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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Monkey man

    || Críticas | ★★★☆☆
    Monkey man
    Dev Patel
    Instintos básicos


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2023. Título original: Monkey man. Director: Dev Patel. Guion: Dev Patel, Paul Angunawela, John Collee. Productores: Jason Cloth, Ian Cooper, Jonathan Fuhrman, Aaron L. Gilbert, Christine Haebler, Basil Iwanyk, Daniel F. Larson, Erica Lee, Cheryl Leib, Joseph Leib, Jordan Peele, Dev Patel, Suraj Maraboyina, Anjay Nagpal, Adam Somer, Andria Spring, Steven Thibault. Productoras: BRON Studios, Thunder Road Pictures, Monkeypaw Productions, Minor Realm, S’YA Concept, WME Independent, Creative Wealth Media Finance, Lost Winds Entertainment. Fotografía: Sharone Meir. Música: Jed Kurzel. Montaje: Joe Galdo, Dávid Jancsó, Tim Murrell. Reparto: Dev Patel, Sikandar Kher, Pitobash, Sobhita Dhulipala, Makrand Deshpande, Vipin Sharma, Adithi Kalkunte, Ashwini Kalsekar, Sharlto Copley.

    Más allá de su trato amistoso con Dev Patel, al que conoció durante el rodaje de Hotel Bombay (Hotel Mumbay, Anthony Maras, 2018), lo que haya podido llevar a John Collee a participar en una película como Monkey Man solo le compete a él. Eso sí, habría que agradecérselo por Navidad o en su cumpleaños, ya que lo que salva este film, al menos de manera parcial, de la etiqueta «John Wick en la India» es su mano para conciliar pares antagónicos tanto en la elección de temas como en la construcción de personajes. Podría parecer una «boutade», pero el debut tras las cámaras de Dev Patel, a partir de una idea y un primer borrador propios, se presenta y desarrolla de la misma manera que Collee y Weir plantearon Master and Commander: Al otro lado del mundo (Master and Commander: The Far Side of the World, Peter Weir, 2003), esto es, sometiendo la acción a una elección moral, la que representaban los personajes de Russell Crowe y Paul Bettany como caras visibles de la tensión entre el ejercicio de la guerra y el espíritu de exploración.

    En Monkey Man, Collee es capaz de trasladar esta disyuntiva ilustrada a un contexto decadente, donde la violencia se ha convertido en la principal amenaza de la tradición espiritual en la India. En ese marco cabe situar el enfrentamiento esencial entre Bobby (Dev Patel), un luchador de la calle, huérfano y sin trabajo, y Rana (Sikandar Kher), el brazo armado de una organización criminal que encubre los trapos sucios de un político populista que aspira a ganar las elecciones. La tentación, decía, es sacar el espejo de John Wick o el de Tyler Rake, que para el caso es lo mismo, y despellejar la propuesta de Patel como una fotocopia exótica. Sin embargo, trucos de viejo escritor como este manifiestan una sana voluntad de encontrarle a la película un hueco con identidad propia en el cine de acción contemporáneo. Hay otras sorpresas agradables, tales como su cuidada dirección artística (magnífico el contraste entre el mundo rico, el mundo pobre y el mundo místico), una planificación que alterna con acierto la cámara en mano y la «steady» –esto permite que las escenas de acción sean dinámicas pero legibles– y un trabajo sonoro que apuntala la impresión física de cada escenario.

    El empeño y la dedicación dedicadas a estos apartados enmascaran de forma hábil la previsibilidad dramática de una historia que en el fondo ni puede ni quiere huir de lo que realmente es: cine de acción de serie B rodado con medios de serie A. Esta paradoja que no es tal –porque todo el cine nace de un encuentro entre lo ridículo y lo sublime– convierte en último término Monkey Man en una tan desinhibida como deliciosa mezcla de influencias cavernarias. Si hiciéramos su etalonaje, podríamos decir que la ópera prima de Dev Patel empieza como una cinta de la Cannon, sigue como una de King Roads y termina como una de Golan-Globus abrazando lo que fue la última Carolco. Resulta fascinante el modo en que Patel, Collee y Paul Angunawela (el tercer guionista acreditado) aciertan a conciliar en un mismo pastiche las situaciones y estereotipos más reconocibles de aquellos filmes. Al microscopio lo que vemos sobre la placa es una versión reducida de Contacto sangriento (Bloodsport, Newt Arnold, 1988) y Kickboxer (Mark DiSalle y David Worth, 1989), con algunas enzimas de Difícil de matar (Hard to Kill, Bruce Malmuth, 1990). Así que sería curioso preguntarle a los Seagal, Norris y Van Damme su opinión sobre esta y otras películas actuales que, con buena fachada y aspiraciones «arty», apelan a los viejos instintos de siempre. Matar o morir. Por no faltar, no falta ni la Bella salvada de la prostitución ni la Bestia que explica la película antes de morir.

    Con todo, probablemente la virtud más significativa de Monkey Man sea la valentía casi suicida que muestra Patel a la hora de rendir homenaje a sus raíces. Tácita y expresamente, porque estamos ante cineasta que ha vuelto a su tierra para contar un relato de orígenes. A la hora de metraje, la película se detiene en seco, abandonando su tono de cinta de acción occidental para asumir, con todas las consecuencias, la condición mítica que anuncia su título: Bobby es la nueva reencarnación de Hánuman, el dios mono que, según la tradición hinduista, venció al demonio Rávana. El proceso de transición y la conversión final de Bobby en esta deidad feroz, de carácter a la vez protector y asesino, alumbra otra película dentro de la película. Una ficción de aliento poético y simbología religiosa que, sin embargo, se sigue fácilmente gracias a un estudiado juego con las superficies reflectantes y un uso motivado del flashback. Es cierto que esta clase de recursos son típicos en las óperas primas, aunque Patel nunca llega a caer en el esteticismo vacuo o la expresividad gratuita. Ahí, quizá, el montaje le ha hecho un par de favores de contención, y empuja la historia hacia uno de los pensamientos más hermosos de Tagore: «Agradezco no ser una de las ruedas del poder, sino una de las criaturas que son aplastadas por ellas». ♦


    «La virtud más significativa de Monkey Man sea la valentía casi suicida que muestra Patel a la hora de rendir homenaje a sus raíces. Tácita y expresamente, porque estamos ante cineasta que ha vuelto a su tierra para contar un relato de orígenes».



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