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    Crítica | Nostalgia

    || Críticas | Mostra de Valencia 2022 | ★★★☆☆ |
    Nostalgia
    Mario Martone
    Rodar, pulsión de muerte


    Aarón Rodríguez Serrano
    Valencia|

    ficha técnica:
    Italia. Francia. Título original: Nostalgia. Dirección: Mario Martone. Guion: Mario Martone, Ippolita Di Majo, basado en la novela de Ermanno Rea. Fotografía: Paolo Carnera. Montaje: Jacopo Quadri Reparto: Pierfrancesco Favino, Francesco Di Leva, Tommaso Ragno, Sofia Essaïdi, Aurora Quattrocchi, Nello Mascia. Producción: Medusa Film, Picomedia, Mad Entertainment, Rosebud Entertainment Pictures.

    En ocasiones, resulta complicado entender las motivaciones que se anudan detrás de la nostalgia. La película de Mario Martone, por ejemplo, sitúa en su pórtico una cita de Pier Paolo Pasolini que conecta el conocimiento y esa sensación de imposible retorno: saber del mundo es, de alguna manera, saber de la imposibilidad de retornar a los salones de esos hogares siempre fantaseados y siempre mentirosos que son la infancia y la adolescencia. El filme, sin embargo, parece funcionar en dirección contraria, ya que el único conocimiento al que accede el protagonista es, paradójicamente, el de su propia muerte. Volver a la adolescencia para morir sería, de entrada, un punto de partida excitante para un buen relato, si no fuera porque Martone realiza un movimiento entre el noir y el cine religioso en el que las puntadas narrativas quedan inevitablemente deslucidas.

    De entrada, hay tres películas diferentes en Nostalgia. La primera es la que toca al cuerpo moribundo de la madre del protagonista, cuerpo incómodo y retratado con un salvajismo humanista por Martone, cuerpo anciano que requiere cuidados y porta historias, que ha sido olvidado y que clausura una cierta manera de entender el mundo. La segunda —y la mejor, de lejos—, es el documental implícito de la ciudad, esa Nápoles sucia y pantagruélica, sobrecargada por los atascos y los aullidos de sus habitantes, ciudad de callejones y cuestas en las que la muerte recorre una moto gripada y lleva el traje impenitente de los niños ancianos de gimnasio y Camorra. La tercera, a mucha distancia, es el triángulo desencajado y teológico entre dos antiguos amigos que comparten varios secretos y un sacerdote valeroso, como de filmina franquista, que vela por la chavalada grisácea de la barriada.

    No hay que ser un experto en Estudios Culturales para intuir que la cosa queda sintetizada en torno a un amor queer adolescente que ha devenido odio por el tiempo, la distancia y un cadáver inesperado clavado entre los dos cuerpos. No se perdona el olvido, pero tampoco se perdona quizá el haber descubierto la pasión en las playas con el compañero de aventuras. De hecho, si algún valor tienen los flashbacks de la película —rodados con una torpeza asombrosa en un formato que falsea como puede el celuloide doméstico— es más bien su capacidad para apuntar subrepticiamente a aquel romance apresurado y sangriento, o a las malas, a la tensión erótica que se estableció en el juego de desnudos, sudores, gestos protectores y paseos en moto. Pero, ya digo, esto no es más que una sugerencia de las muchas que ofrecen las elipsis y, quizá de haberse explicitado, se hubiera podido comprender algo mejor lo que no se comprende y hunde parcialmente la película: por qué el protagonista, que tiene una esposa amantísima, guapa y absolutamente decorativa —la lectura de género de la película es, cuanto menos, discutible—, un trabajo lucrativo y honesto, un proyecto vital en El Cairo, decide quedarse a merced de las bandas que le queman la moto, le extorsionan y le persiguen. La nostalgia a la que hace referencia el título deviene o ruralista o directamente estúpida, o simplemente, lo que a Martone le interesa no es sino formular una exploración a calzón quitado de la pulsión de muerte. O de la autodestrucción en un sentido tan puro que, por explícito, se nos antoja demasiado cegador. Como dijo el poeta, quizá se trata simplemente de un hombre que está ready pa morir y, claro, ahí los relatos exigen siempre una posición extrema de su espectador.

    Uno tiene ciertas dudas sobre la lectura ideológica de la cinta, o al menos, sobre los ecos conservadores que parecen anudar en ciertos rincones. Por supuesto, Martone está trabajando en el interior de esa línea por explorar tan flamígera en la historia del cine italiano que conecta a nombres tan dispares como Rossellini, Sorrentino, Fellini o Moretti para los que el uso de la iconografía o el simbolismo católico es una suerte de campo de maniobras en tensión perpetua. De hecho, más allá de la materialidad un tanto evidente de ciertas metáforas (la parroquia como campo de boxeo, las catacumbas como refugio histórico que pueden salvar al barrio), uno tiene miedo de realizar lecturas más allá de lo puramente evidente. Ciertamente, hay una suerte de inversión de la iconografía de la pasión en las escenas entre madre e hijo, un bautizo que prepara para la muerte o cosa similar. Hay también una clara voluntad de santidad en el protagonista que, pese a presentarse como musulmán practicante, acaba encontrando las raíces y la palabra/Palabra con una buena copita de vino y gracias a una especie de confesión que le dirige directamente al final —no olvidemos que recibe la absolución, sin saberlo, en un plano en el que recorre la misma trayectoria que le llevará a la muerte en el último tramo de película. En esta dirección, la película no termina de encajar en su supuesto mensaje universal a favor de la integración de los pueblos, sino que cruje al desplomarse en ciertos signos concretos, ciertas liturgias bien definidas que apuntan a la redención y al martirio. Pero de igual manera que Bertolt Brecht conseguía que sus santas ardieran en las piras del capitalismo y se apropiaba de la tradición hagiográfica para desactivarla, aquí parece que Martone está jugando en otra liga en la que le tiembla demasiado el pulso.

    Ahora bien, más allá de todo esto, su capacidad para reproducir un espeluznante viaje audiovisual por los suburbios napolitanos es tan poderosa que, si uno es capaz de dejar al lado la trama, la película deviene una magnífica sinfonía compositiva. Por poner un simple ejemplo, el uso de los travellings de seguimiento del protagonista en las escaleras de su primera visita a su madre son pura exuberancia textural. Las paredes, los muebles envejecidos de madera, el desconchado y la mugre, las cúpulas y las avenidas, todo se convierte en un festín visual que atrapa y envuelve en una espiral de nobleza y miseria. El diseño de sonido —muy por encima del apartado musical— es de una pericia artesanal y delicada, con esa cacofonía de acentos, gestos, silbidos, frenazos y, finalmente, esos disparos opacados que impactan con más fiereza que cualquier detonación explícita. La ciudad funciona porque es una película, y viceversa, la película se eleva indudablemente cuando se centra en el retrato de la ciudad.

    De momento, puede que Nostalgia sea la propuesta más claramente clásica de las programadas en esta edición de la Mostra de València – Cinema del Mediterrani y, en esa dirección, tiene sentido como un territorio intermedio entre una cierta tradición clásica y el llamado «cine de festival». Le falta, quizá, esa capacidad para el pensamiento sutil que ha venido marcando la Sección Oficial y que está en cualquiera de los otros títulos proyectados hasta el momento.


    Nostalgia, Mario Martone
    Sección oficial Mostra de Valencia.

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