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    Especial siglo XXI | «La madurez de la ciencia ficción»


    La madurez de la ciencia ficción

    Ensayo de José Martín sobre el cine del siglo XXI

    Especial 13º aniversario de EAM: el cine del siglo XXI

    El siglo XX culminó con una década, la de los 90, muy feliz para el género de ciencia ficción. Después de unos 80 dominados por la fantasía pura, el cine fantástico comenzó a ofrecer propuestas mucho más complejas que aunaban a la perfección espectáculo visual con inteligencia. Desde Desafío total (Paul Verhoeven, 1990), aquel apabullante vehículo de acción y lucimiento de Arnold Schwarzenegger que adaptaba a Philip K. Dick, muchas fueron las películas que nos sumergieron en sombrías sociedades distópicas o plantearon debates sobre la mala utilización de los avances tecnológicos o científicos. Los amantes del género disfrutamos como niños con los dinosaurios de Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993); el manga robótico de Ghost in the Shell (Mamoru Oshii, 1995); Bruce Willis convertido en viajero en el tiempo para salvar al mundo de una aniquiladora pandemia en Doce monos (Terry Gilliam, 1995); un cambio de siglo con amenaza de apocalipsis en Días extraños (Kathryn Bigelow, 1995); el acercamiento a la vida extraterrestre de Jodie Foster en Contact (Robert Zemeckis, 1997); la pesadilla sobre genética de Gattaca (Andrew Niccol, 1997); el asfixiante encierro en el letal habitáculo de Cube (Vincenzo Natali, 1997) o la realidad virtual (con horrores de la carne incluidos) de eXistenZ (David Cronenberg, 1999). No es de extrañar que en mi selección personal de títulos favoritos de lo que llevamos de siglo XXI haya una presencia mayoritaria de obras enmarcadas en el fantástico, cuando no directamente en la ciencia ficción. Y es que el género, al margen del apogeo del cine de superhéroes, continúa dando pasos de gigante y ganándose un aprecio de la crítica que, salvo en casos puntuales, se le solía negar con facilidad.

    El mexicano Alfonso Cuarón se ha convertido en director indispensable, garantía de calidad sea cual sea el género que acometa. La nominación al Óscar por su guion de la personal Y tu mamá también (2001) le abrió las puertas a proyectos más ambiciosos en los que dejó una impronta de genialidad muy por encima de algunos proyectos —suyo es Harry Potter y el prisionero de Azkaban (2004), tercer y mejor episodio de la exitosa saga del niño mago—. También la odisea espacial de Sandra Bullock, espléndida como astronauta abandonada en la soledad del espacio en Gravity (2013) —ganadora de 7 Óscars, incluido el de mejor director— o la cinta más personal y autobiográfica de su carrera, Roma (2018), con la que consiguió otras tres estatuillas doradas. Dos obras maestras que bien podrían haber formado parte de mi lista, pero ha sido Hijos de los hombres (2006) la que se ha ganado el privilegio de coronarla. Esta adaptación de la novela de P.D. James mostraba una sociedad futura no muy lejana (2027) y, por desgracia, perfectamente real y reconocible. En ella, la humanidad se enfrenta a la extinción desde que, 18 años atrás, los hombres perdieran la capacidad de procrear, y al protagonista, Theo (inolvidable Clive Owen), un ex-activista de vuelta de todo, se le encomienda la misión de sacar de una Londres fuertemente militarizada a una joven (Claire-Hope Ashitey) que, de manera «milagrosa», está embarazada. Julianne Moore, Chiwetel Ejiofor, Danny Huston, Peter Mullan y un extraordinario Michael Caine acompañan a Owen en una parábola futurista deprimente y veraz que, a pesar de todo, encierra en su redondo final esperanza en el ser humano. Con una fotografía de Emmanuel Lubezki magistral que confiere una estética casi documental a la historia y una ambientación perfecta, Hijos de los hombres es una experiencia emocionante y profundamente inmersiva, que cuenta con tres planos secuencia que merecen formar parte de la historia del cine y que colocan al espectador en pleno campo de batalla. Cuarón demuestra ser un cineasta con un ejemplar dominio de la técnica y un amor inmenso hacia sus personajes.

