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    Crítica | El caso Braibanti

    || Críticas | ★★★☆☆
    El caso Braibanti
    Gianni Amelio
    Hormiga con alas rotas


    Ignacio Navarro Mejía
    Madrid |

    ficha técnica:
    Italia, 2022. Título original: Il signore delle formiche. Presentación: Festival de Venecia 2022. Dirección: Gianni Amelio. Guion: Gianni Amelio, Edoardo Petti y Federico Fava. Producción: Kavac Film / IBC Movie / Tenderstories / Rai Cinema. Fotografía: Luan Amelio. Montaje: Simona Paggi. Diseño de producción: Marta Maffucci. Vestuario: Valentina Monticelli. Reparto: Luigi Lo Cascio, Leonardo Maltese, Elio Germano, Sara Serraiocco, Anna Caterina Antonacci, Rita Bosello, Davide Vecchi. Duración: 134 minutos.

    En 1970 un artículo de Carol Hanisch difundió una idea ya compartida desde años antes por el movimiento feminista, resumida en la expresión “lo personal es político”. La discriminación por razón de género ha estado históricamente (y, en gran medida, lo sigue estando actualmente) basada en la relegación de la mujer, y del comportamiento del hombre hacia ella, al ámbito doméstico, privado. Lo que pudiera acontecer entre las cuatro paredes de una casa no debía tener entonces ninguna relevancia pública, y por ello quedaba exento de toda denuncia. Así los hombres podían tratar a las mujeres como quisieran y estas no podían proyectar su sufrimiento o sumisión más allá del hogar. Contra esto reaccionó la llamada segunda ola del feminismo, que buscaba superar dualidades tradicionales, propias del heteropatriarcado, como esa separación entre lo privado y lo público, o entre lo personal y lo político, que beneficiaba a quienes entonces protagonizaban este segundo nivel, esto es, a los hombres. Tal separación aislaba igualmente a otros colectivos, como los homosexuales, por lo que la lucha por la igualdad, extendida ahora al movimiento LGTBI, iría incorporando posteriormente lemas similares. De hecho, a finales de los años 60, cuando la mentada expresión empezaba a propagarse, lo hacía en el seno del feminismo, pero también podría aplicarse a estas otras desigualdades, y en particular a casos como el de Aldo Braibanti.

    Este multifacético escritor y pensador italiano, además de gran aficionado a la mirmecología, era homosexual, en una época en que buena parte de sus conciudadanos eran homófobos y en que las reglas de su país lo censuraban. En concreto, el Código Penal entonces vigente tipificaba un delito de subyugación moral, sin mencionar como tal la homosexualidad, pero permitiendo su subsunción en aquel concepto algo indeterminado, cuando una persona atrajera a otra a una relación en que quedara sometida a cierta dependencia moralmente reprensible. Esta tipificación era heredera del régimen fascista, y veinte años después de su caída, cuando Braibanti contaba con unos cuarenta y pico y cuando acontecieron los hechos por los que luego sería juzgado, cabría esperar que la sociedad hubiera evolucionado, que se hubiera modernizado. Muchos, incluida buena parte de la judicatura, seguían sin embargo defendiendo tal condena y, en la medida en que no había sido derogada su previsión, Braibanti fue encarcelado por ello. El caso Braibanti recrea así este indignante suceso de la historia italiana, dividiendo la narración en dos partes: la primera centrada en el protagonista y sus relaciones con sus estudiantes, en especial Ettore, un joven fascinado con todo lo que le descubre Braibanti y que llegará a abandonar a su conservadora familia e irse a vivir con él; y la segunda ya propiamente referida al juicio, si bien desviando el foco a un periodista que lo reseña y que traba amistad con el encausado, consciente de ser una de las pocas personas de su entorno que lo apoya y defiende su causa.

    Más precisamente, aunque esta derivaba de la orientación sexual del protagonista, el juicio al que fue sometido venía motivado asimismo por su ideología comunista, incluida una pasada pertenencia a este partido, en una época en que, también, la censura se dirigía contra este colectivo. En este caso, por tanto, la expresión “lo personal es político” tendría un doble sentido, al margen de su significado original propio del feminismo. Por un lado, algo que debía quedar reservado a lo personal, a la intimidad de Braibanti y Ettore, recibía un tratamiento público, contrario a todo respeto básico hacia la manera en que cada uno quiera vivir su vida privada. Por otro lado, el componente político del juicio, como decíamos, estaba alentado por la ideología del personaje, aunque esta fuera ajena a cualquier elemento integrante del tipo penal. En realidad, Braibanti no sería condenado formalmente por homosexualidad, ni por comunismo, pero la culpabilidad ejemplar que se le impuso era consecuencia directa de ambos rasgos. Llamativa fue entonces tanto esta condena tardía, por la fecha de 1968, como su fundamento jurídico, que impedía a su víctima defenderse contra una acusación que afectara a algo que pudiera sentir como propio. De hecho, por ello Braibanti guardó silencio durante buena parte del proceso, por las dificultades que tuvo para articular su defensa.

    La película de Gianni Amelio recuerda este detalle, entre otros de la biografía esbozada, aunque se aparta de algunos datos de la historia real, como el nombre y algo de la personalidad del joven discípulo y amante del protagonista. En cualquier caso, presupone cierto conocimiento del suceso pues, más allá de la apuntada división en dos grandes partes, se estructura en otros tantos actos separados por elipsis o transiciones en ocasiones algo confusas o repentinas, escasas de información, al hilo de la cronología de los hechos. Dicho de otra manera, la cinta realiza algunos saltos temporales que encuentran un apoyo más dramático o estético que puramente expositivo, lo que en parte es de agradecer, al evitar un seguimiento demasiado lineal y previsible de la fórmula del biopic, si bien limita o fragmenta el pleno entendimiento de su referente. Con todo, el montaje aprovecha este punto de vista, no solo para ofrecer algunas transiciones evocadoras, como aquella entre el viaje en tren que van a emprender Aldo y Ettore y su llegada a una pensión en Roma años después, sino para, en general, dedicar más tiempo a secuencias determinadas, en pocas localizaciones, en lugar de acumular escenas en espacios y tiempos distintos, como ocurriría si quisiera abarcar más hitos de esta biografía. Este enfoque es sugerente y eficaz, aunque parte de esa eficacia se pierda en un metraje algo excesivo, contrario a la síntesis pretendida por dicho montaje. Por lo demás, la elegancia pausada de este se extiende a la puesta en escena, con tomas más largas de lo habitual en este tipo de cine, con encuadres bien medidos, fotografiados con una atención que no cae en el preciosismo. Es, en suma, una película agradable de ver que, de hecho, salvo en una breve escena de desnudez, renuncia a mostrar cualquier tipo de interacción sexual. Esto puede interpretarse como acorde a esa visión delicada y casta que recorre toda la imagen, pero quizá también como coherente con el deseo del propio protagonista de que su vida privada no dejara de serlo, que no quedara expuesta o exhibida ante otros. El problema es que una personalidad tan política como la suya, necesariamente, debía ser un referente para otras personas, aunque la (in)justicia quiso que tal referencia la alcanzara sobre todo por su condición de mártir.


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