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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | El deshielo

    || Críticas | ★★☆☆☆
    El deshielo
    Veerle Baatens
    Como un cubito de hielo


    Ignacio Navarro Mejía
    Madrid|

    ficha técnica:
    Bélgica y Holanda, 2023. Presentación: Festival de Sundance 2023. Título original: Het smelt. Dirección: Veerle Baetens. Guion: Veerle Baetens y Maarten Loix (basado en el libro de Lize Spit). Producción: Savage Film / Flanders Image / PRPL / Versus Production. Fotografía: Frederic Van Zandycke. Montaje: Thomas Pooters. Música: Bjorn Eriksson. Diseño de producción: Robbe Nuyttens. Vestuario: Manu Verschueren. Reparto: Charlotte De Bruyne, Rosa Marchant, Naomi Velissariou, Sebastien Dewaele, Anthony Vyt, Spencer Bogaert, Femke Van der Steen, Charlotte Van Der Eecken. Duración: 111 minutos.

    Puede haber momentos de gran cine en una película mediocre, pero esta no cobra conciencia de aquellos, y de ahí su mediocridad. Para lograr un tal momento no basta con que, puntualmente, en algún plano o escena, todo encaje, por el encuadre, la iluminación, el gesto de la actriz o del actor que, en su caso, domina la pantalla. También es necesario que ese momento quede realzado por su contexto, por la narración en que se integra, porque de lo contrario pasa desapercibido, se pierde en una historia cualquiera, por irregular, difusa, anodina o, simplemente, mal contada. Muchos directores primerizos consiguen dotar a su obra de momentos que deberían ser grandes, se esfuerzan en apabullar con la puesta en escena, u optan por una fotografía llamativa por el uso del color, de los contrastes o del formato, o incluso se centran, si tienen escasez de medios técnicos, en la dirección de actores, para hacerles pasar por todo tipo de vicisitudes dramáticas en que la emoción pueda estar a flor de piel. Sin embargo, muchas de estas óperas primas son mediocres, porque realmente esos momentos no son grandes y entonces la película tampoco puede serlo. Como decíamos, falta una orientación que los hile, que los conduzca hacia el objetivo que busca toda película que se precie: que una vez vista sintamos que hemos sido partícipes de una vida, fragmentada, ficticia, pero que, de alguna manera, ha pasado a ser parte nuestra. Y, para eso, debe despertarnos fascinación, empatía, anhelo, en fin, alguna reacción genuina.

    La ya veterana actriz Veerle Baetens (que recordamos sobre todo por su enérgico papel en Alabama Monroe) debuta en la dirección del largometraje con El deshielo, adaptación del libro de Lize Spit y presentada hace poco más de un año en el Festival de Sundance. Dada su formación y el tipo de relato que nos narra, propio de la corriente moderna de cine indie, Baetens no quiere destacar aquí tanto por el estilo, sino ante todo por el drama del personaje. En efecto, estamos ante una auténtico drama intimista, que sigue las vicisitudes traumáticas de una joven ahora residente en Bruselas, con un relato dividido entre su infancia bucólica y su marginada edad adulta. Hasta el último acto, para quienes no se han informado más de la cuenta ni han leído el libro de referencia, no se conoce el origen de ese trauma, aunque quizá se puede intuir su naturaleza. En cualquier caso, no es necesario, incluso puede ser contraproducente, ese conocimiento, dado el arranque sugerente y misterioso de la cinta, donde seguimos a esta mujer a su salida del trabajo y durante una incómoda interacción con su hermana pequeña, que ya nos deja entrever que tiene algún problema personal. Su patético gesto basta para intrigarnos, y esa intriga se acentúa cuando la historia se desdobla en esos dos tiempos, mediante un montaje en paralelo que también divide oportunamente la fotografía: con claroscuros, más contrastada en el presente; con una luminosidad que roza la saturación en el pasado. De hecho, esas primeras escenas, más allá de introducir al personaje principal desde su cotidianeidad, sí tienen un interés estético añadido, fuera de lo común, gracias a esa iluminación dual llena de significado.

    Sin embargo, ese sentido que puede encontrarse en la película, desde el mero seguimiento del personaje, cuyos tristes recuerdos de infancia van cobrando más protagonismo a medida que avanza el metraje (madre ebria, amigos crueles, desamor y desconcierto), lo que provoca que la imagen a menudo luminosa también suscite algo de esperanza o ilusión luego truncada, desemboca en un último acto clarificador, sí, pero en el peor de los sentidos, porque transgrede lo experimentado hasta entonces. Ya antes la narración, no sin momentos interesantes (sobre todo las interacciones familiares), había pasado a ser demasiado irregular, difusa y anodina, si bien, al menos, seguía fiel al sentimiento del personaje retratado. Con el desenlace, en cambio, ya directamente cae en algo mal contado, por manipulador, obvio, casi grotesco. Es difícil justificar estos apelativos sin desvelar el meollo del drama, pues los mismos no solo tienen ver que con su ejecución, sino también con su planteamiento. De aquella se puede criticar que, en las dos escenas más duras, donde el sufrimiento de la protagonista es mayor, Baetens y su equipo se recrean en elementos en cierta medida ajenos al mismo, que lo socaban o lo hacen menos verosímil, como la música de repente prolongada o las reacciones esquemáticas de otros personajes. Lo peor, con todo, está en el planteamiento, en la estructura de un libreto que resulta girar por completo en torno a una supuesta metáfora del deshielo, a partir de un sencillo acertijo del que, por cierto y oportunamente, todos ignoran la respuesta hasta casi el final. El acertijo consiste en saber cómo muere ahorcada una persona aislada en una habitación donde no hay nada aparte de un charco bajo sus pies. Pues bien, no contenta con ceñir la incógnita a un simple juego entre niños, a los que hasta cierto punto cabe entender que no se les ocurra la respuesta, la película la hace suya por entero, desde el título hasta sus últimas consecuencias, aunque ello convierta a su heroína en otro personaje esquemático más, cuando era el único de toda la historia que parecía tridimensional. Entonces es imposible que sintamos nada genuino hacia ella, por muy trágica que pueda ser la fuente de su dolor, porque queda reducida a una víctima instrumental, al servicio de la visión mediocre de su realizadora.



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