    Imágenes de cabecera y cierre: Hijos de los hombres (Alfonso Cuarón, 2006).
    Mad Max: Furia en la carretera (George Miller, 2015).

    «Hijos de los hombres es una experiencia emocionante y profundamente inmersiva, que cuenta con tres planos secuencia que merecen formar parte de la historia del cine y que colocan al espectador en pleno campo de batalla».


    Las 21 mejores películas del siglo XXI para José Martín

    George Miller dio la campanada en 1979 con Mad Max, una pequeña película de acción australiana protagonizada por el entonces desconocido Mel Gibson. Ambientada en un futuro postnuclear, la historia mostraba la encarnizada lucha de un policía contra una horda de delincuentes de la carretera, poniendo en peligro la vida de su familia. Con estética de cómic, imágenes rompedoras y una ultraviolencia que rozaba el sadismo, recaudó 100 millones de dólares, lanzando a la fama a Gibson, que repitió personaje en las secuelas Mad Max 2: El guerrero de la carretera (1981) —la mejor entrega de la trilogía original— y Mad Max 3: Más allá de la cúpula del trueno (1985), que apostaron definitivamente por los paisajes desolados, los supervivientes del holocausto enfrentados en violentas tribus y los más extravagantes vehículos dándolo todo en las secuencias de acción. Tuvieron que pasar treinta años para que Miller se decidiera a resucitar su rentable saga y los resultados no pudieron ser mejores. Mad Max: Furia en la carretera (2015) no solo supera en todos los niveles a las cintas protagonizadas por Gibson, sino que podría ser considerada la mejor película de acción de todos los tiempos. El encargado de tomar el relevo en el papel de Max es Tom Hardy, aunque su presencia queda algo eclipsada por esa fuerza de la naturaleza que fue Charlize Theron en el rol de la aguerrida Emperatriz Furiosa, que, con su brazo biónico, conduce una caravana de mujeres que huyen de la esclavitud del Señor de la guerra. Toda una superproducción de 150 millones de dólares de presupuesto que explotaba al máximo las posibilidades abiertas por el universo ideado en los 80 por Miller, a través de un poderío visual de primer orden (la colorista fotografía de John Seale hace que parezca un cómic en movimiento) y unas espectaculares secuencias de acción sin tregua en pleno desierto —Mad Max: Fury Road no es otra cosa que una larga y trepidante persecución—. De 10 nominaciones, ganó 6 Óscars técnicos, consiguiendo la proeza de haber optado a estatuillas tan importantes como las de mejor película y director.

    Sin duda, uno de los cineastas que más han aportado al séptimo arte en este siglo XXI ha sido Christopher Nolan, poseedor de una filmografía intachable desde que debutara con Following (1998). Memento (2000); su personal visión del universo DC y el personaje de Batman de su trilogía de El caballero oscuro, considerada, por méritos propios, como unas de las mejores películas basadas en personajes de cómic –especialmente, la segunda, con un fabuloso Heath Ledger que ganó el Óscar póstumo como mejor actor secundario por su encarnación del Joker–; la fascinante inmersión en el complejo mundo de los sueños y el subconsciente de Origen (2010); una intensa aproximación al cine bélico, enmarcada en la II Guerra Mundial, Dunkerque (2017) o el thriller con viajes temporales Tenet (2020), primer blockbuster estrenado en época de pandemia, dejan constancia de su enorme ambición a la hora de ofrecer experiencias audiovisuales que no dejan indiferente. De su filmografía, es Interstellar (2014) es, probablemente, su título más complejo y arriesgado y, por ello, el más sobresaliente. Una peripecia espacial que rehúye la espectacularidad gratuita (pese a que es un deleite visual de primera categoría) para entrar en unos terrenos más reflexivos, espirituales y filosóficos, que la acercan a la imprescindible 2001, una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968). La historia nos presenta el emocionante viaje (físico y emocional) de un grupo de exploradores en busca de un nuevo planeta que sea capaz de albergar vida, después de esta esté llegando a su fin en la Tierra, capitaneados por un piloto a quien Matthew McConaughey dota de gran humanidad en una actuación mayúscula, bien secundado por Anne Hathaway, Jessica Chastain, Matt Damon o Michael Caine. La música de Hans Zimmer, habitual en el cine de Nolan, es otro de los puntos fuertes de esta joya del género que, con el paso de los años, debería alcanzar la categoría de clásico.

