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    Crítica | Suspended time

    || Críticas | Competición Berlinale 2024 | ★★★★☆ ½
    Suspended time
    Olivier Assayas
    Limbo


    Luis Enrique Forero Varela
    74ª Berlinale |

    ficha técnica:
    Francia, 2024. Título original: «Hors du temps». Dirección: Olivier Assayas. Guion: Olivier Assayas. Compañías productoras: Curiosa Films, Vortex Sutra. Fotografía: Eric Gautier. Intérpretes: Vincent Macaigne, Micha Lescot, Nine d’Urso, Nora Hamzawi. Duración: 105 minutos.


    anexo| Cobertura de la Berlinale 2024


    El francés Olivier Assayas se sirve de la excusa temática del confinamiento durante el año 2020 que todos conocemos para armar con Suspended time una lúcida obra acerca del diálogo con las emociones, pero también una reivindicación del arte y de la nostalgia —entendidas aquí como casi lo mismo, pues ambas son representaciones de la realidad— como espacios seguros frente a una incertidumbre total. El contexto está claro: el director de cine Paul (un contenido Vincent Macaigne) se ve forzado a confinarse, junto a su hermano Etiene (Micha Lescot), en el hogar de infancia, un paisaje rural alejado de los peligros que conllevan la densidad poblacional y las cifras crecientes de contagio. Parecería casi una premisa de ciencia ficción, de no tratarse de una realidad tan reciente como apenas todavía no del todo procesable por el inconsciente colectivo. Junto a ellos, se recluyen además las parejas de ambos, Morgane (Nine D’Urso) y Carole (Nora Hamzawi). Cada uno de estos cuatro personajes ha tenido que renunciar al contacto con sus propias familias y exfamilias, y adaptarse a esta situación improvisada, acelerando en la relación afectiva entre cada una de las dos parejas una nueva convivencia poco imaginable algún tiempo atrás y, respecto a la situación entre los dos hermanos, forzando accidentalmente la recuperación de una dinámica familiar perdida hace décadas.

    Esta podría haber sido una comedia europea de burgueses que beben vino y cocinan mientras hacen frente a una serie de malentendidos hilarantes y problemas de comunicación. Por suerte, el caso que nos ocupa resulta, gracias al genio de su director, en una obra profunda y extensa, en tanto en cuanto ofrece espacio para el pensamiento reflexivo y el acto de recordar, con la dignidad y la importancia que se merecen. El recuerdo dispara el pensamiento reflexivo y viceversa, formando un sistema que se retroalimenta de lo que sus protagonistas hacen con el espacio que están habitando. Así, los planos iniciales de las casas vecinas, el bosque, el lago, propician la aparición del estado emocional de la nostalgia con un carácter fundacional. Cada secuencia genera o es la consecuencia de una evocación, mientras el presente se encuentra en un estado difuso y complicado de aprehender. La decisión de Paul de salir a correr por el bosque cercano antecede a la descripción de la ruta que él —y también, superpuesta, otra voz narrativa que no es otra que la del propio director— recorría hacia el colegio, enumerando de memoria los árboles, las flores, los caminos, como un paraíso alguna vez propio que ahora ofrece un cálido remanente de familiaridad. Una de las casas vecinas, la única que no ha cambiado con el paso las décadas, se alza casi como un bastión incólume.

    A pesar de lo bucólico del lugar —o, precisamente por ello mismo— la presencia del miedo y la presencia de la muerte resultan inevitables, y se asoman al encuentro en cada esquina. Salir al supermercado es ya una situación muy peligrosa. Se trata, por un lado, de la muerte en medio de la delicada situación del presente global, claro; pero también, por otro, la muerte entendida como el paso inevitable de los años, el recuerdo del padre, el recuerdo de la madre, ambos fallecidos (un dolor aún persistente), pero cuyas habitaciones en este limbo, esta atemporalidad que de algún modo representa la casa, continúan emanando una intensidad difícil de expresar, y sus pequeños detalles —“la mesa del escritorio de papá, tan bella, y su silla, tan fea”, en palabras del narrador— conmueven por el afecto que encierra el acto de evocar. Aquí están todos a salvo, sí —y los propios personajes aceptan y son conscientes de su condición de burgueses privilegiados—; pero también es impensable regresar a la antigua cotidianidad. Mientras Morgane limpia la biblioteca, escucha un podcast sobre cómo el director Jean Renoir acompañó a su padre, el pintor, en sus últimos instantes de vida, llevándolo al campo y poniéndole un pincel en la mano y un caballete en frente, casi como una extremaunción. Estos destellos de contenida sensibilidad riman con la angustia que tienen los cuatro protagonistas, cada uno con su modo de matar las horas y su aburrimiento, preparando proyectos profesionales para un futuro incierto, hablando con sus hijos y familiares por videollamada, comprando online compulsivamente cosas que no necesitan.

    La narración en off, cuya voz es la de Paul pero también la del propio Assayas —ambas entrelazadas—, evoca con una afectividad proustiana ese hogar remoto antes de que el tiempo fuese algo importante; y digo proustiano no únicamente en generalidades como el recuerdo pormenorizado de la infancia, sino más bien en lo que respecta a la manera de mirar que tenía el autor francés, capaz de detenerse en cada detalle del hogar familiar sino en las calles, en la catedral su Combray de su infancia; no con la sequedad de los realistas, sino empleando las descripciones como instrumento para indagar en la emoción que el espacio le producía; en cómo su relación con aquel entorno resonaba en sus respuestas emocionales. En otras palabras: definir el espacio desde y a través de la sentimentalidad. Esta aproximación es precisamente la que Assayas utiliza para el filme, y el impacto es tan hondo y tan sencillo, a la vez, que la propia vida personal del director se introduce intermitentemente a través de los monólogos de Pierre, entremezclándose con el personaje, como si la identidad de uno se proyectase sobre la del otro, formando una imagen ambigua y compleja al otro lado del objetivo de la cámara. Cuando Pierre piensa en Renoir, en Bonnard o en Hockney —en el paisaje de lo externo— o cuando observa la habitación de su madre —el paisaje de lo interno—, inalterada a pesar de su muerte, quien mira, quien piensa es el personaje (no es un mero contenedor discursivo) y también es el director, consiguiendo una sincronía natural y bella. Y ambos paisajes, el de lo externo y el de lo interno, se alzan como lugares propios e inviolables, que otorgan una necesaria sensación de confort.

    Es muy interesante comprobar cómo distintos autores procesan ciertos eventos catastróficos que nos atañen a todos y establecen una comunicación con la audiencia. Si, hace dos años, en este mismo Festival de Berlín se proyectaba Coma, la versión asfixiante y enajenada de Bertrand Bonello del encierro, aquí me deleita asistir a la de Assayas, diametralmente opuesta, y muchísimo más rica; se vale de este espacio para hacer un ejercicio de delicado de memoria, de reconstrucción, que en ningún momento resulta impostado, ni, mucho menos trivial. Pero más allá de lo evidente, Suspended time brilla en su intención de establecer un diálogo entre la memoria y el espacio, valiéndose de una coyuntura sin precedentes que sumergió al mundo en un estado de suspenso; y en este lugar etéreo “fuera del tiempo”, como indica el título original de la película, Assayas logra una obra sobresaliente. ♦


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