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    Crítica | Predator: La presa | Disney+

    || Críticas | Disney+ | ★★★☆☆ |
    Predator: La presa
    Dan Trachtenberg 🇺🇸
    El cazador cazado


    José Martín
    Telde |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: «Prey». Dirección: Dan Trachtenberg. Guion: Patrick Aison. Producción: John Davis, Marty P. Ewing, Jhane Myers. Productoras: 20th Century Studios, Davis Entertainment. Distribuidora: Hulu, Disney+. Fotografía: Jeff Cutter. Música: Sarah Schachner. Montaje: Claudia Castello, Angela M. Catanzaro. Reparto: Amber Midthunder, Dakota Beavers, Dane DiLiegro, Stormee Kipp, Michelle Thrush, Julian Black Antelope. Duración: 99 minutos.

    A estas alturas de la película, algo debería quedar claro: Arnold Schwarzenegger y el director John MacTiernan pueden respirar tranquilos, ya que ninguna secuela, precuela, reboot o cualquier invento que quieran sacar desbancará a Depredador (1987) de lo alto del podio como la mejor entrega de una saga que, hasta el momento, lleva cuatro entregas (sin contar el muy olvidable díptico de Aliens Vs. Predators). Aquella mezcolanza de cine bélico –el éxito de Rambo: Acorralado Parte II (George Pan Cosmatos, 1985) estaba en su apogeo– y de ciencia ficción, en su vertiente de extraterrestres sanguinarios –también Aliens, el regreso (James Cameron, 1986) acababa de causa furor en las taquillas de todo el mundo–, salió a las mil maravillas, consiguiendo tener su propia personalidad y dejando para los anales del género de terror uno de sus monstruos más icónicos y temerarios. La cinta trascendió más allá de su condición de vehículo de acción para lucimiento de Arnie (esta vez metido en la piel de un mercenario de misión en la selva Centroamericana), entregando un espectáculo brutal, donde la amenaza tardaba en mostrarse explícitamente, pero que conseguía una atmósfera de verdadero suspense y peligro, siendo este el secreto de su éxito. La inevitable secuela, Depredador 2 (Stephen Hopkins, 1990), ya sin la estrella austríaca en el reparto, llevó al cazador de humanos a una jungla muy diferente, esta vez de asfalto. Aquella aventura en las calles de Los Ángeles, con el alienígena enfrentado a un grupo de policías encabezado por Danny Glover –en su mayor momento de popularidad por la saga Arma letal–, no tuvo el mismo impacto de la película original, pero el paso de los años ha hecho que se la reivindique como una secuela más que cumplidora que, también hay que decirlo, resulta muy preferible a todo lo que vino detrás. Y es que ni Predators (Nimród Antal, 2010), a pesar de su acerto a la hora de trasladar el coto de caza fuera de nuestro planeta, ni, sobre todo, aquella Predator (Shane Black, 2018) ¿involuntariamente? cómica, consiguieron satisfacer las expectativas de los fans de las dos primeras entregas, dejando ver que la fórmula se había agotado, poniendo fin a una de las franquicias más comerciales de Fox.

