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    Crítica | Los tres mosqueteros: Milady

    || Críticas | ★★★☆☆
    Los tres mosqueteros: Milady
    Martin Bourboulon
    Mi vida era suya. Mi muerte será mía


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    Francia, 2024. Título original: «Les trois mousquetaires: Milady». Director: Martin Bourboulon. Guion: Matthieu Delaporte y Alexandre de La Patellière. Productores: Nora Chabert, Cédric Iland, Dimitri Rassam, Ardavan Safaee, Ignacio Segura y Bastien Sirodot. Productoras: Pathé, M6 Films, Constantin Films, Zweites Deutsches Fernsehen, DeAPlaneta, Umedia. Fotografía: Nicolas Bolduc. Música: Guillaume Roussel. Montaje: Célia Lafitedupont. Reparto: François Civil, Vicent Cassel, Romain Duris, Pio Marmaï, Eva Green, Louis Garrel, Vicky Krieps, Jacob Fortune-Lloyd, Eric Ruf.

    A menudo se olvida que Los tres mosqueteros es un ciclo formado por tres novelas que narran las peripecias de su protagonista principal, D’Artagnan, en el marco de una estructura literaria típica de Dumas, las historias de vida, inspirada a su vez en la fórmula dickensiana from the cradle to the grave. Recordemos de paso que ambos escritores fallecieron el mismo año, en 1870. Viene al caso esta breve reflexión porque lo primero que llama la atención, y puede extrañar y hasta decepcionar al público de Milady es su carácter de episodio intermedio entre la adaptación de la primera y más conocida de las novelas, y las hipotéticas adaptaciones de las dos restantes, que deberían realizarse en un futuro próximo si los números cuadraran. No estamos, por lo tanto, ante un punto final sino frente a un punto y seguido, lo cual, sin duda, habría agradado al bueno de Dumas, tan dado como era a continuar sus historias e incluso a mezclar personajes de unas y otras.

    Se trata, sin duda, de un empeño encomiable, y una muestra más del buen hacer del cine comercial francés cuando planea sus propias franquicias. El problema radica en que Martin Bourboulon y su equipo han concebido Milady antes como una versión extendida de la primera película, que como una segunda parte en la que se tuvieran que resolver los principales conflictos de la novela original y exponer las futuras tramas. Y esto, es evidente, presenta algunos problemas de tono y ritmo. Dos, fundamentalmente. En primer lugar, la película carece de una progresión dramática que justifique las casi dos horas de lances y batallas –por cierto, un tanto caprichosas y mal insertadas en la historia general– que se desarrollan sin que uno sepa muy bien qué aportan o cuál es su significado en el devenir de los acontecimientos. Y en segundo lugar, Milady, considerada tanto como personaje como arco argumental, puesto que así la entendió Dumas, tiene una presencia menor, mucho, en comparación con otras tramas, en concreto el sitio de La Rochelle o las andanzas cómicas de Aramis y Porthos.

    De ninguna de estas faltas se puede acusar a Dumas porque su novela es un prodigio de equilibrio narrativo y dramático cuyo secreto sea acaso la capacidad de su autor para cerrar unos frentes –la historia de los herretes, el arco de Constance y el destino de Milady– y abrir otros –el futuro de la Corona y la deriva de la Francia de los cardenales, ejemplificado en el desencanto de D’Artagnan y sus tres compañeros de armas– sin que el resultado final resulte insatisfactorio. Lo que hoy se alaba en un show runner, Dumas lo practicaba con naturalidad en la lógica de la literatura serial: ¿quiere usted saber más?, adelante, siga leyendo; ¿no?, quédese con este final. En esta segunda parte, por el contrario, se intuye un serio problema de pesos y medidas, esto es, qué cosas había que contar, qué tiempo merecía cada una de ellas y de qué dinero se disponía para hacerlo. Hablando en plata, da la sensación de que todos los huevos se colocaron en el primer cesto, y por consiguiente esta secuela no tiene entidad propia. Si además, como parece ser el caso, este díptico no es más que el comienzo de una saga, late ominosa la pregunta más importante: ¿por qué no se ha seguido el guion, más ordenado, de Dumas y su preciosa idea de un clímax sostenido en la Muerte? En mayúscula, sí, porque la novela de Dumas habla principalmente del fin de las ilusiones.

