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    Crítica | Península

    Perro ladrador

    Crítica ★★☆☆☆ de «Península», de Yeon Sang-ho.

    Corea del Sur. 2020. Título original: Train to Busan 2 / 반도. Director: Yeon Sang-ho. Guion: Yeon Sang-ho y Ryu Yong-hae. Productores: Yeon-ho Kim y Dong-ha Lee. Productoras: RedPeter Film y Next Entertainment World. Fotografía: Hyung-deok Lee. Música: Mowg. Montaje: Jinmo Yang. Reparto: Dong-won Gang, Lee Jung-hyun, Re Lee, Min-Jae Kim, Kyo-hwan Koo, Do-yoon Kim, Ye-Won Lee y Hae-hyo Kwon.

    El cine de zombis es uno de tantos placeres culpables que procura el fantástico. El aficionado suele conformarse con pasar un buen rato, una aspiración tan legítima como difícil de satisfacer. Por esa razón, las fábulas políticas y las alegorías sociales, si las hay, no importan tanto como el vértigo y la ansiedad de ver a unos personajes acorralados, al borde de la extinción, y por ello mismo obligados a revelar su auténtica naturaleza. Se trata de sobrevivir, y ese instinto primario lo devora felizmente todo. Quizá por su procedencia, a la saga Train to Busan se le han buscado lecturas un tanto forzadas, cuando el motor de la trilogía lo constituye claramente un compendio de referencias y homenajes que ya apenas se disimulan en Península. Con salida desde 1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York, John Carpenter, 1981) y destino en la serie Mad Max, haciendo parada especial en Más allá de la cúpula del trueno (Mad Max Beyond Thunderdome, George Miller y George Ogilvie, 1985), la película de Yeon Sang-ho propone un sencillo ejercicio de acción que responde al clásico esquema de entrada-rescate-huida. Como en tantos otros survivals, no importa la amenaza, sino la manera de expresarla y el efecto que provoca. El problema se presenta, como es el caso, cuando la sencillez dramática se confunde con la simplicidad narrativa.

    Ni Carpenter ni Miller perdieron energías en la articulación literaria de sus historias; sabían que ahí no estaba El Dorado de sus películas. El talento se concentraba en rodar cada escena con la mayor variedad posible de recursos visuales, todos ellos dirigidos a trasladar al espectador esa sensación de agonía sin la cual este tipo de aventuras carece de interés. Pasarlo mal o no, esa es la cuestión. En Península, pese al evidente esfuerzo en términos de producción, las vicisitudes de Jung Seok (Dong-won Gang), un exmilitar atormentado por la muerte de su hermana, y Min Jung (Lee Jung-hyun), una mujer que vive con sus dos hijas y su padre en Inchon, terminan disolviéndose en un magma de carreras y persecuciones en coche pobremente dirigidas. Yeon abusa del plano general y de la tecnología digital –lo primero es consecuencia de lo segundo– para recrear la acción entre las ruinas apocalípticas de la ciudad, y en esa exhibición de medios se olvida de trasladar el relato a un plano más cercano y, por lo tanto, físico. En Train to Busan (2016) los zombis son perros que muerden; en Península son perros que ladran.

    Hay una imagen significativa al respecto. A su llegada a Inchon, Jung Seok descubre una estructura de cristal donde se amontonan decenas de zombis hambrientos. Estremece la visión de esa turba enfurecida que intenta salir para alimentarse, pero no provoca un miedo paralizador. Al convertirlos en masa, y controlarlos, el director conduce a los zombis a un territorio abstracto, inconcreto, que anula en buena medida la sensación de espanto que deberían producir. Resulta sorprendente que Yeon tome este camino, ya que una de las virtudes de la primera Train to Busan es precisamente la individualización progresiva de la pandemia. El equipo de béisbol, la animadora, el personal del tren, las hermanas, el político, el analista financiero, el futuro papá… Casi todos los personajes principales se convierten en zombis, y desde esa condición, al otro lado del espejo, asedian a los supervivientes. Romero solía decir en este sentido que un zombi no da miedo, pero un vecino zombi, sí.

    반도, Yeon Sang-ho.
    Reformulación y ¿cierre? de franquicia.

    «Si la historia es ligera y la narrativa sencilla, como suele ser norma en este género, el director de turno está poco menos que obligado a crear personajes memorables, icónicos, capaces de concentrar la mirada sobre ellos. En Península, aunque el problema se extiende a toda la serie, no hay rastro de un Snake Plissken ni un Max Rockatansky, si uno se fija en sus referentes explícitos».


    Esta diferencia de matiz valdría para categorizar las películas de zombis producidas en los últimos veinte años, a partir del éxito editorial de Los muertos vivientes (2003) y Guerra Mundial Z (2006). En Península, explicaría además sus problemas como ficción de entretenimiento. Yeon se lo pone realmente complicado al público desdibujando así a los zombis; por partida doble, puesto que la mayoría de ellos son monigotes digitales que saltan, corren y trepan como ninjas. El espectáculo de supervivencia que organizan los miembros de la Unidad 631, el grupo paramilitar que persigue a Jung Seok y a Min Jung por las calles de Inchon, representa bien esta desviación de tono e intenciones respecto a la primera parte de la saga. Matar zombis es ahora un juego, no un acto de supervivencia. Otro detalle problemático, posiblemente relacionado con la calificación por edades, es el hecho de que los zombis están concebidos a la manera de los fantasmas (gwishin) de la mitología coreana, protagonistas de decenas de cuentos del folclore popular. Pegarle un tiro a una criatura endemoniada tiene una connotación diferente a disparar sobre un zombi, que es una persona envilecida generalmente por otros motivos, pero una persona, al fin y al cabo. Esa deshumanización del zombi juega en contra de las pretensiones sentimentales de Península, que no alcanza nunca el grado de emotividad de sus predecesoras.

    Cuando lo intenta, en particular en la secuencia final, se pone de manifiesto otro de los problemas básicos de la película: la definición de los personajes. Si la historia es ligera y la narrativa sencilla, como suele ser norma en este género, el director de turno está poco menos que obligado a crear personajes memorables, icónicos, capaces de concentrar la mirada sobre ellos. En Península, aunque el problema se extiende a toda la serie, no hay rastro de un Snake Plissken ni un Max Rockatansky, si uno se fija en sus referentes explícitos. Pero tampoco lo hay de un Rick Grimes (The Walking Dead), un Jim (28 días después), una Ana (Amanecer de los muertos) o una Alice (Resident Evil), si se amplía el marco de conexiones al zombi comercial de multisalas, que es la liga natural de esta franquicia. Precisamente ahora que se habla de un posible reboot de Resident Evil, sería conveniente valorar en su justa medida la creatividad de un autor, Paul W.S. Anderson, que se maneja como nadie en la difícil tarea de entretener. Porque si de eso se trata, que no es poco, se requieren figuras con las ideas claras.


    Raúl Álvarez |
    © Revista EAM / Madrid


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