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    Crítica: Sweat

    Vida, ¿real?

    Crítica ★★★★☆ de «Sweat» de Magnus von Horn.

    Polonia, Suecia. 2020. Título original: Sweat. Dirección y guion: Magnus von Horn. Fotografía: Michał Dymek. Montaje: Agnieszka Glińska. Diseño de producción: Jagna Dobesz. Diseño de sonido: Michał Robaczewski. Intérpretes: Magdalena Koleśnik, Julian Świeżewski, Aleksandra Konieczna, Zbigniew Zamachowski. Compañías productoras: Lava Films. Productor: Mariusz Włodarski. Compañías coproductoras: Zentropa Sweden, Film i Väst, DI Factory, ITI Neovision S.A., EC1 Łódź – Miasto Kultury”, Opus Film. Con el apoyo: Polish Film Institute, Swedish Film Institute, Media Creative Europe. Productores asociados: Sophie Erbs, Tom Dercourt. 100 minutos. Sello Cannes 2020.

    Con Sweat el director sueco Magnus von Horn confirma las buenas impresiones transmitidas con su debut, Hereafter, película que como todo aquello que precisa de un esfuerzo del espectador parece destinado al pronto olvido o a la escasa repercusión crítica. Von Horn mantiene fiel su estilo con un relato centrado en una sola persona, cámara persiguiendo el rostro y el cuerpo de su referente; introspección, soledad, fracaso emocional. Hay en Sweat mucha de aquella desesperanza que transmitía su primera película, pero si en Hereafter el objeto de la lente era seguir a un adolescente derrotado de por vida, sin posibilidad de reinserción tras asesinar a su novia, en esta su segunda propuesta se opta por la particular reencarnación de una persona de éxito que, sin embargo, se encuentra en la misma encrucijada emocional que aquel menor de edad de su debut. El director crea una película que permite varias lecturas, a favor o en contra del modelo que se refleja en las imágenes, según el estado de ánimo o la empatía del espectador con el personaje, la historia o el conocimiento que se tenga de este tipo de realidades como son las vidas transmitidas en directo. Si hay una crítica feroz, una mera exposición de una realidad cotidiana, un acercamiento amable a la protagonista, va a depender mucho de cómo sea el punto de partida de cada uno, pero sea cual sea esa interpretación lo que no desmerece es la idea del conjunto construida con sólidos argumentos narrativos y con la seguridad que transmite saber qué se quiere contar y por qué.

    El cineasta recoge el día a día de una estrella en auge, una “influencer” de la vida sana y las rutinas deportivas en espacios cerrados, de las dietas hipocalóricas sin conocimientos médicos, de las marcas de ropa deportiva de diseño que va extendiéndose a cualquier aparato doméstico o bien consumible que permita su publicidad, un genuino producto prefabricado de magazine televisivo, famosa de centro comercial y de programas matutinos, carne de cañón para las revistas. No negaré que, personalmente, esta manera de relacionarse, de exponerse, de venderse me interesa entre muy poco o nada, pero me parece más comprensible la actitud de quien hace de su vida un escaparate que la de aquellos que siguen al minuto las insustanciales ocurrencias del gurú de turno. Dicho esto, que a nadie interesa pero que demuestra el grado de inmadurez social en el que nos desenvolvemos, no hay que olvidar que estamos en una ficción pero no hay más que darse un paseo por plataformas o redes sociales y comprobar como un video retransmitido por esta nueva especie cultural alcanza unas dimensiones de difusión imposibles para cualquier producto intelectual, científico o político de envergadura. Personas jóvenes, muy jóvenes, muchas de ellas sin formación académica de ningún tipo, emiten a diario consejos vitales dirigidos a personas tan inseguras que aceptan como un mandato religioso cualquier sugerencia o recomendación. La palabra del “youtuber” o del “instagramer” pasa a ser un mandamiento a respetar y obedecer; a cambio la cuenta corriente del beneficiado alcanza rendimientos inalcanzables con un trabajo clásico. Si estos entrenamientos de “fitness” se basan en las rutinas, la vida de Sylwia, la protagonista, también se construye a base de rutina, tanta como para terminar descargando en sus selfies y sus autovídeos parte de la derrota que lleva dentro.

    Sweat, Magnus von Horn.
    La confirmación del director sueco afincado en Polonia.




