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    Dosier Michael Mann | Corrupción en Miami (1984-89)

    || Dosier Michael Mann (V)
    Donde los autobuses no llegan
    Corrupción en Miami (Miami Vice, 1984-89)


    Raul Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU., 1984-1989. Título original: Miami Vice. Creador: Anthony Yerkovich. Dirección: VV.AA. Guion: VV.AA. Productores: Micahel Mann, Richard Brams, Donald L. Gold, Michael Attanasio, Dick Wolf, John Nicolella. Productoras: Michael Mann Productions y Universal Television. Fotografía: Oliver Wood, Tom Priestley Jr., Duke Callaghan, James A. Contner. Música: Jan Hammer, Tim Truman y John Petersen. Montaje: Robert A. Daniels, Michael D. Ornstein, Michael B. Hoggan, Kevin Krasny. Reparto: Don Johnson, Philip Michael Thomas, Saundra Santiago, Olivia Brown, Michael Talbott, John Diehl, Edward James Olmos.

    Dosier Michael Mann: índice

    A principios de los ochenta, durante su etapa en Canción triste de Hill Street (Hill Street Blues, 1981-1987), el productor y guionista Anthony Yerkovich leyó en la prensa una noticia que cambió su carrera profesional. Con el propósito de combatir el crimen organizado, en concreto el tráfico de drogas de Sudamérica a Estados Unidos, el Departamento de Justicia norteamericano permitía a la policía reasignar a sus agentes infiltrados los activos incautados a criminales [1]. Coches deportivos, aviones y yates privados, relojes, ropa de diseño, armas personalizadas, scorts, alijos de droga… La concreción material de todo un modo de vida al margen de la ley podía reciclarse en la lucha contra el mismo. Este fue el germen de Corrupción en Miami y, en particular, de su pareja protagonista, Sonny Crockett (Don Johnson) y Ricardo Tubbs (Philip Michael Thomas), dos detectives de la unidad anti-vicio de la policía de Miami, cuando a principios de 1983 Brandon Tartikoff, el presidente de la NBC, le encargó a Yerkovich la creación de una serie basada en una sola idea: MTV Cops. Michael Mann se incorporó poco después como productor ejecutivo para lanzar el piloto –entonces el título provisional era Gold Coast– y el estreno se produjo el 16 de septiembre de 1984, convirtiéndose en un éxito debido a su sugerente combinación de moda, música y caras guapas, hasta situarse como un referente icónico de la televisión norteamericana de los años ochenta.

