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    Ficción (2006): «Cada día empieza algo» | FlixOlé

    || Cineclub | Colección FlixOlé |
    Ficción
    Cesc Gay
    Cada día empieza algo


    Elisenda N. Frisach
    Barcelona |

    ficha técnica:
    España, 2006. Título original: «Ficció». Direccción: Cesc Gay. Guion: Cesc Gay y Tomàs Aragay. Fotografía: Andreu Rebés. Producción: Marta Estebán y Gerardo Herrero. Productora: Messidor Films/Alta Films/Canal+ España/Institut Català de Finances/Instituto de Crédito Oficial (ICO)/TV3. Diseño de producción: Daniel Gimelberg. Edición: Frank Gutiérrez. Intérpretes: Eduard Fernández, Javier Cámara, Montse Germán, Carme Pla, Àgata Roca, Greta Fernández, Sol Caramilloni, Pau Rangel. Duración: 107 minutos.

    Artículo creado en colaboración con FlixOlé, plataforma de streaming bajo demanda especializada en producción y coproducción española que cuenta con un catálogo de 4.000 títulos.



    Tratándose Cesc Gay de un autor cuyas propuestas más exitosas —léase en En la ciudad (2003) o Truman (2015)— se caracterizan por el verismo de la puesta en escena y la solidez de unos guiones con diálogos casi constantes, resulta revelador que una película como esta, que incide desde su propio título en los resortes falsarios de la creación artística, devenga su obra más desnuda y radical, apoyada particular y explícitamente en la abstracción formal y en los paralelismos y contrastes que propician recursos netamente cinematográficos; pienso, por ejemplo, en el empleo de encuadres que inciden en el extrañamiento del protagonista, tomándolo sistemáticamente desde atrás, o en aquellos que nos muestran lo que sucede a través de ventanas, lunas, marcos, puertas, quicios, cortinas de cuentas o biseles, recalcando simultáneamente nuestra condición de espectadores y la artificiosidad de lo observado.

    De esta guisa, lo que a priori parece ser una nueva formulación de uno de los topos más queridos del cine romántico desde Breve encuentro (1945) hasta nuestros días, es decir, la narración de un romance tan intenso como fugaz, termina por convertirse en una reflexión sobre el arte como elemento sublimador de la realidad, capaz, por tanto, de hacernos soportable la vacuidad y el sinsentido de la existencia, mediante su poder para sacarnos de nuestro solipsismo y proporcionarnos sensación de plenitud: exactamente igual que el amor. De ahí que el flechazo que se produce entre Àlex (Eduard Fernández) y Mònica (Montse Germán) durante el retiro del primero a un pequeño pueblo de los Pirineos catalanes se articule en torno a un juego metalingüístico entre la realidad fuera de cámara y la ficción de celuloide que se está reproduciendo ante nuestros ojos.

    En este sentido, y desde la imagen inicial de la cinta, con el protagonista emergiendo de un oscuro túnel en su coche, se nos indica la entrada a una realidad-otra, que es tanto la pieza fílmica que empezamos a ver como el paisaje de alta montaña donde transcurrirá la acción. A partir de aquí, Ficción va enlazando una serie de secuencias sobre la cotidianidad de Àlex en ese ambiente ajeno y diáfano, donde su insatisfacción, más que ser atajada por la paz circundante, se ve magnificada en planos generales en los que su silueta se recorta sobre un horizonte imponente y trascendental de cielos azules y montañas verdes o inmensa negrura nocturna. Si a ello le sumamos la circunstancia de que Àlex sea un director y guionista de cine de mediana edad en crisis o de que Àgata Roca —pareja en la vida real de Gay— interprete a Sílvia, su esposa, no es de extrañar que vida y ficción se vayan confundiendo lenta y decisivamente. Los comentarios, de pasada pero insistentes, del resto de personajes, sobre lo oportuno que sería que Àlex, para vencer su bloqueo autoral, hiciese una obra inspirada en lo que «realmente» está pasando en ese momento (en la película), jalonan este entramado autorreferencial que, más allá de propiciar un cierto humorismo, sigue haciendo hincapié en el componente ficticio del arte. Es sintomático que la palabra que olvida Mònica durante la excursión a los lagos sea «espejismo», epítome donde los haya de una mentira que engaña a nuestros ojos, pero que nace de una situación absolutamente apremiante, y por ende real y concreta como pocas. Hasta tal punto la dualidad entre ficción/realidad se hace patente que, en sus conversaciones más íntimas con Àlex, Mònica se caracterizará a sí misma como un personaje expresamente creado para ese hipotético filme que su interlocutor debería llevar a cabo, sin olvidar la sugerencia que le hará Judith (Carme Pla) al protagonista, en el desenlace de la historia, sobre quedarse a rodar en esos parajes para así escribir «algo que no sea triste, ¿eh? Algo romántico…».

