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    Crítica | La pasajera

    La muerte suena a pasodoble

    Crítica ★★★☆☆ de «La pasajera», de Raúl Cerezo, Fernando González Gómez.

    España, 2021. Título original: «La pasajera». Director: Raúl Cerezo, Fernando González Gómez. Guion: Luis Sánchez-Polack. Historia: Raúl Cerezo. Guion original: Asier Guerricaechevarría, Javier Félix Echániz. Productores: Juan Barquín, José Luis Rancaño, Raúl Cerezo, Helion Ramalho. Productoras: Persons Films, La Dalia Films, S.G. Producciones Cinematograficas, Eye Slice Pictures. Fotografía: Ignacio Aguilar. Música: Alejandro Román. Montaje: Sergio Rozas. Reparto: Ramiro Blas, Cecilia Suárez, Paula Gallego, Cristina Alcázar, Yao Yao. Duración: 90 minutos.

    Basta asistir a los primeros compases de La pasajera para darse cuenta del enorme respeto y cariño que sus responsables profesan al cine fantástico, en general, y a esas películas de videoclub con las que crecimos la generación de niños de los 80, en particular. La película arranca con una pareja de excursionistas perdidos en un bosque sobre el que se cierne una espesa niebla. Niebla de la que emerge una aterradora figura que ataca a uno de ellos, mordiéndole ferozmente. La sombra de Un hombre lobo americano en Londres (John Landis, 1981) ya asoma fugazmente en ese instante tan impactante que se ve abruptamente roto por la aparición de unos títulos de crédito absolutamente diferentes a lo que cabría esperar en una cinta de terror, esos que, al son del mítico pasodoble Paquito el chocolatero, se presenta al que será el improbable (anti)héroe de la función, el sin par Blasco. El mimo y la delicadeza con la que limpia los cristales y los neumáticos de su furgoneta Ebro, a la que cariñosamente ha bautizado como su Vane, deja constancia de la gran importancia que el vehículo tiene para él, siendo bastante más que el medio que utiliza para sacarse un dinero transportando a pasajeros de un lado a otro. Precisamente, uno de estos trabajos, en el que el chófer transporta a tres pasajeras a bordo a través de carreteras secundarias, sirve de punto de partida a una historia que comienza como una divertida road movie en la que los cuatro ocupantes de La Vane, todos ellos antagónicos unos de otros, comienzan a conocerse y, al mismo tiempo, el espectador se hace una idea de los arquetipos con los que juega un guion de Luis Sánchez-Polack que, sobre una historia de Raúl Cerezo, parece empeñado en otorgar un carácter muy cañí a la película, algo así como hiciera Paco Plaza en su genial [•REC]³: Génesis (2012), en la que el espíritu de Berlanga y Azcona también era palpable en la construcción de sus personajes y en la acidez de sus diálogos y situaciones tan costumbristas pasadas por el tamiz del terror.

    La forzosa convivencia en el reducido espacio de esa furgoneta, decorada con pegatinas de la sexy Diana de la mítica serie V, entre Mariela (Cecilia Suárez, actriz mexicana que alcanzó su pico más alto de popularidad gracias a su pintoresco papel de Paulina de la Mora en la serie de Netflix La casa de las flores), una mujer profundamente beata; Lidia (Cristina Alcázar), una pija que lleva a su rebelde hija adolescente, Marta (estupenda Paula Gallego), a casa de su padre, con el que tampoco guarda buena relación, y Blasco, propicia una serie de conversaciones que sirven para desvelar las luces y las sombras de los personajes, estableciendo entro ellos unas relaciones más estrechas de las que a priori prometía semejante choque generacional y cultural. Así, el espectador se dará cuenta de que, bajo la apariencia machista y carca de Blasco, un tipo que no guarda buenos recuerdos de sus experiencias con las mujeres y que, bajo sus gafas de sol, oculta la huella de una mala faena en la plaza cuando era matador de toros, subyace un espíritu incomprendido, con valores algo trasnochados que parecen haberse detenido en el tiempo, pero con un sentido de la integridad y la honestidad sorprendentes. El argentino Ramiro Blas consigue, gracias a una espléndida interpretación, que semejante troglodita, no solo acabe cayendo simpático, sino que termine afianzándose, conforme avancen las tribulaciones de los protagonistas, como el verdadero héroe de la película. Es su calidad de marginado por la sociedad lo que hace que, desde el primer momento, facilita que se establezca un especial lazo afectivo y de mutua identificación con Marta, cuyo rostro también evidencia las marcas de una vivencia traumática para alguien tan joven, y que, al igual que él, camufla su falta de cariño bajo una coraza sarcástica y contumaz. La dupla formada por el rudo conductor y la adolescente desapegada es, de lejos, el mayor acierto del libreto de Sánchez-Polack, así como la verdadera sinergia que mueve la película. Las características del personaje de Blasco, además, hacen que sea realmente icónico, casi tanto como el Ash de la saga de Posesión infernal, de Sam Raimi, cambiando su brazo motosierra por un estoque de torear como arma con la que enfrentarse al enemigo. También en la caracterización de los monstruos que aparecen a lo largo de la historia y en el gore de algunas de sus escenas más violentas, siempre acompañadas, eso sí, de un sano humor negro, está muy presente ese toque tan característico de Raimi.

