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    Crítica | Malcolm & Marie / Netflix


    Sucedió una noche

    Crítica ★★★☆☆ de «Malcolm & Marie», de Sam Levinson.

    Estados Unidos, 2021. Título original: «Malcolm & Marie». Director: Sam Levinson. Guion: Sam Levinson. Productores: Little Lamb, The Reasonable Bunch. Fotografía: Marcell Rév (B&W). Montaje: Julio Perez IV. Música: Labrinth. Reparto: Zendaya, John David Washington.

    La propuesta del director norteamericano Sam Levinson es, por encima de cualquier otro distintivo aplicable, ambiciosa. En la misma base de la película, en la esencia de su dramaturgia, se intuye un hambre voraz de demostrar algo. Rodada en espacio único en apenas dos semanas y en pleno confinamiento, ese afán se evidencia en su planteamiento, a priori sencillo, a modo de pieza de cámara pero contenedor de un denso y constante discurso (sobre el estado del arte a partir del cine, sobre temas raciales, dinámicas de poder…); también lo vemos cristalizado en su fotografía, de un estudiado, elegante, estético blanco y negro; incluso en las propias trayectorias de sus dos intérpretes. Está ella: la jovencísima Zendaya, que lleva poco más de tres años deconstruyendo su imagen de estrellita «Disney Channel», tras ser Mary-Jane en la nueva era de la saga Spider-Man (ambas entregas dirigidas por Jon Watts, la primera de 2017, la segunda de 2019), y a punto de aparecer en lo nuevo de Denis Villeneuve, la adaptación de Dune. Palabras mayores. Y, por supuesto, encarnando a Rue en la renombradísima serie del propio Levinson, Euphoria (HBO, 2019-presente), un dramatizado retrato de la generación Z coronado en luces de neón, brillante ejemplo del virtuosismo del creador.

    Junto a la Marie del título, encontramos a Malcolm, él: John David Washington, que tras un tardío inicio en la industria se abría paso en grandes títulos protagonizando Infiltrado en el KKKlan en 2018 (de Spike Lee, cineasta referente, notablemente citado en el filme de Sam Levinson), o la más reciente película de Christopher Nolan, Tenet (2020). El angelino se pone a prueba en Malcolm & Marie por partida doble. Por un lado, debe desmarcarse de su insípido Protagonista de la cinta de Nolan, mostrando una mayor amplitud de registro con un proyecto que se lo permite. Por otro, terminar de hacerse un nombre al margen de lazos familiares (es hijo del también actor Denzel Washington), aunque en este filme en concreto puede que esto último juegue un poco en su contra. La película de Levinson, que pone el texto tan al centro de la propuesta, característica de claras tendencias teatrales, podría recordar a Fences (2016), la película dirigida y protagonizada por su propio progenitor, Denzel, en la que el veterano actor alardeaba de una intensidad interpretativa que, cuando trasladada al cuerpo de su hijo en Malcolm & Marie, se percibe algo impostada. Ciertos vicios actorales que tienden a extremos histriónicos a lo largo del transcurso del ya tensionado argumento, en vez de apostar por una contención que contribuiría a dar un mayor equilibrio, ayudando a modular el resultado.

    «Nothing productive is going to be said tonight» («Nada productivo será dicho esta noche»), masculla irónicamente una enfurecida, aunque controlada, Marie. La pareja acaba de llegar a su moderna, enorme residencia de paredes y ventanas masivas, que parecen existir al margen de un mayor contexto urbanísticos, suspendidos en tiempo y espacio, tras el estreno del último filme de Malcolm. El cineasta, que aún espera su descubrimiento como nueva promesa del cine de autor, se encuentra exultante, borracho de reconocimiento fútil por el positivo recibimiento de la película en su premiere. Marie parece más reacia a ese estallido de fanfarronería, y Levinson no tardará en mostrar el verdadero conflicto (más allá de choque de idiosincrasias) que desencadenará la gran discusión que vertebra toda la pieza. Malcolm ha olvidado mencionarla en los agradecimientos. En la larga lista de nombres a destacar, no ha habido lugar para el de su pareja, de la que además quedará claro que ha tomado prestada parte de su traumática trayectoria personal para la obra. A priori, parece lógico suponer que un error de ese calibre puede generar un disgusto, una discusión incluso, pero que, tras hablarlo, uno esperaría que, con tiempo, se fuera pasando página hasta quedar finalmente superado. En el caso de Marie y Malcolm, ese lapsus esconde más de lo que puede parecer. A lo largo de la noche irán surgiendo uno a uno los puntos de conflicto, saliendo a la luz en forma de largos soliloquios, reproche y decepción, vulnerabilidad y rabia.

    Malcolm & Marie, Sam Levinson
    Primera apuesta potente de Netflix para 2021 | 📷 Marcell Rév.

    «Sólo alguien como Levinson, con una propuesta en el fondo tan imperfecta, que contiene en sí tanto ruido como el que genera en su recepción, podría crear una pieza que se sienta tan íntima y deje una resaca emocional de ese calibre».


    Como reza la canción final escogida por Sam Levinson, «There is a fine line between love and hate» (“hay una fina línea entre el amor y el odio”). Aprovechando el apunte, hay que destacar el trabajo realizado de compilación musical, que se extiende en el ambiente a modo de playlist de la trifulca, y que va desde el jazz clásico de Coltrane y Ellington hasta el más contemporáneo RnB synthpop del colaborador de Levinson, Labrinth, a quién ya conocemos por su participación en la increíble banda sonora de Euphoria. También a este proyecto debemos referirnos, especialmente a los capítulos sueltos que han salido los últimos meses, para hablar de la característica más interesante de la película, que tiene que ver con el guion (firmado por el propio Levinson) y su construcción de la relación entre personajes. Y es que, aunque en momentos la discusión pueda llegar a saturar (y saturarse) por esa pretensión de la que hablábamos de abarcar la máxima intensidad, el máximo discurso posible, la dinámica que se dibuja entre los dos protagonistas es realmente compleja. Eso es, al término de esa explosión de pensamientos (más abrupta en Washington, matizada en Zendaya), tras el más puro intercambio de alaridos, la sensación final no es la de una pareja rota, sino la de una que se conoce tan bien que sabe que lo que existe entre uno y otro es una distancia insalvable. Y, aún así, quieren seguir jugando al juego. Tras echarse en cara argumentos realmente sanguinarios, sabiendo que se hacen daño, sabiendo que están siendo injustos con ellos mismos y con el otro, reconocen en todo ese dolor las razones por las que estar juntos. Sólo alguien como Levinson, con una propuesta en el fondo tan imperfecta, que contiene en sí tanto ruido como el que genera en su recepción, podría crear una pieza que se sienta tan íntima y deje una resaca emocional de ese calibre.


    Júlia Gaitano Mendizábal |
    © Revista EAM / Barcelona


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