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    Crítica | Un lugar tranquilo 2

    El día que el mundo enmudeció

    Crítica ★★★★☆ de «Un lugar tranquilo 2», de John Krasinski.

    Estados Unidos, 2021. Título original: A Quiet Place: Part II. Director: John Krasinski. Guion: John Krasinski (Personaje: Scott Beck, Bryan Woods). Productores: Michael Bay, Andrew Form, Brad Fuller, John Krasinski. Productoras: Paramount Pictures, Buffalo FilmWorks, Platinum Dunes. Fotografía: Polly Morgan. Música: Marco Beltrami. Montaje: Michael P. Shawver. Reparto: Emily Blunt, Cillian Murphy, Millicent Simmonds, Noah Jupe, John Krasinski, Dkimon Hounsou, Zachary Golinger, Scott McNairy.

    ¿Quién imaginaría hace unos años que a John Krasinski, aquel simpático actor que alcanzara la popularidad internacional gracias a la teleserie cómica The Office –donde interpretó a Jim Halpert a lo largo de 9 exitosas temporadas–, y cuyo imponente 1,91 de estatura le ha servido para encarnar con convicción a intrépidos héroes de acción en trabajos como la intensa 13 Horas: Los soldados secretos de Bengasi (Michael Bay, 2016) o la serie Jack Ryan, de Tom Clancy, acabaría tentándole la idea de probar fortuna detrás de las cámaras? Si bien sus primeros pasos como director fueron con propuestas indies que tuvieron una acogida considerablemente cálida por parte de la crítica –su ópera prima, Entrevistas breves con hombres repulsivos (2009), formó parte de la sección oficial del Festival de Sundance, mientras que con Los Hollar (2016) demostró un buen pulso a la hora de combinar comedia y drama, en una historia familiar con mucho corazón–, no sería hasta su tercera (y más comercial) película, Un lugar tranquilo (2018), cuando el gran público terminaría rindiéndose a sus pies. Su atractiva historia presentaba un futuro próximo en el que gran parte de la humanidad ha quedado exterminada por una raza de voraces criaturas que atacan cuando oían sonidos, prestándose así a un jugoso juego que se convertiría en su mayor rasgo de singularidad: un ejercicio de suspense silente, en el que cualquier ruido, por pequeño que fuese, podría ser causante de una muerte segura. Krasinski no solo dirigió, revelándose como una de las nuevas voces más interesantes del nuevo cine de terror y un sensible narrador, sino que también se autorregaló un papel protagonista, el de abnegado y valeroso padre de familia que, junto a su esposa embarazada y dos hijos más (un tercero perdió la vida, víctima de los monstruos), se veía obligado aprender a sobrevivir en silencio en una casa aislada en el bosque. Aquella cinta, en un alarde de contención a la hora de no abusar de efectismos ni momentos truculentos, mostró, en cambio, gran preocupación en mimar la parte emocional del relato, así como las relaciones entre los miembros de la familia, y dejó para el recuerdo alguna escena tan espeluznante como aquella en la que la madre (una fenomenal Emily Blunt) daba a luz a su bebé en el interior de una bañera, conteniendo los gritos de dolor ante la presencia de las amenazantes criaturas en el hogar. Las espléndidas críticas cosechadas y su asombrosa rentabilidad –recaudó 341 millones de dólares en todo el mundo, habiendo costado la modesta cifra de 17–, animaron a Paramount Pictures a volver a apostar por Krasinski para acometer una obligada secuela que llega tres años después, tras sufrir constantes retrasos en la fecha de su estreno, como consecuencia de los estragos que el covid está haciendo también en la industria del cine.

