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    Crítica | Titane

    El caso Ducournau

    Crítica ★★★★☆ de «Titane», de Julia Ducournau.

    Francia, Bélgica, 2021. Directora: Julia Ducournau. Guion: Julia Ducournau. Producción: Kazak Productions, Frakas Productions. Música: Pessi Levanto. Fotografía: Ruben Impens. Reparto: Vincent Lindon, Dominique Frot, Agathe Rousselle, Nathalie Boyer, Myriem Akeddiou, Théo Hellermann, Anaïs Fabre, Mehdi Rahim-Silvioli, Lamine Cissokho, Céline Carrère, Mara Cisse. Duración: 108 minutos.

    Mil puertas se abren ante una aguja de pelo vuelta alma letal. Ojo, cráneo, lengua… ¿Qué órgano va a perforar? En el cine de Julia Ducournau, las imágenes son reactivas, mundanas, casi banales. No deben nada a nadie, no hablan más que de sí mismas y, más importante, contienen todas el germen del shock, del impacto que puede desatarse en cualquier momento. Una aguja de pelo, un beso, una silla… Todo en su mundo puede ser usado como interruptor para hacer emerger un exabrupto de crueldad primaria, esencial. Crudo, y ahora Titane, no son excesivas solamente porque sus episodios de violencia gráfica sean extremos o duren demasiado, sino también por su naturaleza como signos de una erupción, de algo que supura y se remueve desde su interior. Este exceso, claro, trasciende los lindes de lo narrativo. La imagen de Alexia (Agathe Rousselle), empapada de sangre y baba, respirando a duras penas bajo el peso de un hombre desplomado en su coche, no nos dice nada de sus divertidas tendencias psicopáticas, sino que es índice de una constelación visual de abusos que pueden resultarnos mucho más cercanos.

    Desde pequeña, Alexia ha convivido con una placa de titán enquistada en la sien, recuerdo asqueroso de un grave accidente de tráfico. Al volante del coche iba su padre (Laurent Lucas), polo opuesto en una relación marcada por el más absoluto desdén. Pero, al contrario de la Alexia de Crudo (aquella fantástica hermana mayor interpretada por Ella Rumpf), la protagonista se ha quedado en casa y, a pesar de la buena situación económica de la familia, ha acabado trabajando de pole dancer –pido disculpas por la falta de un término más acurado– en una muestra de automóviles tuneados. Un échec total a ojos de su padre, una satisfacción absoluta para una hija talentosa y obcecada en su rebelión ensañada contra todo lo que el paterfamilias representa. Adiós al buen gusto, a la civilidad, a la belleza. Alexia recupera su agencia, su capacidad para actuar, solo después de acabar con el último resquicio de lo que su padre alguna vez había proyectado sobre ella: su propia identidad. Freud aplaudiría con las orejas.

    Para escapar de casa, va a tomar la personalidad de Adrian, un niño desaparecido hace tiempo, modificando su aspecto para asemejarse al retrato robot del joven que cuelga en comisarías y aeropuertos. Con un baño público por clínica, Alexia va a cortarse el pelo, se depilará las cejas e improvisará un binder con vendas para disimular su pecho. Para rematar su transformación, una nariz rota contra la pica del baño (una escena completamente explícita, marca de la casa Ducournau). Alexia toma la imagen irreconocible de un monstruo, un freak de naturaleza no-binaria. Vaya por delante que no se disfraza, pues como dirían las Maripilis anti-trans, en su cambio «no hay vuelta atrás»: para liberarse, la chica se enajena, se convierte en otra persona de forma del todo literal.

    Como miembro del colectivo queer (es de obligada honestidad reconocerlo antes de entrar en juicio alguno), en este punto, saltan las alarmas… Alexia no puede encontrarse a sí misma cambiando su cuerpo, porque ya vivía en un estado de gender euphoria: unos buenos quince minutos iniciales de pole dance y otras ramificaciones arquetípicas de la experiencia femenina (miedos incluidos) han cimentado un camino que rige a concluir que la suya es una vivencia cien por cien cómoda con un físico y una expresión de género femeninas. Además, siendo el cine de Ducournau una re-elaboración constante del enfrentamiento familiar, nos aproximamos a la posibilidad de que la chica lograra consumar una felicidad plena solamente en colisión con su padre, vía su hipersexualización. Quizás por esta morbosa búsqueda de la plenitud no habría abandonado la joven el hogar.

    Titane, Julia Ducournau.
    Palma de Oro del Festival de Cannes y una de las sensaciones del 2021.

    «Queda claro que en ningún caso debería la película de Ducournau cubrir cuota alguna o salvar a nadie. Sin embargo, fuera de lo puramente fílmico, es productivo recordar que visibilidad no equivale a celebración, a esfuerzo por una normalización real. A nadie le apetece ser raro, feo, y lo queer, amigues, es (aún) tremendamente disfuncional. Decir lo contrario es, en todo caso, mirar al mundo con los ojos cerrados».


    En todo caso, de un estado de euforia (de género) desquiciada, Alexia simplemente cambia para mal. ¿No es esta una visión eminentemente cis de la vivencia trans? Titane tiene un comodín preparado, y es que puede que la niña ya se volviera medio freak al implantársele una placa de metal en el cráneo a raíz del accidente… Lo cual nos lleva, por otra parte, a problemáticas radicalmente diferentes, acerca del capacitismo y el cuerpo aumentado. La de Ducournau es, en fin, una película sin lecturas unívocas, ante las cuales solo una verdad puedo defender: mi hastío, al ver las experiencias de las minorías relegadas, una y otra vez, al cajón de sastre de lo monstruoso.

    Visualmente, creo, sí hay solución para el Caso Ducournau. Regada de la rica tradición del splatter francés, Titane se llena pronto de eccemas, sangre y vísceras, de forma que, para sensibilidades mínimamente delicadas, este se convierte en un visionado difícil, repulsivo desde lo más hondo de su propuesta estética. Si bien pudiéramos apelar al cambio de cuerpo de Alexia como una suerte de celebración de la individualidad, una liturgia con las vendas de crêpe del binder como sotana de lo queer, es innegable que nuestros ojos, educados en la tradición occidental, prefieren la versión femenina y sexy de la Alexia primera antes que los asideros macabros de su apariencia liberada. A la mirada occidental, chapada gracias a siglos de formación del gusto, la visión de la nueva carne sigue resultando esperpéntica, que no gozosa, en fin, deseable.

    Puede que el cortocircuito estético que la mirada al cuerpo de Alexia moviliza sirva, en efecto, para devolver a Freud a su féretro, subrayando que todo –incluso la aversión hacia las figuras paternas– es líquido, convencional y, por lo tanto, puede deconstruirse, reformularse. De ahí, por ejemplo, que el cuerpo mórbido del padre de Adrian, un dopadísimo bombero interpretado por Vincent Lindon, resulte mucho más cercano a la vivencia de Alexia que el de su propio ascendiente. La fealdad también podría servir como el seno de otro tipo de relaciones, claro. Pero ¿para qué? Queda claro que en ningún caso debería la película de Ducournau cubrir cuota alguna o salvar a nadie. Sin embargo, fuera de lo puramente fílmico, es productivo recordar que visibilidad no equivale a celebración, a esfuerzo por una normalización real. A nadie le apetece ser raro, feo, y lo queer, amigues, es (aún) tremendamente disfuncional. Decir lo contrario es, en todo caso, mirar al mundo con los ojos cerrados.


    Mariona Borrull Zapata |
    © Revista EAM / 74ª edición del Festival de Cannes


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