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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Rosalie

    || Críticas | ★★★☆☆ ½
    Rosalie
    Stéphanie Di Giusto
    Digna de su sufrimiento


    Emilio M. Luna
    Madrid |

    ficha técnica:
    Francia, Bélgica, 2023. Título original: «Rosalie». Dirección: Stéphanie Di Giusto. Guion: Stéphanie Di Giusto, Alexandra Echkenazi, Sandrine Le Coustumer. Producción: Artemis Productions, France 3 Cinéma, Trésor Films. Fotografía: Christos Voudouris. Música: Hania Rani. Reparto: Nadia Tereszkiewicz, Benoît Magimel, Benjamin Biolay, Guillaume Gouix. Presentación oficial: Un Certain Regard del Festival de Cannes. Duración: 115 minutos.

    Todd Browning en la maravillosa La parada de los monstruos (Freaks, 1932) apelaba a la violencia como eje de la rebelión del distinto. Un arrebato sanador que, como la propia película del cineasta estadounidense, tenía algo de fundacional. No obstante, en cierta manera, señalaba a una sociedad que a lo largo de su existencia había marginado a individuos fuera de normativa. Individuos a los que el progreso defenestró tras ser estigmatizados primero por la religión –sea cual fuera esta— luego por la propia razón, con los avances tecnológicos y médicos. Pasaron de herejes a apestados, poblando y deambulando por espacios propios del extrarradio como asilos, sanatorios, chabolas o circos. Es por ello que el final y el posterior epílogo de la obra maestra de Browning concedía justicia moral a la anormatividad; también interpelaba a una sociedad que avanzaba acompasada de forma ideológica a una II Revolución Industrial que modeló lo que ahora conocemos como contemporaneidad. «En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad», sostuvo San Agustín hace dieciséis siglos. Una máxima que hizo suya Browning en el mentado epílogo, no sin antes demoler el sistema. Porque, así es, para reconstruir, también pensamientos, es necesario derribar estructuras y conceptos devenidos canónicos.

    Un punto de inflexión al que se aproxima Rosalie, la protagonista del filme homónimo de Stéphanie Di Giusto. Tras dos décadas habitando forzadamente la oscuridad, oculta por su padre debido a la incomprensión que le genera a este el hirsutismo –afección que provoca un crecimiento excesivo de vello en mujeres— que padece, Rosalie acaba de ser entregada como dote a Abel, un cantinero en decadencia en un pueblo de la Francia bretona del siglo XIX. Entre la alegría por ocupar un nuevo espacio en el mundo y el miedo a desvelar su «identidad» a su reciente marido, emerge un sentimiento de rebeldía, que a diferencia de los «freaks» de Browning, tiene una naturaleza endótica, nacida de alguien que vivió en una eterna desesperanza. Tras ser rechazada, Rosalie se libera; superada la decepción, el luto, resurge sin máscaras, desvelando su verdadero rostro. A partir de ese momento, iniciará un viaje interno que sufrirá duras acometidas del exterior pero que, también contra pronóstico, despertará el interés de una rígida sociedad rural decimonónica por lo exótico.

    En ese sentido, ahí termina la imprevisibilidad del segundo largometraje de la cineasta francesa. La relación entre Rosalie y Abel mantendrá el desarrollo del arco clásico del melodrama de época: posturas remotas entre los protagonistas que se irán acercando a medida que el contexto que construye Rosalie se torna más luminoso. La joven extrapolará su propia aceptación al mundo y este, salvo excepciones, la abrazará y cobijará. Con ello también mejorará la vida de Abel, ahogado por las deudas heredadas de una venganza y el mal momento de su negocio. Todo renacerá junto a Rosalie. Así, de esta manera, Di Giusto presenta un drama romántico modélico, emocionante por momentos, pero que no afronta el riesgo que demandaba su poderoso inicio. Como le ocurría a su ópera prima, La bailarina (La danseuse, 2016), en la que plasmaba una visión excesivamente hagiográfica de la rivalidad entre Loïe Fuller e Isadora Duncan, la corrección ideológica se apodera de su narrativa de Rosalie (íd, 2023), mal endémico, por otra parte, de la ficción de nuestro tiempo. No empero de su composición visual, mucho más madura y trabajada. Junto a la labor del director de fotografía Christos Voudouris, consigue trasladar a imagen los diferentes períodos anímicos de la protagonista. Una puesta en cuadro primorosa a la que Rosalie y Abel corresponden de forma brillante gracias a las excelentes interpretaciones de Nadia Tereszkiewicz y Benoît Magimel. Sus gestos, sus miradas, sus susurros elevan el filme de Di Giusto. Una complicidad que tiene su extensión en la emocionante escena final que, aparte de arrancarnos más de una lágrima, nos recuerda justo eso: en lo esencial, unidad. ♦


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