    «Consciente de que la reiteración de mensajes dedicados a sus seguidores, exhibiciones físicas y narración en directo de lo que no dejan de ser banalidades, podrían convertir la película en un fiasco sin sentido, reiterativo e intrascendente, Von Horn apuesta por la confrontación entre vida real y vida de las redes sociales para dibujar un preciso retrato de la protagonista, obsesionada por la soledad real no eliminada por la aparente carrera virtual exitosa».


    Von Horn, relativamente joven también (nacido en 1983), se siente cercano a esta realidad del presente, y así su filmación goza de la credibilidad que proporciona la inexistencia de dirigismo. Se puede interpretar que respeta la decisión tanto del que se publicita como de quien sigue sus andanzas minuto a minuto, incluso no se podría descartar que acepta y aplaude este modo de relación entre el “influencer” y su público, considerando este comportamiento como la única manera de ser honesto y veraz consigo mismo por encima incluso de las relaciones sociales convencionales. Su película transmite eficazmente, no se si de manera premeditada, la incapacidad del “influencer” para desconectar del trabajo y vivir una vida personal. Sentirse querido, sentirse elogiado, comprendido, copiado, finaliza en el momento en que el teléfono móvil deja de abrirse y comprobar el volumen de visitas, de reproducciones, de “me gusta”, de seguidores. Cuanto mayor es el volumen de todos esos datos, mayores son las posibilidades de una repercusión televisiva, de un mayor rendimiento de los contratos publicitarios, de mejores regalos o invitaciones a fiestas cada vez más selectas; pero detrás del escaparate, de ese cuerpo perfecto para el canon del presente, de esa vitalidad incansable, de esa obsesión por el culto físico al cuerpo abandonando por completo la mente, hay una mirada de vacío absoluto por muy magnética que resulte la mirada azul cristalina de la protagonista en su primera y destacadísima interpretación (Magdalena Kolesnik en el papel de Sylwia). La duda que se plantea al espectador, en ese elogiable punto en que se coloca el director de no tomar partido, es si hay que aceptar que no hay más vida en el presente que la de las redes sociales y el éxito en éstas es sinónimo de vivir, o si detrás de las turbulencias que se van formando en el día a día de Sylwia, Von Horn está colocando el punto de mira para reivindicar una vuelta a un humanismo de contacto real y no virtual.

    Consciente de que la reiteración de mensajes dedicados a sus seguidores, exhibiciones físicas y narración en directo de lo que no dejan de ser banalidades, podrían convertir la película en un fiasco sin sentido, reiterativo e intrascendente, Von Horn apuesta por la confrontación entre vida real y vida de las redes sociales para dibujar un preciso retrato de la protagonista, obsesionada por la soledad real no eliminada por la aparente carrera virtual exitosa. Para ello tiene que introducir pequeños elementos de perturbación, acontecimientos especulares que desmontan su teoría del éxito haciéndola repensar día tras día si no existe más que vacío en su vida, consumiendo esa aparente fortaleza exterior para mostrar un muñeco roto que no sabe salir de la rueda del hámster. Como el drogadicto, al personaje de Sylwia le resulta imposible romper con un presente que, cuanto más la encumbra, más impide su relación con las personas de carne y hueso. Creer que quien te sigue en una red social es un cómplice, un amigo, un apoyo, te abre los ojos cuando te cruzas con un acosador sexual; querer compañía para no terminar de pasar la noche sola conduce al equívoco de confundir contacto personal con sexo, pretender comportarte con tu familia como el centro de atención al que estás acostumbrada te enfrenta con una ducha de realidad y a una falsa sensación de desprecio o envidia porque te das cuenta de que hay mucha gente a la que no le importa nada cual sea tu vida retransmitida cuando en directo, en vivo, en la intimidad familiar, no se es capaz de discernir la propaganda publicitaria de los sentimientos reales. No hay final para una historia donde a la lágrima sigue la pose impostada, la sonrisa que muestra una dentadura perfecta y la pose de perfil para remarcar lo que más vende. Ropas ajustadas que no solo moldean la figura y la hacen vendible, sino que encorsetan una vida hasta el límite. Juguetes autodestructivos incapaces de seguir el ritmo incansable de los seguidores, esto es lo que ofrece, y muy bien, Von Horn en su nueva película | ★★★★☆


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid



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