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    Crítica | Beau tiene miedo

    || Críticas | ESTRENOS | ★★☆☆☆
    Beau tiene miedo
    Ari Aster
    Largo viaje hacia ninguna parte


    Borja Hernández Máñez
    Los Ángeles |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: Beau is Afraid. Dirección: Ari Aster. Guion: Ari Aster. Producción: Ari Aster, Lars Knudsen. Fotografía: Pawel Pogorzleski. Montaje: Lucian Johnston. Música: Bobby Krlic. Diseño de producción: Fiona Crombie. Reparto: Joaquin Phoenix, Patti LuPone, Nathan Lane, Amy Ryan, Parker Posey. Duración: 178 minutos.

    Cuando una película genera opiniones tan polarizadas como Beau tiene miedo, en donde no cabe un punto intermedio entre «absoluta obra maestra» o «bazofia pretenciosa», es fácil recurrir al peligroso argumento de la emoción. Los detractores dirán que no se entiende nada, y los admiradores del gurú del «terror elevado» dirán que basta con dejarse llevar. En parte esto es cierto, pues cualquier creación con vocación artística juega con un componente emocional, subjetivo, y tocante al gusto. Sí, la peor película del mundo puede hacerte llegar al éxtasis, y eso no está ni bien ni mal. Pero cuando se trata de materializar el porqué, irremediablemente hay que universalizar lo personal. Entonces surge lo prescriptivo, los manuales, los rankings… y, como no podría ser de otra manera, la crítica. Esta dualidad está presente en cada artículo, cinefórum o conversación de bar, y el que mira debe armarse de valor para saltar este abismo sin refugiarse en el simplón «pues no me ha gustado» ni en la retahíla de requerimientos que, supuestamente, debe cumplir toda buena película. Si digo todo esto, tras dos visionados y varias conversaciones enardecidas con profesores y amigos, es porque he caído en la cuenta de que la maestría está precisamente en la síntesis de estas dos posturas. Es decir, en la universalización de la emoción. La genialidad de una historia reside en que una persona distinta a su creador pueda acceder a eso que era subjetivo. Si existe algo maravilloso de películas como Beau tiene miedo es que vuelven a suscitar este debate, polarizan la opinión y dan mucho que hablar. Dicho esto, he de aclarar que esta película no me ha gustado nada. Tras crear dos de los títulos de horror más influyentes de los últimos diez años – Hereditary y Midsommar–, Ari Aster vuelve a la primera línea de batalla con un experimento personalísimo, surrealista, y delirante con vocación –y presupuesto– de blockbuster. Una combinación explosiva que da como resultado una amalgama inconexa de intuiciones, algunos momentos brillantes, y una sensación de confusión paralizante a la salida del cine. En pocas palabras, Beau tiene miedoes un larguísimo viaje hacia ninguna parte.

    Aster nos cuenta la historia de Beau, un hombre de mediana edad con una larga lista de problemas mentales. Decir que tiene miedo es quedarse corto. Todos sus traumas y paranoias son fruto de una tormentosa relación con su madre, una mujer controladora, mentirosa y manipuladora que esconde un terrible secreto del que después hablaremos. Ya desde su nacimiento, Beau vive en una eterna parálisis ansiosa espoleada por una culpa irracional a decepcionarla. La historia arranca cuando Beau se propone abandonar el terrible barrio donde vive, una grotesca hiperbolización de los barrios marginales de Nueva York, para ir a visitar a su madre. Sin embargo, no consigue pegar ojo en toda la noche, se queda dormido, y pierde el avión. Como no podía ser de otra manera, la culpa lo reconcome, su madre está decepcionada, y Beau trata de hacer lo imposible para enmendar su error. Pero la fatalidad se abre paso. Nuestro protagonista recibe una terrible noticia que pondrá en marcha su delirante odisea: han encontrado a su madre muerta. Debe llegar al entierro como sea. Hasta este punto, Aster demuestra una gran maestría en el tratamiento del ritmo. Todos los elementos desplegados en esta primera media hora generan expectativas. Desde la minuciosidad simbólica del espacio hasta las normas del escalofriante mundo en el que habita el protagonista. La magnitud del misterio es directamente proporcional a la promesa de un clímax satisfactorio. Esa es la expectación que hace que la audiencia se aferre a la butaca, la que marca el compás de una trama que avanza, de un personaje que evoluciona. Como digo, esto se consigue hasta que entramos en el segundo acto. A partir de aquí, se suceden una serie episodios más o menos conectados, repletos de confusas alegorías, cambios abruptos de tono, experimentación estructural fallida… Toda una pirotecnia estética contemplada por un Beau pasivo, incapaz de decidir porque –y por esto creo que esta película es insostenible por tres horas– Beau no cambia. Beau sigue teniendo miedo.