    Modas y modismos aparte, para entender de manera adecuada la propuesta de Corrupción en Miami en su contexto es conveniente tener en mente esa «laguna judicial» [2] que explicaba por qué Crockett y Tubbs parecían dos chulos vestidos de Armani, y a continuación ligarla con los intereses en política interior y exterior del entonces nuevo gobierno de Ronald Reagan. En 1986 la administración republicana lanzó una «cruzada nacional» [3] contra la droga fundamentalmente en América Latina, pero también en Afganistán y Filipinas, que venía a reforzar las iniciativas institucionales lanzadas entre 1981 y 1983. De ese empeño habían nacido la Fundación Nacional para la Democracia (National Endowment for Democracy, NED), en teoría dedicada a promover la democracia liberal en todo el mundo, y la reforma de los estatutos de la Administración de Control de Drogas (Drug Enforcement Administration, DEA), que le conferían a esta agencia un poder de acción independiente de la CIA. En ambos casos se trataba de continuar por medios oficiales la lucha anticomunista de la Guerra Fría, y el narcotráfico se presentó como el caballo de Troya ideal para justificar una intervención unilateral. Granada, Panamá, Nicaragua… La de los ochenta fue la década del intervencionismo militar de Estados Unidos. No parece casual en este sentido que el jefe de la unidad anti-vicio en la serie, el icónico teniente Castillo (Edward James Olmos) hubiera sido un agente de la DEA con experiencia en Sudamérica.
    Esta es la razón por la cual desde el primer capítulo se apunta con el dedo hacia Sudamérica como lugar de origen habitual de los villanos de la serie. La primera temporada se centra de hecho en la caza y captura de Esteban Calderone (Miguel Piñero), el poderoso jefe de un cartel que introduce cocaína desde las Bahamas hasta Nueva York pasando por Miami. La fijación con Sudamérica, el nuevo imperio mal después de la Unión Soviética en la agenda republicana era además el motivo que vinculaba, al menos en teoría, el tráfico de estupefacientes con una forma de vida tan lujosa como inmoral, en las antípodas del carácter sobrio y espartano con que la ficción mostraba tradicionalmente a la policía (epítome de Estados Unidos) en series y películas. Digo en teoría porque lo irónico del caso radica en que Corrupción en Miami enalteció por pura inercia visual una estética si no estrictamente de lo criminal, sí de una tendencia característica del momento hacia lo salvaje y lo incontrolado, de tal manera que la serie terminó siendo un escaparate codiciado por diseñadores de moda, músicos, estrellas de la tele, meritorios de la interpretación y, en definitiva, cualquiera que deseara verse y ser visto en el set de rodaje ubicado en Miami [4]. Basta echar un vistazo a la lista de guest stars para darse cuenta del fuerte impacto de la serie en la feria de vanidades de la época. Benicio del Toro, Viggo Mortensen, Ben Stiller, John Leguizamo, Bruce Willis, Helena Bonham-Carter, Liam Neeson, Frank Zappa, Miles Davis, Gene Simmons, Isaac Hayes, Phil Collins, Sheena Easton, Fat Boys… Docenas de caras conocidas se pasearon por «la serie de policías creada para la generación MTV» [5], en el que era un esfuerzo calculado por parte de Michael Mann de imprimir un sello cool a cada apartado técnico y artístico de la serie, desde el vestuario hasta el estilismo pasando por el diseño de interiores y la banda sonora. Por ejemplo, en la fotografía prohibió expresamente los colores tierra, e insistió en emplear música pop contemporánea para explotar el nuevo sistema de sonido de la NBC. La serie fue una de las primeras producciones de la televisión norteamericana por cable que se emitió en estéreo [6].

    Ropa de Hugo Boss, Nino Cerruti, Gianni Versace y Giorgio Armani; coches de Porsche, Ferrari y Daytona; temas musicales de Glenn Frey, Chaka Khan, Dire Straits, Devo, Tina Turner, The Police y Roxy Music. Del casi millón y medio de dólares presupuestados para producir cada episodio de la serie, más de la mitad se destinaba a pagar royalties y derechos de autor correspondientes a diseñadores y esteticistas, marcas de automóviles y canciones de las bandas y músicos más populares del momento [7]. Tamaño gasto convirtió Corrupción en Miami en la serie más cara de la historia de la televisión norteamericana, aparte de prefigurar el estilo de Michael Mann como director en la siguiente década. La crítica contemporánea suele referirse a este fenómeno como The Miami Vice Effect [8], y es evidente que en el transcurso de cada temporada esta tendencia afectaba más y más a la concepción visual y dramática de la serie. Consultada en una ocasión sobre el gasto en vestuario, la diseñadora Bambi Breakstone declaró que, aun contando con una cifra holgada, nunca había suficiente dinero para cubrir el coste de los entre cinco y ocho modelos que lucían Crockett y Tubbs en cada episodio [9].
    Había puñetazos por figurar en Corrupción en Miami, siquiera para colocar una lámpara en el apartamento de alguno de sus protagonistas. Sin embargo, esa dinámica tuvo un precio material y ético que acabó comprometiendo el interesante planteamiento inicial de la serie, concebida para mostrar la necesaria pero hasta cierto punto inútil y frustrante lucha contra los narcos. En las dos primeras temporadas son habituales en ese sentido los lamentos de un Crockett entregado firmemente a la causa. «Da igual a cuantos detengamos; después de uno siempre viene otro», se le oye decir en Out Where the Buses Don’t Run (Jim Johnston, 1985), acaso el mejor capítulo de todos por el equilibrio que muestra entre ambiciones narrativas y estéticas. También por su carácter anticipatorio respecto al final de la serie, en el que Crockett y Tubbs deciden dimitir dando por perdida su lucha contra el narcotráfico. Nada de lo que han hecho tiene sentido salvo para las personas que, como ahora ellos, se quedan en el limbo de una acera entre tinieblas, justo donde los autobuses no llegan. Balas en trayectoria descendente.