    Interstellar (Christopher Nolan, 2014).

    «Interstellar es, probablemente, el título más complejo y arriesgado de Nolan y, por ello, el más sobresaliente. Una peripecia espacial que rehúye la espectacularidad gratuita (pese a que es un deleite visual de primera categoría) para entrar en unos terrenos más reflexivos, espirituales y filosóficos, que la acercan a la imprescindible 2001, una odisea del espacio ».


    Esto fue lo que ocurrió en su día con Blade runner (Ridley Scott, 1982), hoy considerada una obra cumbre del género y, sin embargo, bastante ninguneada por crítica y público en el momento de su estreno. Ahora es impensable no echar la vista sobre aquella fascinante cinta, parcialmente basada en la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, y no ensalzar la fuerza de la historia de amor entre el agente Rick Deckard (Harrison Ford en uno de sus mejores trabajos) y la replicante Rachel (bellísima Sean Young), su evocadora estética de cine negro clásico combinada con unos efectos especiales alucinantes, la inolvidable banda sonora de Vangelis y, sobre todo, un «villano» antológico, el Roy Batty encarnado por un superlativo Rutger Hauer que tenía el monólogo más emocionante de la Historia del Cine. Después de décadas de rumores continuos de posible secuela, finalmente esta llegó 35 años después, de la mano de un cineasta tan personal como Denis Villeneuve. Responsable de trabajos tan interesantes como Incendies (2010), Enemy (2013) u otra joya de la ciencia ficción como La llegada (2016), donde la estupenda Amy Adams era una lingüista entregada a la responsabilidad de comunicarse con una raza alienígena que llega a nuestro planeta, Villeneuve ha hecho con Blade Runner 2049 (2017) una secuela que respeta al clásico y, a la vez, expande su universo entregando algo completamente nuevo. Harrison Ford regresa como un Deckard crepuscular, dejando el protagonismo a un Ryan Gosling impecable en su rol de K, un replicante con conflictos existenciales. La (más que agradable) sorpresa del reparto llegó de la mano de una Ana de Armas encantadora como la novia holográfica de K. Este subyugante espectáculo visual de primer orden, engrandecido por la fotografía de Roger Deakins –ganadora del Óscar–, superó todas las expectativas, convirtiéndose en una digna continuación de la emblemática obra maestra de Ridley Scott, elegante, arriesgada y que combina a la perfección espectacularidad e intimismo. Y es que, al igual que su predecesora, Blade Runner 2049, en medio de debates sobre la obsesión del hombre a jugar a ser Dios, encuentra su corazón en una historia de amor fatalista y emocionante.

    Spike Jonze lleva demostrando que es un genio, no solo como director, sino también como brillante guionista, desde que sorprendiera a medio mundo con aquella excentricidad que fue su ópera prima Cómo ser John Malkovich (1999), cuya originalísima premisa fantaseaba, para regocijo de unos juguetones John Cusack y Cameron Díaz, con la posibilidad de poder acceder al mismo cerebro del actor John Malkovich (hilarante, riéndose de sí mismo) desde una pequeña puerta oculta en la planta 7,5 de un edificio de Manhattan, y así poder vivir experiencias de la estrella de cine en el interior de su cuerpo. Con Adaptation. El ladrón de orquídeas (2002) y Donde viven los monstruos (2009) –preciosa adaptación del libro infantil de Maurice Sendak en la que las criaturas creadas por la imaginación del niño protagonista simbolizaban los distintos rasgos de su personalidad– no bajó el listón de creatividad y calidad, pero sería con Her (2013) cuando alcanzaría el punto más alto de su magnífica trayectoria. La historia, ganadora del Óscar a mejor guion, presenta un futuro cercano monopolizado por la tecnología. Los ambientes y la premisa son los propios de una película de ciencia ficción distópica, pero, en realidad, esconde una deliciosa reflexión sobre la soledad y las dificultades de las relaciones de pareja. Temas universales y atemporales que son planteados en un escenario futurista absolutamente reconocible. Joaquin Phoenix está maravilloso como ese solitario escritor de cartas personales para gente que no puede hacerlo, que se enamora de Samantha (con la sensual voz de Scarlett Johansson), un sistema operativo de inteligencia artificial que compra para casa. Jonze creó con esta obra una de las historias de amor más inusuales de los últimos años, hipnótica, divertida y melancólica a partes iguales, y con un reparto de lujo que incluye también a Amy Adams, Rooney Mara, Chris Pratt y Olivia Wilde.

    Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017).

    «Al igual que su predecesora, Blade Runner 2049, en medio de debates sobre la obsesión del hombre a jugar a ser Dios, encuentra su corazón en una historia de amor fatalista y emocionante».


    Con su personalísima visión del vampirismo en Cronos (1993), el mexicano Guillermo del Toro ya dejó claro que tenía mucho que ofrecer como realizador en el campo del cine fantástico. Hollywood fue consciente de su talento y rápidamente le reclutó para títulos como Mimic (1997), Blade II (2002) –secuela de las aventuras del héroe vampiro de los cómics que superó a la original–, el divertido díptico sobre el cómic de Mike Mignola Hellboy, Pacific Rim (2013) –espectacular aventura que enfrentaba a robots gigantes contra criaturas Kaiju– o esa hermosa historia de amor entre una solitaria limpiadora muda y el hombre anfibio encerrado en el laboratorio donde trabaja que fue La forma del agua (2017), con la que conquistó los Óscar a mejor película y director. En medio, del Toro tuvo tiempo para realizar dos incursiones en el cine español que fueron muy celebradas: El espinazo del diablo (2001) y, muy especialmente, El laberinto del fauno (2006), laureada fantasía ambientada, al igual que la anterior, en los oscuros tiempos que precedieron al final de la Guerra Civil española. La historia de la pequeña Ofelia (Ivana Baquero), que, cuán Alicia en el País de las Maravillas, se sumerge en un mundo de fantasía ¿imaginario? para evadirse de los horrores que le rodean, entre ellos el autoritarismo de su padrastro, el capitán Vidal (aterrador Sergi López), traspasó fronteras y fue un éxito internacional, ganando 7 Goyas, 3 Óscar, entre una multitud de premios más. Pocas veces el cine ha sabido combinar tan bien el horror de la guerra y el sentido de la maravilla propio de un (tenebroso) cuento de hadas, consiguiendo un complicado equilibrio entre ambas vertientes y triunfando, finalmente, en ambas. Los efectos especiales y la capacidad innata de su creador para construir imágenes de una fuerza visual poderosísima, así como las grandes interpretaciones de actores como Álex Angulo, Ariadna Gil, una cautivadora Maribel Verdú y el extraordinario Doug Jones, presencia fetiche, siempre caracterizada de criatura, de las obras de Guillermo del Toro, que aquí da vida al fauno del título, hacen de esta una gran película que sigue siendo el punto más alto de la trayectoria de este maestro del fantástico moderno, por lo que no podía faltar en mi lista de lo mejor del siglo XXI.