    Aster usa el arquetípico viaje del héroe de Campbell para dar forma a esta odisea. El problema es que Beau no es un héroe; ni siquiera un antihéroe. Carece de ese atributo esencial de cualquier personaje: la capacidad de decisión, esa tendencia constructiva o destructiva que sirve para que la audiencia admire, empatice o aborrezca. Beau es, simplemente, un «no héroe». No elige la aventura, sino que se ve arrastrada a ella. Esto hace que la espina dorsal de la película, el objetivo que marca la acción dramática, esté regido por el azar y no por la acción causal de un «héroe» que toma las riendas. Por algo a estos personajes se les llama planos. Porque carecen de la dimensión propia de la humanidad. Con esta decisión creativa se corre el peligro de que el protagonista suscite indiferencia; y mucho más si va dando bandazos durante tres horas. En lugar de la causalidad, está la mano del autor en forma de circunstancias oscuras y alegóricas; una omnisciencia que empuja al pobre Beau de aquí para allá sin que él pueda hacer nada al respecto. El segundo y tercer acto del filme tiene ese cariz onírico y pesadillesco que hemos visto muchas otras veces. No hay más que pensar en Kauffman, Lynch o la última etapa de Fellini. La diferencia es que en estos tres autores hay un elemento que sirve de guía para la audiencia. En Olvídate de mí son los personajes y una estructura tradicional –aunque parezca lo contrario–, en Mulholland Drive el tema y el género neo-noir, y en Satyricon es precisamente la idea del inconsciente colectivo. Sin embargo, Beau tiene miedo es una piñata intuitiva en donde el personaje carece de dimensión, el tema se diluye tras dos horas y media –aunque la traca final busque resucitarlo– y la amalgama de géneros es tan apabullante que es difícil saber cuándo es comedia negra, thriller psicológico, terror elevado, o un cuento con moraleja.

    | Aviso: Los siguientes párrafos contienen revelaciones argumentales de la película |