    Otro efecto directo de la progresiva estilización de Corrupción en Miami fue la centralización del drama en los personajes de Don Johnson y Philip Michael Thomas, presentados desde la primera temporada como iconos de la masculinidad ochentera Made in USA. La serie vendía una manera de ser y estar en el mundo esencialmente viril, individualista y vindicadora de un sentido extremo de la libertad, en línea con los principios neocon de las reaganomics. Mann y sus colaboradores supieron envolver este paquete ideológico con la estética ruidosa de la MTV, la agresiva narrativa publicitaria del momento, el arte pop de Florida y California, la decadente arquitectura art decó de Miami –con su paleta de colores pastel– y los paisajes típicos de la Costa Este americana. Mientras Crockett y Tubbs perseguían narcos a bordo de lanchas motoras y autos deportivos, Gina (Saundra Santiago) y Trudy (Olivia Brown), sus compañeras de departamento se infiltraban como prostitutas en las calles. Los intereses amorosos de Crockett y Tubbs en cada temporada no corrían mejor suerte, reducidos como eran a objetos erotizados de la cabeza a los pies. En esa diferencia de representación radican las luces y sombras de Corrupción en Miami como producto de su época.

    Una nueva forma de hacer televisión

    En el verano de 1985, al poco de estrenarse la serie, el FBI informó que el condado de Dade, en el área metropolitana de Miami, fue la zona de Estados Unidos en la que se cometieron más asesinatos durante el año anterior; en concreto, en 1984 se registraron allí casi 24 muertes violentas por cada cien mil habitantes, frente a la media nacional de 7,9 asesinatos. La prensa hablaba de Miami como la ‘Murder Capital’ de Estados Unidos [10], y la serie aprovechó esa circunstancia para basar algunos de sus guiones en casos criminales reales [11]. Cinco años más tarde, esa misma región se había convertido en un lugar de ensueño para los miles de turistas que visitaban Florida en busca de los paradisiacos escenarios por los que se paseaban Crockett y Tubbs. ¿Qué sucedió en ese tiempo? ¿Cómo era posible que la ciudad hubiera cambiado su imagen de lugar de retiro para ancianos por el de una metrópoli sexy y misteriosa? [11] Una posible respuesta cabe buscarla en las imágenes seductoras que ofrecía Miami Vice de un mundo ficticio creado para la televisión; de un estilo de vida que entonces se entendía cool y cuyo impacto popular dentro y fuera de Estados Unidos se cifraba en la creciente demanda de sus ‘productos’ entre clases sociales de distinto estatus económico. Si en lo turístico la ciudad vivió (y aún vive) una edad de oro para sus playas y hoteles de lujo asequible, situándose a la altura de otros destinos como Las Vegas, lo mismo puede decirse del aparato comercial dirigido a la venta en todo el mundo de música, ropa, moda y complementos, artículos de belleza y estética, mobiliario, coches, motos y un largo etcétera.

