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    Crítica | CODA: Los sonidos del silencio

    || CRÍTICAS | ★★☆☆☆
    CODA: Los sonidos del silencio
    Sian Heder
    El silencio no es la ausencia de música


    Júlia Gaitano i Mendizábal
    Barcelona |

    Estados Unidos, 2021. Título original: «CODA». Director: Sian Heder. Guion: Sian Heder. Coproducción Estados Unidos-Francia-Canadá; Producción: Vendome Pictures, Pathé Films, Picture Perfect Federation. Fotografía: Paula Huidobro. Montaje: Geraud Brisson. Música: Marius De Vries. Reparto: Emilia Jones, Troy Kotsur, Marlee Matlin, Daniel Durant, Eugenio Derbez, Ferdia Walsh-Peelo, Amy Forsyth, Kevin Chapman, John Fiore, Erica McDermott, Owen Burke, Rebecca Gibel, Molly Beth Thomas. Duración: 111 minutos.

    A su llegada a las salas españolas, la mochila de reconocimientos internacionales de CODA: Los sonidos del silencio está llena a rebosar. La película de Sian Heder no es solamente la nueva gran promesa del Festival de Sundance (cumbre de un cierto indie estadounidense), tras hacerse con el Gran Premio del Jurado a Mejor película, sino que también es flamante nominada a tres Premios Oscar, a Mejor película, guion y actor secundario. Además, acumula un buen puñado de nominaciones a los Globos de Oro o a los Premios BAFTA, entre otros. A pesar de ello, cabe apuntar, su carta de presentación no incluye demasiadas victorias. Sea como sea, CODA sigue su camino dejando una estela de comentarios y pisando con fuerza a su paso. Ahora bien, una vez desviada nuestra atención de los brillantes focos de la buena reputación: ¿qué encontramos en la propia obra? El filme de Sian Heder es una versión de la película francesa La familia Bélier (Eric Lartigau, 2014), un dramedy simpático, bien recibido en su momento por público y crítica. Sumándose a la absurda tendencia de rehacer historias europeas desde el filtro norteamericano, Heder replantea lo esencial del filme de Lartigau, dándole una vuelta.

    En CODA, la protagonista es Ruby (Emilia Jones), única miembro oyente de una familia de pescadores. Sus padres y hermano (Troy Kotsur, Marlee Matlin y Daniel Durant, que son intérpretes sordos) cuentan con la ayuda de la adolescente para llevar el negocio, cosa que ella compatibiliza con asistir al instituto. Ruby descubre que tiene un don cuando se une al coro escolar, en el que también canta Miles (Ferdia Walsh-Peelo), el chico que le gusta. Animada por su director, el áspero pero sensible Mr. V (Eugenio Derbez), la protagonista empieza a plantearse si, más allá de la humildad y la precariedad en la que vive sumida su familia, puede haber un futuro brillante para ella como cantante. Evidentemente, más allá de sus fantasías, como suele suceder en este tipo de narrativas, la realidad es muy difícil de eludir y, con la problemática de ser principal intérprete de lengua de signos para su familia, el hecho de emancipar sus ambiciones de ellos se convertirá en el gran tema.

    Independientemente del hecho de que se trata de un remake, CODA parece elaborada en base a un cúmulo de ideas prestadas. Personajes tipo, tramas manidas, tono demasiado familiar. Como coming of age, se dibuja a brochazo grueso. Eso es especialmente visible en la construcción del personaje del director del coro. El molde lo pauta la figura que ya se planteaba en La familia Bélier pero, sin embargo, en CODA se distingue por estar ligeramente caricaturizado. Pasado por una visión norteamericana, es demasiado tentador seguir el patrón del profesor duro pero que ama su trabajo y a sus alumnos talentosos más que a nada. En Mr. V es algo intencionado, pero acaba permeando al resto de propuestas que sugiere Heder y quizás se deba a que se trata de una propuesta que sabe cuál es su lugar. En vez de confiar en la búsqueda de elementos característicos, tiene muy claro de dónde sacar el croquis a seguir.

    También plantea ideas potentes, especialmente en las secuencias que basan su discurso en la relación entre el no oír, la música y el silencio. Cómo traspasar la pasión por lo intangible. Especialmente porque todo ello, más allá de impedimentos físicos, va íntimamente unido al decisivo momento de abandonar el nido familiar. En esos instantes, la película de Sian Heder encuentra lucidez, y fuerza sutilmente el aparato formal: tiñe de absoluto silencio el clímax musical, introduciéndonos en las percepciones de los padres. Sucede solamente durante un momento, y no encontramos aquí nada que no hiciera Sound of Metal (Darius Marder) en 2019, pero es de agradecer verlo en CODA. Funciona como bocanada de aire fresco en medio de una fachada demasiado estandarizada. Más allá de eso, a pesar de que todos los intérpretes están más que acertados, especialmente el núcleo familiar protagonista, queda una sensación de vacío emocional. No hay tiempo para empatizar, no se da la ocasión de construir bien las dinámicas entre los personajes. Sigue unas estructuras preexistentes, confiando en la universalidad de sus temas de trasfondo. Quitando algunos guiños a un estrato concreto de melómanos (las canciones que se cantan en el coro van desde Marvin Gaye hasta Joni Mitchell, el interés romántico lleva una camiseta de King Crimson, Ruby tiene el vinilo de The Shaggs…), el resto queda desdibujado en simple adecuación. Así, CODA es simplemente el producto de seguir, paso a paso, una receta bien aprendida. ¿El objetivo? Aparentemente, asegurarse un recibimiento moderadamente positivo en ciertos contextos de cine indie norteamericano y, si hay suerte, hacerse con algún que otro galardón. Parece que la ha habido. Más allá de eso, es un filme correcto, sin más. Uno más. ⁜


    CODA, Sian Heder.
    Gran Premio del Jurado del Festival de Sundance 2021.

    Miguel Ángel Onoda
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