    La pasajera, Raúl Cerezo, Fernando González Gómez.
    Festival de Sitges 2021.

    «Una castiza comedia de terror, con ingredientes de ciencia ficción, bañada de ese encanto innato de la serie B, que derrocha amor por el género fantástico en cada fotograma, y que tiene otro de sus puntos fuertes en ambientar ese amago de invasión extraterrestre en una España profunda de pandereta, con sus carreteras secundarias pobladas de gasolineras abandonadas y fondas poco acogedoras».


    La pasajera funciona como un reloj en el dibujo, a grandes rasgos, de sus personajes, así como en la atractiva planificación visual de sus confrontaciones dentro del vehículo, aunque cuando entra en escena el factor terrorífico, una vez que los pasajeros recogen de la carretera a una mujer atropellada, el invento se torna en una experiencia algo más irregular, siempre dentro de lo disfrutable. La presencia de parásitos de origen presumiblemente extraterrestre que convierten a sus víctimas en letales criaturas sedientas de sangre remiten al John Carpenter de la imprescindible La cosa (1982) como principal referente, mientras que el horror físico con el que se plasman los viscosos ataques bebe del maestro David Cronenberg y Vinieron de dentro de... (1975), aunque también hay mucho en el filme de la desfachatez de semiolvidadas rarezas ochenteras, más abiertamente encuadradas en la serie B (o Z), como Llegan sin avisar (Greydon Clark, 1980). Los directores Raúl Cerezo y Fernando González Gómez, curtidos en el campo del cortometraje – mientras que para el primero este es su primer largo, el segundo ya incursionó con Zombie World 2 (2018) y la comedia Estándar (2020)–, han sabido sacar gran partido de sus modestos medios para dotar a La pasajera de un acabado técnico y visual más que aceptable, especialmente en lo concerniente a los efectos especiales y en cómo están resueltos los momentos más sanguinolentos. También han estado acertados a la hora de dotar de buen ritmo al relato, haciendo que sea prácticamente imposible aburrirse con la película. El resultado es una castiza comedia de terror, con ingredientes de ciencia ficción, bañada de ese encanto innato de la serie B, que derrocha amor por el género fantástico en cada fotograma, y que tiene otro de sus puntos fuertes en ambientar ese amago de invasión extraterrestre en una España profunda de pandereta, con sus carreteras secundarias pobladas de gasolineras abandonadas y fondas poco acogedoras. Y todo a ritmo de algunos de nuestros pasodobles más emblemáticos y dejando el final abierto a una posible secuela. ¿Qué más se le podía pedir? Tal vez algo más originalidad a la historia, pero es que La pasajera tampoco aspiraba a demasiado más que a ser uno de esos divertimentos gamberros (aunque hay que reconocer que posee un toque de ternura especialmente encantador) que hacen las delicias de los fans más acérrimos del género, esos que aplauden a rabiar sus pases en festivales como el de Sitges. Y eso es algo que cumple con creces.


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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