo de un callejón recóndito o la reunión de tres amigos, posible solo gracias al funeral de un ser querido.

    Mimang invoca los reproches que se hace uno mismo. Esos son los peores. Los más certeros, los más injustos y más punzantes. Para sobrellevarlos, se plantea un consuelo estoico, una especie de carpe diem que los personajes parecen asumir, pero lo realmente cauterizador de la película de Tae-yang es el recuerdo. Las almas que encarnan Ha Seong-guk y Lee Myung-ha deambulan quijotescamente por las calles de Seúl. A veces con un propósito, como participar como ponente de un coloquio (por cierto, con un número reducido de asistentes) después de la última proyección en una sala que está a punto de cerrar (imposible no conectar eso con la Goodbye, Dragon Inn de Tsai Ming-liang). Otras veces, como fantasmas errantes, pues los espíritus perdidos de Mimang levitan en una metrópolis que sirve como contenedor donde el tiempo, aunque fragmentado en tres segmentos con años de diferencia, parece pasar para las personas y no para las paredes, las calles, las arterias y las avenidas de una urbe que se alza sagrada.

    Por eso mismo, por la importancia de lo espacial, la cámara se inmiscuye en el encuadre. A veces, la mayoría, con habilidad encomiable. Otras, en cambio, se choca y topa patosamente (también con autoconciencia) con los diferentes elementos del plano. Se entremezcla con ellos, con las siluetas que caminan por las calles, con los coches y los buses que recorren la pantalla, con los arbustos que interceden en el marco e interrumpen sin avisar. La fotografía de Jin-Hyeong Kim nos convierte en espectadores activos y nos hace partícipes directos de este melodrama, a la vez que persigue a los caminantes y casi se esconde de ellos para que no nos vean.

    En ese sentido, la dilatación de la dimensión temporal tiene la misma importancia que la congruencia del plano espacial. En Mimang se hace referencia, por ejemplo, a la estatua dedicada al Almirante Yi Sun-sin, que preside la plaza Gwanghwamu. Los protagonistas discuten sobre la leyenda que era zurdo, y eso explicaría por qué sostiene la vaina y la espada en su lado derecho. También se habla con una nostalgia anticipada del Seúl Cinema y del público que pasará aún por ahí cuando ya haya cambiado de nombre. En un epílogo apabullante donde los tres amigos vuelven al bar dónde se desahogaban cuando eran jóvenes, Kim Tae-yang nos sienta en la barra del Tiny Rain y nos convierte en un comensal más, equilibrando la mirada (ese esencialismo tan Ozu) en un plano que democratiza la amistad y comparte la intimidad con nosotros. A diferencia de Past Lives, de Celine Song (también sobre algo que pudo ser y no fue), donde todo estaba más expandido y a la vez más dramatizado, en Mimang los encuentros y reencuentros suceden casi por casualidad, en esa ironía caprichosa y traviesa de la providencia y del azar.

    Este es un cine que se acerca y se aleja, que se mueve y que casi pide permiso para filmar. Y en esa sensación entre la melancolía y la fragilidad de la condición humana, acudimos a lo único que tenemos para resistir al paso de los eones y a un mundo que sabemos que no se lamentará cuando desaparezcamos: la memoria entendida como subterfugio vital; la escapada a un limbo de recuerdos erosionados que nos permitan recuperar anécdotas de un pasado en el cual reflejarnos, aunque solo sea para encontrar un instante de paz en esta vida que no se detiene y nos pasa irremediablemente por encima. Con esa intención, Mimang es una historia sobre las historias que no sucedieron. Un cuentito sin pretensiones que, sin embargo, osa distorsionar la fórmula heraclitiana: no es el que el río en el que nos bañaremos no sea nunca el mismo, sino que somos nosotros los que lo dejamos de ser nosotros en cada segundo que ocurre. Mutamos y cambiamos en cada instante. Y mientras tanto, la ciudad nos mira, impávida. Y mientras tanto, nosotros intentamos mantener la sonrisa con una mueca de desconsuelo. ♦


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