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    Crítica | Misión imposible: Sentencia mortal, parte 1

    || Críticas | ★★★★☆
    Misión imposible
    Sentencia mortal, parte 1
    Christopher McQuarrie
    Tú también flotarás


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2023. Título original: Mission: Impossible – Dead Reckoning Part One. Director: Christopher McQuarrie. Guion: Christopher McQuarrie, Erik Jendresen. Productores: Per Henry Borch, Chris Brock, Tom Cruise, Leifur B. Dagfinnsson, David Ellison, Dana Goldberg, Don Granger, Tommy Gormley, Christopher McQuarrie, Susan E. Novick, Marco Valero Pugini. Productoras: Paramount Pictures, Skydance Media, New Republic Pictures, TC Productions, Bad Robot. Fotografía: Fraser Taggart. Música: Lorne Balfe. Montaje: Eddie Hamilton. Reparto: Tom Cruise, Rebecca Ferguson, Hayley Atwell, Pom Klementieff, Vanessa Kirby, Simon Pegg, Ving Rhames, Esai Morales, Shea Whigham, Cary Elwes.

    Siendo James Bond una de las principales referencias que manejó Bruce Geller para crear Misión: Imposible (Mission: Impossible, 1966-1973), es lógico que la franquicia estrella de Paramount, controlada de cabo a rabo por Tom Cruise desde su primera entrega, haya terminado por convertirse, película a película, misión a misión, en el mejor Bond de las tres últimas décadas. Y no porque Ethan Hunt sea un mero trasunto del famoso agente 007, sino porque el Cruise productor ha sabido ver y extraer del personaje creado por Ian Fleming su sustancia más codiciada. A saber, que los maníacos de turno y sus planes megalómanos para controlar el mundo no son sino una excusa para hablar del difícil y complejo equilibrio de poderes entre una gran potencia decadente (EE.UU. en el caso de Misión imposible, la Inglaterra poscolonial en el de Bond) y los aspirantes a sucederle en el trono. O a dinamitar todos los tronos, como profetizaba el Joker de Nolan.

    En esa crónica de una muerte anunciada, la del fin de la política de bloques (un asunto que, ojo, ya estaba en la magistral película de Brian de Palma), Misión imposible: Sentencia mortal, parte 1 se presenta como el primer capítulo de un ambicioso díptico que tiende precisamente varios puentes con el film inaugural. Y lo hace con la confirmación de una idea brillante que, creo, le debemos a Brad Bird en la igualmente modélica Protocolo fantasma (Mission: Imposible – Ghost Protocol, 2011). Esta no es otra que acompañar cada requiebro que plantean los guiones en términos de geoestrategia, política y amenazas apocalípticas (una guerra nuclear, el terrorismo internacional, el fin de los servicios secretos de espionaje, un hackeo informático global, etc.), de un tratamiento análogo de la imagen, independiente de tendencias pero ligado a la contemporaneidad de cada momento.

    Del mismo modo que en la mencionada Protocolo fantasma, Bird y su director de fotografía, Robert Elswitt (el brazo derecho de Paul Thomas Anderson), se afanaron en envolver la acción con una estética espectral, en consonancia tanto con la identidad de Hunt como con la naturaleza de la amenaza nuclear que señalaba la trama, en Sentencia mortal, parte 1, Christopher McQuarrie y Fraser Taggart (échenle un vistazo a su tremendo currículum) diseñan un aparato visual que expresa la ubicuidad de la Entidad, una suerte de IA revoltosa y con mala baba que se ha propuesto desencadenar una tercera guerra mundial. ¿Cómo? Se apunta desde el prólogo, cuando un fantasmal Hunt enseña a un joven recluta de la Fuerza Misión Imposible en qué consiste, precisamente, ser un fantasma. No se ven pero se sienten. No hablan pero susurran. No caminan pero están en todas partes. No viven pero matan.

    Con un uso elocuente del claroscuro, la película se apoya en este planteamiento visual secuencia tras secuencia (incluso en la, en apariencia, luminosa set piece que transcurre en el aeropuerto de Abu Dabi), para articular un discurso icónico parejo a la naturaleza de la Entidad. Apenas hay momentos en los que Sentencia mortal, parte 1 no nos regale un clinic sobre las posibilidades expresivas de la imagen cuando esta se enhebra conforme al tapiz de las intenciones del guion literario. Lo que solían hacer los buenos autores comerciales, vaya, antes del regreso ¿en silencio? a la dictadura de los estudios que sufrimos desde la eclosión de Marvel-Disney. Si puede, y yo creo que sí, hablarse de un sello Cruise, es precisamente este: la voluntad decidida de no renunciar a la imagen (empezando por la suya propia) como primer vector de la acción.

    Ignoro si la última gran estrella de Hollywood y McQuarrie, su director y guionista de confianza en la saga desde Rogue Nation, han leído o conocen a Deleuze. Da igual, no les hace falta. La cuestión es que ambos, a hombros de sus «misiones imposibles», están alcanzando de manera instintiva (pocos hallazgos no lo son) la cima hacia la que señalara el filósofo francés: multiplicar y dividir, a voluntad, los estatutos de la imagen más allá de las fronteras tópicas del espacio, el tiempo y el movimiento. La Entidad es precisamente eso, una fuerza pavorosa, absoluta y eterna de la que no pueden escapar Hunt ni sus compañeros de aventuras. Siempre atenta al presente, Misión imposible aborda ahora las IA, sí, como tantas otras producciones recientes de cine y plataformas. La pregunta es: ¿en cuántas se convoca el claroscuro, la planificación disruptiva (al infierno el dichoso raccord de mirada), el enfoque opuesto (fondos nítidos y rostros borrosos) o el montaje en paralelo bien entendido (grande, una vez más, Eddie Hamilton) con el propósito de hacer visible lo invisible? Porque de eso trata y Eso es, en última instancia, esta película aparentemente ligera, algo diletante y en ocasiones tendente al subrayado.

    En los últimos minutos, cuando la acción se sube a la noria de Cruise y sus infinitas destrezas por tierra, mar y aire, en una sucesión de escenas cuyos efectos especiales ponen de manifiesto que la ILM cuando quiere, puede (o más bien cuando alguien con cabeza supervisa el trabajo), la película se descuelga como una versión recontextualizada de la obra maestra de Stephen King. La Entidad, como Eso, lleva con nosotros desde hace largo tiempo, alternando periodos de sueño con periodos de hambre voraz; acaso también como los imperios en decadencia que presenta la trama política del argumento; acaso también como esos estudios que diseñan sus películas con algoritmos y asesores con agenda pero sin lecturas. Para hacerle frente, para derrotarla, es preciso volver a las sombras, olvidarse de ceros y unos (el pensamiento basado en extremos), desconectarnos de cualquier red y confiar en los amigos. Confianza, el gran tema de esta saga con Cruise. ¿De qué clase? La que solo se consigue arriesgando la vida por los demás.

    Es el último consejo que le da a Hunt el mejor Luther (Ving Rhames) en años. Una escena entrañable y poderosa que pone sobre la mesa una metáfora nada desdeñable sobre un presente, el nuestro, sometido a la comodidad mal entendida. Eso se alimentaba del miedo. La Entidad, de decisiones pésimas. ¿Y cada uno de nosotros? Este el dilema que queda pendiente para la siguiente película.


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