    La estructura está dividida en tres actos más o menos claros. Por un lado, el status quo en ese infierno que es el barrio de Beau. Tras recibir la noticia de la muerte de su madre, Beau decide darse un baño relajante. En ese momento, descubre que hay un tipo colgado del techo. Como es natural, sale corriendo tal y como Dios lo trajo al mundo, con la mala suerte de que es atropellado en medio de la calle. Con este acontecimiento, la «aceptación de la aventura», Beau aparece en casa de Grace y Rose; una pareja un tanto extraña que busca paliar la muerte de su hijo con una excesiva y sospechosa atención hacia su nuevo inquilino. La pareja tiene una hija que no deja de medicarse compulsivamente, quizá por la atención que nunca recibió y que ahora un extraño obtiene en su lugar. Poco a poco, nuestro protagonista se da cuenta de que sus captores no le dejaran salir así como así. Como digo, el miedo de Beau le impide actuar, y se limita esperar a que algo suceda. Gracias a Dios, algo sucede. En una pataleta neurótica, la hija de la pareja se traga un litro de pintura. No me pregunten por qué. Como es natural, los atentos cuidadores se convierten en antagonistas, y amenazan con matarlo. Beau sale corriendo, y va a parar al medio del bosque, donde una compañía de teatro itinerante escenifica una representación difícil de interpretar. Ya van dos horas de película, y el espectador es testigo de una materialización del subconsciente de Beau, del pasado de su padre, mezclado con analepsis de su niñez, y una acumulación de símbolos imposibles de descifrar. Yo aquí tiré la toalla. Finalmente, tras un segundo acto interminable, llegamos a un desenlace donde se busca hacer justicia al misterio prometido. Pero en este punto la trama ya se ha desinflado. Cualquier giro argumental o revelación será nada más que una peripecia sin efecto, pues lo que se plantó dos horas atrás se ha perdido en una hojarasca incomprensible. Efectivamente, esto es lo que sucede. Tiene lugar el gran giro: la madre ha fingido su muerte. Todo ha sido un gran complot. Entonces, tras comprender que su vida también ha sido un Show de Truman orquestado por su madre, Beau se deja llevar de nuevo y mata a mamá. Freud daría saltos de la emoción. La película termina con un epilogo anticlimático, la vuelta a la culpa: la escenificación de un juicio en donde nuestro protagonista resulta culpable. Tras tres horas de metraje, Beau sigue siendo el mismo.

    Evidentemente, me he dejado muchas cosas en el tintero. Se podría hacer un ensayo de cada símbolo, o de cada posible interpretación. Yo mismo antes del segundo visionado leí todo lo posible para tratar de comprender. Pero como el mismo Ari Aster dice, es inútil. Aunque el director planta detalles sutiles a lo largo del filme, son tan imperceptibles que el efecto alegórico pierde su efecto. Es el caso del logo de la empresa multinacional para la que trabaja la madre de Beau. Aparentemente, este logo está en las medicinas que le prescribe el psiquiatra, en los paquetes de comida congelada, en su microondas, hasta en el inicio de la película junto al logo de A24. Pero saber esto, y hablo desde mi punto de vista, no cambia las carencias esenciales de la película, que son esenciales porque parten de la historia, del drama. Aunque para ser justos, y como he mencionado anteriormente, hay destellos de brillantez que merece la pena mencionar. Es el caso de la maravillosa interpretación de Joaquín Phoenix, que desde el primer minuto somatiza ese miedo y esa culpa que paraliza al personaje, demostrando a su vez su enorme versatilidad al interpretar tres etapas vitales del protagonista. Por otro lado, quedé fascinado con las animaciones de la secuencia del teatro del bosque, de la mano de los animadores chilenos Cristobal León y Joaquín Cociña, que ofrecen un espectáculo estético que logra amenizar el estancamiento del segundo acto. Esa es una de las virtudes de Beau tiene miedo, una dimensión estética milimétricamente cuidada que desgraciadamente cojea al no estar acompañada de una historia sólida, es decir, al no contar con un poso dramático que signifique lo visual.

    Quizá ahora cobre un poco más de sentido el preámbulo inicial, pues incluso tras todo lo dicho, la película puede resultarles a muchos una obra maestra. La realidad es que las películas no son máquinas; no se puede decir que funcionen o dejen de funcionar. No existen fórmulas mágicas, solamente una tradición narrativa, o una serie de cánones que han probado ser eficientes. La prueba de ello es que hay mil excepciones que rompen las reglas. En El gran Lebowski el personaje tampoco cambia, y sin embargo está considerada como la joya de la corona de los hermanos Coen. De nuevo, el gusto, la emoción, lo subjetivo condiciona cualquier valoración posible, pero este efecto no brota de manera espontánea. La emoción generada es fruto de años de trabajo artesanal, pues se intenta universalizar una visión particular del mundo, hacerla comprensible para el que mira. Otra alternativa, igualmente legítima, es que el creador haga arte para sí mismo. En ese caso, es natural salir confundido del cine. Quizá la película no era para ti, y definitivamente, esta no lo era para mí.


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