    El francés Michel Gondry proviene del campo publicitario y los vídeos musicales (ha realizado muchos de los videoclips de Björk, además de colaborar más de una vez con otros artistas como Kylie Minogue o Radiohead), así que su capacidad innovadora en el terreno visual sería uno de sus grandes rasgos una vez que dio el salto al cine. Human Nature (2001) fue un debut irregular aunque interesante, mientras que títulos como La ciencia del sueño (2006) o La espuma de los días (2013) mezclaron surrealismo y romance con una exquisita (y muy personal) sensibilidad. Junto a estos dos últimos podría formar una sensacional trilogía ¡Olvídate de mí! (2004), la auténtica joya de la corona de su filmografía. En ella repitió con el guionista Charlie Kaufman (trabajo que fue recompensado con un Óscar al mejor guion original) después de su ópera prima, que fabuló una maravillosa historia de amor en la que Jim Carrey –en una etapa en la que consiguió desprenderse de su imagen de payaso gracias a proyectos tan notables como El show de Truman (Peter Weir, 1998), Man on the Moon (Milos Forman, 1999) o The Majestic (Frank Darabont, 2001)– era Joel, un hombre con el corazón partido tras descubrir que el amor de su vida, Clementine (deslumbrante Kate Winslett en una actuación nominada al Óscar), había hecho borrar todos los recuerdos de su memoria, a través de un revolucionario proceso creado por un científico. Carrey y Winslett, contra todo pronóstico, alcanzaron una gran química romántica en pantalla, admirablemente secundados por unos perfectos Mark Ruffalo, Kirsten Dunst, Elijah Wood y Tom Wilkinson, y la película, divertida, ingeniosa y, por momentos, conmovedora, se convirtió en título de culto instantáneo. Una de esas anomalías inclasificables y maravillosas, provenientes del cine independiente y que aportan algo nuevo y diferente dentro del género de la ciencia ficción, reflexionando, al igual que Her, sobre lo complicadas que son las relaciones de pareja. A fin de cuentas, todos podemos sentirnos identificados con Joel y Clementine. Hemos vivido historias de amor que quisiéramos borrar de nuestras cabezas y, al mismo tiempo, somos conscientes de que nos han marcado para siempre.

    A.I. Inteligencia Artificial (Steven Spielberg, 2001).

    «La ciencia ficción ha sido el género con el que Spielberg comenzó, de manera fuerte, el siglo XXI, gracias a una suerte de trilogía formada por dos excelentes vehículos de acción para Tom Cruise, Minority Report, el fascinante remake de La guerra de los mundos, y A.I. Inteligencia Artificial, tal vez la obra más incomprendida de las tres y, al mismo tiempo, la más rica».


    No podía faltar en la lista un director excepcional que lleva maravillando a generaciones de cinéfilos desde que le descubriéramos con la mítica El diablo sobre ruedas (1971). Steven Spielberg ha sido uno de los cineastas que mejor han dominado la fantasía y dirigió algunos de los mayores clásicos del siglo XX en este terreno, como Encuentros en la tercera fase (1977) o E.T., el extraterrestre (1982). La ciencia ficción ha sido el género con el que comenzó, de manera fuerte, el siglo XXI, gracias a una suerte de trilogía formada por dos excelentes vehículos de acción para Tom Cruise, Minority Report (2002) –la mejor adaptación de Philip K. Dick al cine junto a Blade Runner– y el fascinante remake de La guerra de los mundos (2005), y A.I. Inteligencia Artificial (2001), tal vez la obra más incomprendida de las tres y, al mismo tiempo, la más rica. Spielberg se hizo con las riendas de un proyecto largamente acariciado (desde la década de los 70) por el maestro Stanley Kubrick, pero que no se había decidido emprender hasta que la tecnología de la imagen creada por ordenador no fuese lo suficientemente avanzada para sustituir el trabajo de un actor infantil en la sintética piel del protagonista, David. La muerte del director tras el rodaje de Eyes Wide Shut (1999) hizo que el guion de Ian Watson, sobre la novela de Brian Aldiss Los superjuguetes duran todo el verano, pasara a sus manos y fuese convertido en una película futurista mucho más emocional, sin duda, de lo que habría hecho el más cerebral Kubrick. Esa sensibilidad spielbergriana fue el ingrediente más atacado por los haters en el momento de su estreno y la cinta recaudó unos insuficientes 235 millones de dólares. Pero este aura de obra fracasada no hace más que agrandar la leyenda de un filme que va ganando con los años. La historia, con claras referencias a Pinocho, presentaba una sociedad futura en la que humanos conviven con robots que les ayudan a hacer la vida más fácil y al pequeño androide Daniel –asombroso Haley Joel Osment que, tras su nominación al Óscar por El sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999), demuestra que Kubrick se equivocó cuando pensaba que ningún niño sería capaz de encarnar al personaje con convicción– le programaban para amar a unos padres que buscan sustituir a su hijo perdido. A.I. Inteligencia Artificial es una grandiosa epopeya de ciencia ficción en la que conviven la magia de Spielberg y la inteligencia de Kubrick de manera armoniosa. Un espectáculo visual apabullante, emocionante y poderoso en el que también brilla un Jude Law maravilloso, y que cuenta con un tramo final tan desgarrador que merece figurar entre lo mejor que ha filmado el rey Midas de Hollywood en su ya generosa trayectoria. La espléndida y multirreferencial Ready Player One (2018) hace que alberguemos esperanzas de que Spielberg aún tiene mucho que seguir aportando al género.