    ¿Y qué hay más romántico que un amor perfecto, que no se ve mancillado por la rutina y que tiene también mucho de constructo de nuestra imaginación, puesto que en verdad no se conoce a una persona en el breve lapso de tiempo que media para el enamoramiento, de forma que concebimos una imagen (una ilusión) del otro a nuestra medida, a la postre tan irreal (por subjetiva) como honesta (por el mismo motivo)? Todo ello lo concreta de modo óptimo Gay mediante el cuadro que Àlex descubre en casa de Judith, no por casualidad una pintura de tipo romántico, en la que una composición clásica describe la magnificencia de la naturaleza en contraste con una solitaria cabaña a orillas de un río y al pie de una inmensa montaña nevada; un paisaje que, paulatinamente, deviene correlato objetivo, no solo del spleen existencial que aqueja al protagonista, sino, sobre todo, de lo que acontecerá en breve con Mònica. Por eso la expresión del siempre superlativo Eduard Fernández cuando contempla el cuadro al principio y al final del metraje es tan similar y, a la vez, tan diferente: la melancolía de Àlex ha variado su origen y su signo. Y es que no solamente ha cambiado su mirada, sino también él mismo. Su reacción, recogida en sendos planos medios, se ve contrastada por la fotografía (primero, de noche; segundo, de día), por el sonido ambiente (primero, la música que suena en casa de Judith; segundo, el silencio) y por el aspecto del protagonista, que de llevar un look aburrido, apagado y convencional, propio de un derrotado cuarentón, se presenta luego con una favorecedora barba y un jersey rojo intenso, en clara evidencia de sus renovados deseos de vivir.

    En realidad, y como si Ficción fuera un falso documental de la propia Ficción, se exponen a lo largo de sus 107 minutos de duración los mecanismos creativos del alter ego del máximo responsable de la cinta, esto es, el germen experiencial, a modo de diario, que (supuestamente) da lugar al filme que estamos viendo. Y en ello no hay solo esa voluntad de hermanar arte y amor y ficción y realidad ya comentada, sino de dar también una pátina confesional —que no autobiográfica— a la historia, en donde la ironía emerge como inevitable contrapunto relativista y distanciador. Como muestra, señalar la «banda sonora» con la que el mismo Àlex acompaña su incapacidad para escribir, integrada por los temas que escucha en la radio y que tienen una modulación tan «alegre» como el Adagio for Strings de Barber o el Clair de lune de Debussy. Si con ello se construye la atmósfera de soledad y desolación que lo rodea, marcada de hecho por su ánimo, no es de extrañar que, en una ocasión, la música se corte en seco (a pesar de ser, en principio, intradiegética), al darse de bruces con una vaca que pasta, lo que hace volver bruscamente su espíritu, errante en las simas de la intrascendencia humana, hacia la más mundana de las materialidades.

    Todo lo expuesto explica que, a pesar su ambiciosa temática subyacente, Ficción nunca abandone la escala humana de su relato, a la que el realizador barcelonés es tan afecto, de modo que sus disquisiciones sobre el arte lo serán, igualmente, sobre la vida, transmitiendo, con hondura y sutileza, y sin manierismos hollywoodienses, la magia del sentimiento amoroso. Reveladoras al respecto son todas y cada una de las secuencias que comparten a solas Àlex y Mònica, que van ganando en intimidad y lirismo hasta culminar en la preciosa escena del bar, donde los gestos y silencios y las miradas transmiten con elocuencia su patente deseo, mientras que la disposición de ambos ante la cámara, como piezas contrarias de un tablero de ajedrez, redunda en el carácter imposible de su pasión, condenada a no encajar en el punto en que se hallan las vidas de ambos. Por eso, su última conversación tiene lugar en una encrucijada de carreteras, mientras que el campanario de Puigcerdà que visitaron durante el día en el que, inconscientemente, «interpretaron» el papel de una pareja, queda contenido en la burbuja de una bola de nieve: un souvenir que pretende, en vano, atrapar ese instante ya perdido, y que nuevamente refleja la condición transitoria de todo cuanto existe. Sin embargo, ahora no hay esa amargura que Àlex dejaba traslucir en muchos de sus comentarios, sino la asunción lúcida y hasta gozosa del cambio perpetuo. Porque, aunque ha abandonado definitivamente el proyecto que le trajo a ese lugar, inesperadamente ha hallado una nueva fuente de inspiración. A la postre, Ficción podría sintetizarse, incluso por su estilo engañosamente sencillo, en el poema «Canción» de Jaroslav Seifert:

    Agita un pañuelo blanco
    el que se despide.
    Cada día acaba algo,
    acaba algo muy hermoso.

    La paloma mensajera bate el aire con las alas,
    de vuelta a casa.
    Con esperanza y sin esperanza
    siempre volvemos a casa.

    Sécate las lágrimas
    y sonríe con los ojos llorosos,
    cada día empieza algo,
    empieza algo muy hermoso.


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