    Un puñado de ejemplos. La recordada cabecera compuesta por Jan Hammer fue uno de los temas más pinchados por las radios norteamericanas en 1984, y los discos con la banda sonora de cada temporada se colocaban de manera regular en lo más alto del ranking de Billboard. Las gafas Ray Ban que lucía Crockett fueron uno de los modelos más demandados de esta marca en los ochenta, junto con las que usaba Tom Cruise en Top Gun (Tony Scott, 1986). Medio mundo occidental (y masculino) empezó a combinar americanas con camisetas y a calzar zapatos sin calcetines. Y hoy en día el Ferrari Testarossa sigue copando buena parte de las peticiones de construcción a la fábrica de Maranello [12]. Si hubo un Miami Vice Effect, hubo también sin duda una Miami Fever. La fascinación del público por ese universo pop coloreado de neones con los tonos característicos de Florida –rosa flamenco, azul Caribe y verde lima– y donde siempre brillaba el sol fue el resultado de una minuciosa puesta en escena cuyo principal ideólogo fue Michael Mann. De sus manos salió una nueva forma de hacer televisión que combinaba el lenguaje de los videoclips de la MTV y, aún más importante, el de la agresiva publicidad de la época. La famosa guerra de marcas de los ochenta –Nike y New Balance, Pepsi y Coca Cola, Visa y American Express– propició una edad de plata de la publicidad impulsada por grandes campañas de McCann, Leo Burnett, BBDO, Wieden + Kennedy, DDB y Ogilvy.

    Vista hoy, Miami Vice es en términos de discurso visual un colosal ejercicio de product placement que juega en cada plano la baza de la seducción. No se trataba de contar nada –la serie, de hecho, pivota de manera constante alrededor de los mismos arcos argumentales–, sino de mostrar y vender un estilo de vida eternamente joven y rápido que resultara atractivo para las nuevas audiencias, que entonces preferían consumir música antes que cine y televisión. De fondo, es cierto, la lucha contra el narcotráfico de la que hizo bandera la Administración Reagan, pero incluso esa interesante idea terminó siendo devorada por una planificación dirigida a atraer, gustar y convencer. Cuando Castillo le entrega a Crockett su nuevo Ferrari para hacerse pasar por narco, lo que vemos en realidad es un anuncio impecable protagonizado por dos hombres, Crockett y Tubbs, que pisan el acelerador hacia el crepúsculo mientras suena el Crockett’s Theme de Jan Hammer. Todo lo bueno y lo malo de la serie pasa por esa confianza en la imagen como vector imbatible de encantamiento. Es un hecho, vuelta a revisar, que Corrupción en Miami se recrea convencida en los dos o tres momentos musicales que articulan cada episodio a mayor gloria de algún músico o banda. Lo que ocurre entre medias es un mal necesario; en la lógica de la MTV, es el presentador que da paso a cada videoclip.
    El drama, cuando lo había, nunca constituía una fuerza sólida de la narración. La tensión romántico-sexual entre Crockett y Gina o entre Tubbs y Trudy; la muerte de Zito (John Diehl); la ambigüedad moral de Switek (Michael Talbott); cuando Sonny se vuelve ‘malo’ a causa de una explosión que le causa amnesia; el pasado traumático del teniente Castillo; la familia de Tubbs; los días en Vietnam de Crockett. Los distintos intentos por dotar de interés a la serie y justificar cada nueva temporada se topaban contra un muro insalvable: la máquina de publicidad que colocaba un objeto de deseo en cada plano ya fuera humano o material. El aspecto positivo de esta decisión consciente radica en que, al igual que sucede con la publicidad comercial, fiar toda una ficción al eros retrata de manera inmejorable el estado de las cosas en una sociedad capitalista que boga contra cualquier regulación. Esa era la América soñada por Reagan, y Corrupción en Miami se convirtió en uno de sus embajadores más eficaces en el mundo. La aspiración de ser cool, rodearse de objetos y cuerpos bellos, tener un trabajo interesante y bien pagado –incluso con una cuota de aventura– y ser fiel a los amigos. Todo ello en un paraíso glamuroso a orillas del Atlántico donde cada individuo se siente libre de hacer lo que quiere. Libre y legitimado.