    Pero parece ser que en los grandes estudios aún hay confianza en que los depredadores vuelvan a resurgir de sus cenizas y Disney Plus, a través de su plataforma más adulta Star+, ha estrenado en la pequeña pantalla la que viene a ser la gran esperanza para una serie que parecía agotada: Predator: La presa. Hay que reconocer que se ha puesto empeño en facturar un producto de gran calidad, empezando por el fichaje como director de Dan Trachtenberg, quien había debutado, de manera brillante, con Calle Cloverfield 10 (2016), la claustrofóbica y sorprendente secuela de aquel Monstruoso (Matt Reeves, 2008) que llevó el subgénero de metraje encontrado a sus más altas cotas de espectacularidad. La fotografía de Jeff Cutter es una preciosidad, que consigue que las Grandes Llanuras en las que se ambienta la historia luzcan en toda su majestuosidad y, a falta de la mítica partitura que Alan Silvestri compuso para las dos primeras entregas de la franquicia, Sarah Schachner crea una banda sonora muy elegante. La idea de poner en imágenes la que podría ser, fácilmente, la primera toma de contacto de los depredadores con nuestro planeta, 300 años antes de los acontecimientos narrados en la primera película, es, por lo menos, interesante y sugestiva, abriendo nuevas posibilidades que se podrían explotar en más secuelas. En esta ocasión le toca a la Nación Comanche vérselas con una de estas criaturas, cazadora como los propios guerreros de la tribu a la que pertenece la protagonista, Naru. Sí, este es uno de los cambios más sustanciales respecto a lo visto en las anteriores cintas, donde el protagonismo corría a cargo de personajes masculinos. Se nota muchísimo, en este sentido, la mano de Disney en el proyecto, ya que el guion de Patrick Aison hace de Naru casi una nueva princesa del estudio del ratón Mickey, en la línea aguerrida y empoderada de creaciones como Mulan o Pocahontas. Una adolescente cabezota y valiente (Amber Midthunder cumple con creces en su papel, con un trabajo cargado de fuerza y carisma), decidida a convertirse en una gran cazadora, luchando contra el desdén con el que los hombres tratan de minar su entusiasmo, aludiendo que no sería lo suficientemente fuerte como para cargar con una gran pieza hasta el poblado, como es tradición, después de darle muerte.

    Predator: La presa se abre con un prólogo maravilloso, que culmina con una imagen de lo más poderosa, la de esas nubes del cielo iluminadas por la que será la nave del depredador y que Naru confunde con una señal divina. La película se toma su tiempo en dar a conocer al personaje femenino, haciendo que el espectador empatice fácilmente con su afán de superación. Que no haya excesivos diálogos contribuye a que sea una experiencia muy visual, una aventura de corte histórico que muestra con detalle los rituales de caza de los indios, muy al estilo de lo que Mel Gibson nos regalara en su sensacional Apocalypto (2006), antes de enfrentar a la tribu con ese nuevo eslabón superior de la cadena alimentaria. Conforme la historia avanza, nos percatamos de que sus responsables no han asumido excesivos riesgos y esta viene a ser una copia de la cinta original, solo cambiando la testosterona de aquel pelotón de soldados por un tono más “familiar”, y es que, por mucho que la sangre y el gore siga estando presente (hay algunas escenas muy logradas en lo relativo a las matanzas), todo resulta más descafeinado, menos sucio. Los efectos especiales cumplen con solvencia, salvo en algunas animaciones de animales –el momento oso está lejos del realismo alcanzado en El renacido (Alejandro González Iñárritu, 2015) y algunas intervenciones del perro que acompaña a la protagonista (otro toque disneyano) recuerdan al cantoso CGI de La llamada de lo salvaje (Chris Sanders, 2020)–, mientras que las apariciones del monstruo consiguen ser lo suficientemente impactantes como para dar vida a una función que, eso sí, fracasa estrepitosamente a la hora de hacer convencer al espectador de que el antagonista es tan invencible y temible como lo fue el de 1987, por mucho que su armamento aún no fuese tan sofisticado como el que le conocimos. Predator: La presa funciona razonablemente bien para las nuevas generaciones, haciendo una relectura atractiva del clásico de McTiernan que casa muy bien con ese momento que Hollywood vive con ese empoderamiento femenino en el que la mujer ha dejado de ser ese personaje frágil a rescatar por el hombre –siguiendo los pasos de aquellas pioneras memorables que fueron la teniente Ripley o Saran Connor–, ya que este no se siente excesivamente forzado, mientras que los fans de la saga también pueden disfrutar con algunos jugosos guiños ocultos a las primeras entregas. En definitiva, una secuela digna y cumplidora, donde el escaso factor sorpresa se suple con una impecable puesta en escena que pedía a gritos su exhibición en pantalla grande. ⁜


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