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    Crítica | El huevo del dinosaurio

    El hombre es un lobo para la mujer

    Crítica ★★★☆☆ de «El huevo del dinosaurio», dirigida por Quan'an Wang.

    Mongolia y China, 2019. Título original: Öndög. Presentación: Festival de Berlín 2019. Productora: Ying Ye. Dirección: Quan'an Wang. Guion: Quan'an Wang. Fotografía: Aymerick Pilarski. Montaje: Yang Wenjian. Reparto: Dulamyav Enkhtaivan, Aorigeletu, Norovsambuu, Gangtemuer Arild. Duración: 100 minutos.

    A nuestra cartelera llegan películas cada vez más heterogéneas. Entre la decena de estrenos semanales, además de los ejemplos de turno del último blockbuster, de la muestra de cine independiente (que ya es una categoría en sí misma, lo cual excluye su marginalidad) o de películas más convencionales también dirigidas al gran público, se puede colar de vez en cuando alguna propuesta auténticamente marginal, y por ende exótica. Una cinta ambientada en la estepa mongola, sin ningún miembro del equipo reconocible y apartada de las reglas más ortodoxas de la narración, cumpliría claramente esos últimos requisitos. Así es El huevo del dinosaurio (Öndög), estrenada el año pasado en el Festival de Berlín y triunfadora en la posterior Seminci de Valladolid, dato que seguramente es el que más ha contribuido a que ahora llegue a nuestras salas con una distribución decente, al menos si se compara con otros recientes y maltratados estrenos. En algunos cines viene con el reclamo de película especialmente recomendada para el fomento de la igualdad de género, algo que también puede haber contribuido a su visibilidad. En verdad es un reclamo llamativo para una historia ambientada como decíamos en un microcosmos rural, apartado de muchos de los avances de la civilización y por tanto también de sus progresos sociales. Wang nos traslada a un páramo anclado en antiguas costumbres y mitos, donde las mujeres a priori tienen como único destino casarse y tener hijos, y donde los hombres tendrían el consiguiente derecho de acceso sexual masculino, en palabras de Adrienne Rich, que aquí procede traer a colación si queremos criticar este contexto lejano y anticuado desde nuestra avanzada perspectiva occidental.

    Pero con ello perderíamos de vista la idiosincrasia de un ambiente que, al menos tal como es retratado por Wang, supera todo prejuicio o idea preconcebida. Su protagonista es una mujer literalmente de armas tomar, que efectivamente se acuesta con un hombre y se queda embarazada, pero por decisión suya, no de él. Por cierto luego acude a una consulta médica donde su encargada pone a su rápida disposición una pastilla por si quisiera abortar, por lo que no habría ningún obstáculo para ello. Pero volviendo a la secuencia donde se producirá la fecundación, maravillosamente rodada con una cámara lenta y oscilante, como el fuego que ilumina a ráfagas la noche bajo la que se abrigan esos dos personajes, el femenino es el que casi al mismo tiempo coge su fusil para disparar contra unos lobos que se habían ido acercando sigilosamente en la oscuridad. Por tanto asume también el papel de protectora, frente a su transitoria e inexperimentada pareja, pese a que este último es un policía. Hay que precisar que ambos se han encontrado porque les han encargado custodiar la escena de un crimen, el de una mujer asesinada encontrada la noche anterior en medio de ese desierto. Así arranca el metraje, y a la mañana siguiente los agentes del orden llegan a la escena en cuestión, por lo que en esos primeros minutos esperamos que la trama discurra por la investigación de dicho crimen. Sin embargo este no es más que un McGuffin, pues el culpable, o al menos el principal sospechoso, es pronto descubierto, trasladado junto al cadáver para identificarlo. De hecho solo lo vemos en ese breve instante, ya que los pasos previos que han llevado a su detención transcurren en elipsis. Esta premisa propia de un relato criminal no es entonces más que un pretexto para introducir a esa heroína a la que nos referíamos, aunque entonces buena parte del resto de la narración nos resulta indiferente y en ocasiones tediosa. En cualquier caso, hacia aquella progresivamente se va centrando el foco, lo cual también es revelador de una historia que trastoca nuestras expectativas desde el punto de vista del género que debería protagonizarla.

    Öndög, Quan'an Wang.
    Espiga de Oro de la Seminci a la mejor película | Caramel Films.

    «La primera parte del metraje se caracteriza por los grandes planos generales, además de estáticos o con medidas panorámicas, mientras que en la segunda apuesta por planos más cerrados e incluso por la cámara al hombro. Pero esta evolución no nos descoloca demasiado sino que parece igualmente natural para la puesta en escena de una ficción que sigue caminos insospechados».


    Por otra parte, es oportuno usar la expresión “centrando el foco” para una historia cuyas inquietudes, más allá de esos elementos que combinan la realización personal y la carga mitológica (el huevo del título hace referencia a los huevos de dinosaurio que se descubrieron en Mongolia, y que metafóricamente designan a los óvulos concebidos por la mujer), son esencialmente estéticas. Y en concreto el director de fotografía Pilarski usa la técnica del desenfoque y reenfoque como recurso sobre el que pretende llamar la atención, para desviar o ajustar nuestra mirada conscientemente, algo poco habitual. Al respecto hay que resaltar al menos tres momentos: el de la autopsia sobre el mencionado cadáver, que en cuanto comienza queda desenfocada durante varios segundos; el del desnudo parcial de la protagonista, que vemos a través del espejo de un armario, pero durante esos segundos el foco está puesto en ese elemento inerte en primer término, en lugar del elemento orgánico del segundo término; y al final del todo durante un segundo encuentro sexual, cuyos protagonistas llevan entonces unos cascos con linterna, de manera que todo queda en penumbra salvo esas luces de nuevo oscilantes, pero ahora con el añadido del desenfoque que las va difuminando y a la vez graduando, de tal forma que el baile de cuerpos queda transmutado en baile de luz, y así no hace falta más para alcanzar el arrebato sensorial. Esas dos secuencias de coito son las más memorables y meritorias desde este punto de vista estético, especialmente porque su calidad inédita se alcanza con una escasez de medios acorde a la austeridad de toda la película. Esta tiene por lo demás otros hallazgos visuales, porque va experimentando con las condiciones lumínicas y también con los encuadres, por lo que es asimismo heterogénea en cuanto al estilo de la planificación. Esta durante la primera parte del metraje se caracteriza por los grandes planos generales, además de estáticos o con medidas panorámicas, mientras que en la segunda apuesta por planos más cerrados e incluso por la cámara al hombro. Pero esta evolución no nos descoloca demasiado sino que parece igualmente natural para la puesta en escena de una ficción que sigue caminos insospechados. En suma, no hay regla que valga para Wang y su equipo, tanto a nivel dramático como técnico, y por eso decíamos que estamos en verdad ante una cinta fuera de toda norma | ★★★☆☆


    Ignacio Navarro Mejía |
    © Revista EAM / Madrid



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