    Sin necesidad de hacer spoiler, sospecho que la respuesta tiene que ver precisamente con la decisión de cambiar la historia de Milady y alargar la trama de D’Artagnan y Constance. Por esas grietas entra el agua a raudales. No solo conllevan una serie de cambios narrativos que afectan a la coherencia y el desarrollo del resto de acontecimientos –hay un constante trasiego de acciones y localizaciones que añade confusión al relato–; también traicionan la esencia del espíritu dumasiano, en esta y otras obras suyas: los personajes mueren cuando conviene a la ficción, no cuando conviene al autor o espera el lector. En un plano filosófico, esta era además la manera que tenía Dumas de cuestionar la idea racionalista de progreso que imperaba en su tiempo. Su literatura es en este sentido un feliz homenaje al caos.

    Otra vía de agua la encontramos en el cambio del sentido de la aventura. Aunque no era especialmente épica, la primera parte ofrecía un tono crepuscular en el que se mezclaban bien el pequeño y el gran drama, de la escena de cámara a los duelos a muerte y las intrigas palaciegas, todo ello coronado por un final que no por conocido dejaba de ser eficaz y emotivo. Se intuía, de hecho, una magnífica lectura del auténtico Dumas, el tan apasionado como melancólico escritor de causas perdidas, destinos inciertos y amores trágicos. A Milady, en cambio, le cuesta horrores arrancar y encontrar el foco, y cuando lo hace, a hombros de Eva Green, en las escenas de su cautiverio, que constituyen la mejor parte de la película, se antoja demasiado tarde para recuperar el interés del espectador. No cuenta para ello ni con una escena espectacular en la que apoyarse –el sitio de La Rochelle no pasa de ser una mera escaramuza; ahí se notan las limitaciones económicas para plantear una batalla a gran escala–, ni con una exposición convincente del futuro de cada personaje. Como decía antes, al proyecto, en su conjunto, lo lastra el reparto de fuerzas.

    Es de rigor, no obstante, señalar los gozos de estas sombras. Resulta encomiable ver cómo nuestros vecinos tratan a sus clásicos, con qué admiración y cariño recurren a ellos para reivindicar una identidad nacional basada en el humanismo, aun con las contradicciones que se quieran señalar a este respecto. Volver a Dumas, hoy, puede considerarse un acto doblemente revolucionario por cuanto se trataba de un burgués de origen mestizo que entendió mejor que algunos de sus conciudadanos «puros» el sentido trágico de la Francia postrevolucionaria. Para la actual Francia, recordar a Dumas bien podría representar una llamada de atención sobre la dudosa moralidad de sus autoproclamados guardianes de las esencias, de uno u otro lado. Cuidado con los salvapatrias, advertía el viejo D’Artagnan en El vizconde de Bragelonne. Aunque irregular como díptico, estos mosqueteros tienen la virtud de deslizar este y otros discursos complementarios en torno a la pretérita lucha entre la tradición y la modernidad, la costumbre y la novedad.

    Quizá sea un botín escaso, pero los defectos de Milady se enjuagan en parte cuando vemos a Eva Green jurando por dios, es decir, mintiendo por el diablo, mientras la envuelve un aura divina que se disipa sobre su vestido rojo. Ahí estaba la película, en los ardides del autoengaño. ♦


    «Volver a Dumas, hoy, puede considerarse un acto doblemente revolucionario por cuanto se trataba de un burgués de origen mestizo que entendió mejor que algunos de sus conciudadanos «puros» el sentido trágico de la Francia postrevolucionaria».



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