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    Crítica | Una niña

    Ser como eres

    Crítica ★★★☆☆ de «Una niña» de Sébastien Lifshitz.

    Francia-Dinamarca, 2020. Título original: Petite fille. Dirección y guion: Sébastien Lifshitz. Fotografía: Paul Guilhaume. Sonido y Diseño sonoro: Yolande Decarsin, Kristian Eidness Andersen. Música: Thibault Deboaisne. Montaje: Pauline Gaillard. Productora: Muriel Meynard. Compañías productoras: Agat Films & Cie en coproducción con ARTE France y Final Cut For Real, con el apoyo de La Procirep-Angoa y Danish Film Institute, con la participación del Centre National du Cinéma et de l'image animée, en asociación con Cinémage 13. Duración: 85 minutos.

    Frente a la mirada limpia, a veces invadida por el dolor y la frustración, de Sasha; el director Sébastien Lifshitz utiliza el fuera de campo como elemento distorsionador de la paz familiar. Un enemigo a combatir que permanece invisible para nuestros ojos pero que condiciona absolutamente el relato. Petite fille contiene tantos elementos de alabanza como de reparo. No puede ser casualidad que se estrene justo ahora en España, elemento oportunista de distribución en tiempos donde captar un espectador resulta una tarea complicada para un sector desfalleciente, cuando la película anterior y casi simultánea no ha conseguido estrenarse en salas, Adolescentes. Nos habla de una niña atrapada en cuerpo de niño. Una niña a la que seguimos durante un año, alrededor de su noveno-décimo cumpleaños, y que es sobreexpuesta de manera permanente por la cámara del cineasta. En medio de la polémica entre los socios de gobierno y sectores feministas acerca del alcance de la ley que regule la transexualidad, la película habla de batallas cotidianas, del ejercicio de una libertad individual que ni daña ni perjudica la de los demás. Una niña que lucha por serlo socialmente con el apoyo incondicional de su familia por encima de los condicionantes fisiológicos.

    La limpieza de la mirada de Sasha queda empañada, innecesariamente, por recursos formales destinados a conseguir la empatía emocional del espectador de manera gratuita. Uno de los peores es el uso musical escogido para acompañar las imágenes, el énfasis sentimental de determinados momentos viene subrayado por una música superflua dirigida a señalar al espectador el momento en que toca emocionarse. Otro, que roza esa pornografía destinada a participar de lo que siente el personaje se quiera o no, es el de sostener el primer plano sobre el rostro de la niña, esperando el momento en que sus ojos se van a llenar de lágrimas recordando las situaciones de acoso o maltrato que sufre en el colegio. Son detalles que empequeñecen la película porque lo importante de la misma sería la muestra innegable de una realidad que existe y que no obedece a un capricho, como igual de relevante es dejar traslucir sin filtros la homofobia latente en nuestra sociedad occidental. Porque no hayan querido ser filmados, o porque se haya decidido huir de mostrar en imágenes a los elementos discordantes y desestabilizadores, Una niña queda como relato íntimo del dolor y la esperanza de alcanzar lo que se desea. El sufrimiento provocado por lo externo sólo lo contemplamos en sus consecuencias, pero no en sus acciones directas cuando estas se producen.

    Aceptado el género de la niña por la familia, la película habla de la batalla de esta última por conseguir que Sasha sea tratada como lo que quiere ser y no como la dirección escolar quiere que se muestre conforme a su sexo biológico. Hay dos momentos mucho más crueles relacionados con el ballet que practica Sasha que la sobreexposición de la niña hasta que llora ante la cámara. Es la visibilización sutil de la discriminación, la de ser tratada con el género masculino, el ser obligada a vestir como «príncipe» y no como «princesa». Son momentos donde la película logra el efecto de un buen observador, cuando selecciona entre el material filmado aquello que chirría, que justifica el dolor e impotencia de una niña cuando se siente rechazada en su personalidad y es obligada a desarrollar un rol que no quiere y no siente. Es en el detalle donde la película consigue superarse y soltar el lastre del recurso fácil, es mucho más revelador ver a los hermanos jugar en casa o a Sasha con sus amigas que asistir al «busto parlante» (ese mal recurso del cine documental que se transforma en reportaje televisivo) de una madre que adopta la posición de coprotagonista en el dolor.

    Petite fille, Sébastien Lifshitz
    La estrena en España Good Films | 📷 Paul Guilhaume, DOP.

    «Es en el detalle donde la película consigue superarse y soltar el lastre del recurso fácil, es mucho más revelador ver a los hermanos jugar en casa o a Sasha con sus amigas que asistir al «busto parlante» (ese mal recurso del cine documental que se transforma en reportaje televisivo) de una madre que adopta la posición de coprotagonista en el dolor».


    «Qué gusto», dice Sasha cuando se quita la ropa con la que es obligada a ir al colegio y se puede colocar un vestido en su casa. En la Francia laica y republicana, paradigma de la libertad, todo es más oscuro de lo que los lemas y soflamas de la revolución parecerían predicar. El enemigo de Sasha es el sistema educativo, que aparece en la película como aparato de represión, indirecta si se quiere, pero pieza nuclear de la uniformización de costumbres y modelos, como elemento de preservación de la moral burguesa dominante que impone y no acepta lo diferente. Falta la voz de la otra parte, incluso saber por qué esa madre tan batalladora por los derechos de su hija no acude a instancias superiores exponiendo su caso ante las decisiones del centro escolar. Quizás entonces la película perdería fuelle o dramatismo, pero se respiraría más sincera. En todo caso, donde no hay duda, donde la película fluye con naturalidad y decencia es cuando filma a Sasha haciendo lo que cualquier niña haría libre de condicionantes. Ahí aparece la niña por más que haya quien se atreve a negarlo o rechazarlo. Es la diferencia entre bailar temerosa e insegura en el colegio o mostrarse como una mariposa en el jardín de su casa, la diferencia, trascendental, entre ser libre y no poder serlo.


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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