    Muchos son los títulos que podrían haber figurado en la lista también y que sería una lástima no mencionar. Obras que han apostado por historias que, además de entretener y ofrecer, en muchos de los casos, poderosas imágenes, también hacen pensar y plantean cuestiones más terrenales fuera de la fantasía. Junto a sagas como las de Star Wars, Star Trek o El planeta de los simios, brillantemente replanteadas para los nuevos tiempos y en plena forma, hay que agradecer que algunos cineastas apuesten por historias nuevas y rompedoras. Estos son los casos de Donnie Darko (Richard Kelly, 2001), Equilibrium (Kurt Wimmer, 2002), Señales (M. Night Shyamalan, 2002), Código 46 (Michael Winterbottom, 2003), Primer (Shane Carruth, 2004), 2046 (Wong Kar-Wai, 2004), El efecto mariposa (Eric Bress, J. Mackye Gruber, 2004), Yo, robot (Alex Proyas, 2004), V de Vendetta (John McTeigue, 2005), La fuente de la vida (Darren Aronofsky, 2006), A Scanner Darkly (Richard Linklater, 2006), The Man from Earth (Richard Schenkman, 2007), Sunshine (Danny Boyle, 2007), Los cronocrímenes (Nacho Vigalondo, 2007), Monstruoso (Matt Reeves, 2008), Las vidas posibles de Mr. Nobody (Jaco Van Dormael, 2009), Moon (Duncan Jones, 2009), Distrito 9 (Neill Blomkamp, 2009), Avatar (James Cameron, 2009), Monsters (Gareth Edwards, 2010), Beyond the Black Rainmow (Panos Cosmatos, 2010), Nunca me abandones (Mark Romanek, 2010), Melancolía (Lars von Trier, 2011), Super 8 (J.J. Abrams, 2011), Código fuente (Duncan Jones, 2011), Attack the Block (Joe Cornish, 2011), Perfect Sense (David Mackenzie, 2011), Otra Tierra (Mike Cahill, 2011), Sound of My Voice (Zal Batmanglij, 2011), Dredd (Pete Travis, 2012), Holy Motors (Leos Carax, 2012), Looper (Rian Johnson, 2012), El atlas de las nubes (Tom Tykwer, Lilly Wachowski, Lana Wachowski. 2012), John Carter (Andrew Stanton, 2012), Seguridad no garantizada (Colin Trevorrow, 2012), Chronicle (Josh Trank, 2012), Coherence (James Ward Byrkit, 2013), Elysium (Neill Blomkamp, 2013), El congreso (Ari Folman, 2013), Upstream Color (Shane Carruth, 2013), Under the Skin (Jonathan Glazer, 2013), Rompenieves (Bong Joon-ho, 2013), The One I Love (Charlie McDowell, 2014), Spring (Justin Benson, Aaron Moorhead, 2014), Predestination (The Spierig Brothers, 2014), Young Ones (Jake Paltrow, 2014), Al filo del mañana (Doug Liman, 2014), Ex Machina (Alex Garland, 2015), Marte (Ridley Scott, 2015), El vacío (Jeremy Gillespie, Steven Kostanski, 2015), Midnight Special (Jeff Nichols, 2016), El infinito (Justin Benson, Aaron Moorhead, 2017), Jupiter's Moon (Kornél Mundruczó, 2017), High Life (Claire Denis, 2018), Aniquilación (Alex Garland, 2018), Upgrade (Leigh Whannell, 2018), Ad Astra (James Gray, 2019), Colour Out of Space (Richard Stanley, 2019), Vivarium (Lorcan Finnegan, 2019), The Vast of Night (Andrew Patterson, 2019), I Am Mother (Grant Sputore, 2019), El hoyo (Galder Gaztelu-Urrutia, 2019) o Possessor (Brandon Cronenberg, 2020). Un siglo fantástico, sin duda.


    José Martín León |
    © Revista EAM / Las Palmas


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