    Pocas veces una secuela ha transmitido tan bien la sensación de continuación inmediata –esa que sí también tenían Halloween 2: ¡Sanguinario! (Rick Rosenthal, 1981) o The Descent: Part 2 (Jon Harris, 2009)– como Un lugar tranquilo 2, cuya acción comienza justamente donde acabó la primera película, con la familia Abbot obligada a aprender a sobrevivir tras la triste pérdida del padre y emprendiendo la búsqueda de más posibles supervivientes en un escenario de claros tintes postapocalípticos. El Krasinski guionista es consciente de que ya se ha perdido una de sus mejores cartas, la del factor sorpresa, y lo único que le queda es expandir ese íntimo microuniverso que creó en su primera entrega, abriendo nuevos horizontes para que entren otros personajes. Ya conocemos el modus operandi de unos bichejos de turno que compensan su ceguera con un sentido de la audición tremendamente desarrollado, y, lo más importante, cómo combatirlos, ya que la hija mayor de los Abbot, Regan, congénitamente sorda, había descubierto que la amplificación de la frecuencia de radio les dejaba tan aturdidos que era más fácil atacarles. Pero había una cuenta pendiente con el espectador que su director se ha encargado, en esta ocasión, de subsanar: conocer algo más sobre cuál fue el origen de esta invasión. Para ello, Krasinski regala a los fans un prólogo absolutamente magnífico, que muestra a la familia Abbot al completo (es un placer reencontrarnos con el patriarca Lee, un personaje muy querido y cuyo espíritu sacrificado continúa sobrevolando cada fotograma de esta segunda parte) disfrutando de un día como otro cualquiera en el pueblo, en medio de conversaciones con los vecinos –será la primera vez que veremos a Emmett (Cillian Murphy) y cómo muestra una buena sintonía con Regan– y un concurrido partido de beisbol infantil local, cuando una estela de fuego que aparece en el cielo rompe lo idílico de la jornada. Es cuando la gente comienza a huir y el caos y la destrucción se apoderan de una ciudad que, de repente, es atacada por unos monstruos que, presumiblemente, provienen de otro planeta y han llegado al nuestro en ese asteroide. Técnicamente, se trata de una set piece de acción espectacular, casi a la altura del primer ataque alienígena de La guerra de los mundos (Steven Spielberg, 2005), con la que guarda ciertos paralelismos en su búsqueda de mantener a la familia unida ante la adversidad. La cámara nerviosa se mueve con maestría a través de estas calles reconvertidas en improvisado coto de caza, metiendo al espectador en el interior del automóvil de Evelyn, protagonista de un espectacular momento en carretera, o haciéndole partícipe de la angustia de padre e hija en aquella tienda donde tratan de ocultarse junto a más personas, y donde seremos conscientes, por primera vez, de la importancia de mantenerse en silencio para salvar la vida.

    A Quiet Place 2, John Krasinski.
    Una más que digna continuación.

    «Una vez más, los efectos especiales vuelven a brillar a gran altura, pero es en el extraordinario uso que se hace del sonido –y la ausencia de él (angustiosos los momentos en los que asistimos a la pesadilla a través de la silente perspectiva de Regan)– donde la película encuentra su mayor aliado para generar auténtico pavor. Un lugar tranquilo 2 es una segunda parte más grande, ambiciosa y espectacular que la original, sí, pero jamás traiciona los elementos que hicieron de aquella una experiencia terrorífica con alma».


    Tras tan apoteósica introducción, la historia vuelve a colocar el foco en las tribulaciones de la matriarca, Evelyn, entregada a proteger a un bebé que amenaza con romper a llorar en cualquier momento, y de los adolescentes Regan –maravillosa Millecent Simmonds, capaz de eclipsar a la mismísima Emily Blunt para erigirse como una empoderada (e inclusiva) heroína nada lastrada por sus carencias acústicas– y Marcus, enfrentado a vencer sus miedos para poder apoyar a una madre a la que la situación empieza a superar, en un viaje interior, de niño a hombre, que recuerda al experimentado por el personaje de Tom Holland en Lo imposible (J.A. Bayona, 2012). No se puede negar que Un lugar tranquilo 2 ofrece más de lo mismo: enfrentamientos con criaturas que surgen de la nada en los momentos más inoportunos, escondites en herméticos búnkeres, que crean una sensación de claustrofobia notable, y esa misión de encontrar a más seres humanos con vida. El magnífico Cillian Murphy se revela como una gran aportación a la galería de personajes, como ese hombre que lo ha perdido todo (a su familia y la fe en la raza humana) y que encuentra en los Abbot una oportunidad de redención para perdonarse su culpa, consiguiendo suplir de manera convincente la ausencia del carismático Krasinski. Esta búsqueda de supervivientes posibilita el desdoblamiento de la acción en dos tramas paralelas, una vez que el grupo queda dividido en dos, siendo mucho más enérgica la que protagonizan Emmett y Regan –con secuencias tan vibrantes como la del embarcadero o el ataque al poblado de la isla–, frente a la más convencional (aunque no exenta de momentos genuinamente emocionantes) odisea de supervivencia de Evelyn y sus hijos varones. Una vez más, los efectos especiales vuelven a brillar a gran altura, pero es en el extraordinario uso que se hace del sonido –y la ausencia de él (angustiosos los momentos en los que asistimos a la pesadilla a través de la silente perspectiva de Regan)– donde la película encuentra su mayor aliado para generar auténtico pavor. Un lugar tranquilo 2 es una segunda parte más grande, ambiciosa y espectacular que la original, sí, pero jamás traiciona los elementos que hicieron de aquella una experiencia terrorífica con alma, algo que queda patente en la potente secuencia final, cargada de simbología y una heroicidad muy terrenal que parece beber del cine de M. Night Shyamalan en general y de Señales (2002) en particular. Podríamos tener una tercera aventura más de la familia Abbot contra los aliens, ya que este universo en ciernes da para bastante más sustos en el futuro, pero lo que tenemos hasta ahora es un espléndido díptico perfectamente compacto y coherente, que no hace más que confirmar el excepcional buen estado de salud por el que atraviesa el género.


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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