    Curiosamente esta es la idea principal que articula los llamados episodios perdidos, cuatro capítulos de la quinta temporada que nunca se emitieron porque la NBC canceló la serie antes de fijarles una fecha definitiva en su calendario de estrenos. Ahora se encuentran en cualquier edición en DVD o Bluray. ¿No es acaso esa libertad la promesa de las actuales redes sociales? ¿No es acaso esa libertad el modelo ‘aspiracional’ que lanza la publicidad contemporánea en internet? ¿No es acaso esa libertad la base de la normalidad que se exige a los gobiernos después de una tragedia (la pandemia)? Vivir libres y desatados en una ilusión de felicidad perpetua. Corrupción en Miami fue pionera en el empleo de una doble narrativa, ética y audiovisual, que constituye la base de casi cualquier saga o blockbuster norteamericano producido en los últimos treinta años. Abrió el camino al sello Simpson / Bruckheimer, y este luego a Marvel / Disney. El juego de espejos que podría plantearse entre la serie y la carrera de cineastas como Michael Bay o los hermanos Russo daría pie a otro estudio. Pero el principio es muy sencillo. ¿Por qué hacemos esto o lo otro? Porque mola. Lo que en la industria se conoce como Bigger, Better, Faster, More! Resulta curioso que hoy nos riamos de las pintas y los vaciles de Crockett y en cambio no hagamos lo mismo cada vez que Tony Stark pisa el acelerador de sus coches o le guiña un ojo a una mujer. Qué difícil es ser realmente consciente del presente. ⁜


    Notas bibliográficas

    1. Janeshutz, Trish y McGregor, Rob (1986). The Making of Miami Vice. Nueva York: Ballantine Books. Smith, Sally Bedell (1985). Miami Vice: Action TV With Some New Twists. Recuperado de https://www.nytimes.com/1985/01/03/arts/miami-vice-action-tv-with-some-new-twists.html
    2. Basterra, Franciso G. (16 de septiembre de 1986). Reagan lanza una ‘cruzada nacional’ contra la droga. El País. Recuperado de https://elpais.com/diario/1986/09/16/internacional/527205612_850215.html
    3. Virtue, Graeme (10 de marzo de 2006) Crockett and Tubbs Still Thrill in Spadrilles. The Guardian. Recuperado de https://www.theguardian.com/tv-and-radio/2016/mar/10/miami-vice-box-set
    4. Hunter, Stephen (28 de julio de 2006). Miami Vice: Way Cool Then, Now Not So Hot. Washington Post. Recuperado de https://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2006/07/27/AR2006072701745_pf.html
    5. Zoglin, Richard (16 de septiembre de 1985). Cool Cops, Hot Show. Time Magazine. Recuperado de http://content.time.com/time/subscriber/article/0,33009,959822,00.html
    6. Wood, Jennifer M. (30 de marzo de 2016). Binge-Watching Guide: Miami Vice. Wired. Recuperado de https://www.wired.com/2016/03/binge-guide-miami-vice/
    7. Barker, Christian (2016). The Miami Vice Effect. The Rake. Recuperado de https://therake.com/stories/icons/the-miami-vice-effect/
    8. Barker, Christian (2016). Op. cit.
    9. Associated Press (28 de julio de 1985). Miami Area is U.S. Murder Capital of 1984. Los Angeles Times. Recuperado de https://www.latimes.com/archives/la-xpm-1985-07-28-mn-5424-story.html
    10. Miami Vice: About the Show. NBC Group. Recuperado de https://web.archive.org/web/20080423035720/http://www.nbc.com/Vintage_Shows/Miami_Vice/about/index.shtml
    11. Hunter, Stephen (28 de julio de 2006). Op. cit.
    12. Barker, Christian (2016). Op. cit.


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