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    Crítica | La parra

    || Críticas | Rotterdam 2024 | ★★★★☆
    La parra
    Alberto Gracia
    Ciudad alienada


    Carles M. Agenjo
    Rotérdam (Países Bajos) |

    ficha técnica:
    España, 2024. Título original: La parra. Dirección: Alberto Gracia. Guion: Alberto Gracia. Compañías productoras: Filmika Galaika, Tasio. Fotografía: Ion de Sosa. Música: Jonay Armas. Montaje: Velasco Broca, Alberto Gracia. Diseño de producción: Adakarina Acosta. Vestuario: Patricia Moreira. Producción: Roi Carballido, Alberto Gracia, Beli Martínez, Tasio. Reparto: Alfonso Míguez, Lorena Iglesias, Emilio Buale, Pilar Soto, Alberto Gracia. Duración: 83 minutos.

    Damián no deja de ver a su padre en todas partes. La cuestión es saber mirar las imágenes, le dice Mónica una mañana de resaca. Si pegas mucho la cara a un espejo, dejas de verte. Parece un juego de niños, pero la realidad, según el personaje, se puede abstraer en función de la distancia desde la que observamos. Mónica –interpretada con precisión por una amable Lorena Iglesias– comparte un recuerdo de infancia. Su mirada serena, nítida, luminosa, se proyecta hacia fuera. Damián, en cambio, es pura opacidad. Se recoge sobre sí mismo. Su mirada –que Alfonso Míguez afronta mediante un recital de contención que inunda su rostro de melancolía– apunta hacia un olvido interior. Quizá, por esto, las imágenes de La Parra están impregnadas de constante extrañeza. La que Damián siente tras abandonar Madrid y regresar a una Ferrol que no recuerda para despedir a papá, pero también la que el director Alberto Gracia proyecta sobre su propia ciudad natal a través de este thriller psicológico salpicado de ironías donde el ciego marca el camino de las contradicciones y el forastero destapa a su paso verdades ocultas. De hecho, Gracia es un ferrolano afincado en Madrid que –como Elena López Riera y su Orihuela natal– ha necesitado alejarse del hogar y volver años más tarde para mirarlo con otros ojos. Desde luego, esta partida y regreso, ese salir para reenfocar, apunta a la despedida de un padre ausente que tiene mucho de biográfico. No obstante, pone de manifiesto que Ferrol ya no es un espacio de recuerdos, sino un eterno presente donde las calles parecen salidas de una pintura de Giorgio de Chirico, sus caminantes deambulan como figuras espectrales en la ciudad blanca de Alain Tanner y la noche hunde sus raíces en las densas atmósferas de David Lynch.

    No por casualidad, los cuerpos y los nombres se confunden en este laberinto de espejos urbanos. Lejos de clarificar, alimentan el desvío. Los residentes de una humilde pensión ferrolana –que da nombre a la película– llaman al protagonista con el mismo nombre de un joven guía –interpretado por el propio Gracia– que ha desaparecido en extrañas circunstancias. El presente –añade el director– se dilata tanto hacia el pasado que se acaba comiendo el futuro. Primero, Damián, que aparece en el horizonte como un paisaje incierto. Después, Ferrol, un asfalto en el que reconocerse. Como si él y la urbe fueran un único no-lugar donde el tiempo se estanca y no sabemos en qué época estamos. Gracia, sin embargo, acaba rompiendo con esta dinámica de desorientación mediante un sorprendente giro de guion que nos ubica en un contexto muy concreto. De repente, no se puede salir en coche. La carretera está cortada. Al día siguiente, se proyectan en la tele imágenes de archivo del accidente del Discoverer, un enorme barco petrolífero que, la madrugada de un 13 de enero de 1998, se soltó del muelle de Astano y navegó a la deriva hasta quedar empotrado en el puente de As Pías, lo que dejó Ferrol todavía más aislada de lo que estaba. De nuevo, el primer plano de los residentes de la pensión adquiere todo el protagonismo. Sus expresiones inquietantes cerca del objetivo abren paso a una serie de rostros de ingente tristeza como símbolo topográfico de una derrota contemporánea. Gracia matiza así la propuesta, a medio camino entre la intriga y el drama que envuelve a una pequeña comunidad gallega de la que se siente observador privilegiado.

    Y es que no se trata únicamente de tensar las cuerdas del suspense o adentrarse en la pesadilla existencial. La Parra siente la pulsión de rendir un cálido tributo a Ferrol como ciudad alienada, crepuscular y, finalmente, embriagada de añoranza. Ya sea a través de una rondalla de veteranos –que Gracia filma mediante un épico trávelin lateral– o encuadrando el rostro como recurso clave para que el cine sea testigo de un grupo de actores no profesionales –que él llama modelos, como la dueña real de la pensión– y sirva de contrapunto al tino que imprimen Alfonso Míguez, Lorena Iglesias y un inesperado Emilio Buale en la piel de un curtido lobo de mar que narra anti-fábulas empapadas de licor. No hace falta irse a Nomadland (2020) para darse cuenta de que esta confrontación de estilos actorales encuentra su recorrido más cercano en autores tan importantes como Isaki Lacuesta, Carla Simón, Neus Ballús y, muy especialmente, Oliver Laxe; un director que también está ampliando las potencialidades del nuevo cine gallego y que lleva trabajando con Gracia desde su exitoso debut –O Quinto Evanxeo de Gaspar Hauser (2013)–, ganador del premio FIPRESCI en el mismo festival de Róterdam.

    Por último, todo vuelve al punto de origen, que no es otro que la imagen de una duda. La que destila una pantalla negra con destellos de luz, la que despierta la muerte detrás de unas rocas o la que propone un maldito cliffhanger en forma de pregunta final. En el fondo, mejor así. La Parra es un viaje alucinado a través de la náusea y el duelo que prefiere formular antes que responder. Un trayecto de incertidumbre continua a ritmo de techno que permite a Gracia modular su espíritu punk para seguir radiografiando nuestras miserias. Pensemos en la mirada zombi de Rober Perdut en la caprichosa La estrella errante (2018) y la muy destroyer Tengan cuidado ahí afuera (2021), quizá la versión pamplonica de los trash humpers de Harmony Korine. En estas películas, se entregaba a la libertad experimental. Ahora, opta por códigos más reconocibles y una puesta en escena más identificable, pero mantiene una sana distancia de seguridad frente a al canon narrativo, la aventura euclidiana y el guion geométrico. Por otra parte, se nota el nervio y la obsesión por tocar muchos palos y embutir el relato de capas y significados, articulando la prosa de René Daumal y dejando a sus moscas revolotear en un sutil fuera de campo. En cualquier caso, Gracia ha logrado lo más difícil: afinar su inventiva formal sin caer en el exceso ni en lo didáctico. ♦


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