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    Crítica | Jojo Rabbit

    Jugando a hacer la guerra

    Crítica ★★★★☆ de «Jojo Rabbit», de Taika Waititi.

    Estados Unidos, 2019. Título original: Jojo Rabbit. Director: Taika Waititi. Guion: Taika Waititi (Novela: Christine Leunens). Productores: Carthew Neal, Taika Waititi, Chelsea Winstanley. Productoras: Coproducción Estados Unidos-Alemania; Fox Searchlight / Defender Films / Piki Films / Czech Anglo Productions. Fotografía: Mihai Malaimare Jr. Música: Michael Giacchino. Montaje: Tom Eagles. Reparto: Roman Griffin Davis, Thomasin McKenzie, Scarlett Johansson, Taika Waititi, Sam Rockwell, Rebel Wilson, Alfie Allen, Stephen Merchant, Archie Yates.

    Cuando la todopoderosa Disney eligió al neozelandés Taika Waititi para enfrentarse a la empresa de dirigir la tercera entrega del Dios del trueno, Thor: Ragnarok (2017), muchos se echaron las manos a la cabeza. ¿De verdad un personaje de sus características, comediante forjado en el humor más excéntrico y sin experiencia alguna en manejar grandes presupuestos era el más idóneo para levantar el nivel de una de las series más flojas del universo Marvel? Waititi, habitual en Sundance con títulos como Eagle vs Shark (2007) o Boy (2010), dio el campanazo con un desternillante falso documental, Lo que hacemos en las sombras (2014), co-dirigido junto a Jemaine Clement y protagonizado por tres trasnochados vampiros compañeros de piso en pleno siglo XXI, filme que no solo fue un éxito sorpresa sino que también ha tenido continuidad en una fantástica serie de FX Network que explota mucho más sus aciertos y posibilidades. Este triunfo, unido a las buenas críticas cosechadas con Hunt for the Wilderpeople, a la caza de los ñumanos (2016), fueron, sin duda, claves para que Hollywood no se lo pensara dos veces a la hora de alistar a Waititi en sus filas. El resultado no pudo ser mejor, ya que Thor: Ragnarok fue una secuela absolutamente bizarra, que rompía todos los moldes del género superheroico y potenciaba el humor hasta el extremo de funcionar como una divertidísima comedia autoparódica galáctica. Al contrario que Kenneth Branagh y Alan Taylor, los realizadores que se habían encargado de las entregas anteriores sobre el personaje, Waititi gozó de plena libertad creativa y su sello quedó de manifiesto en cada desopilante gag de su película. Después de salir airoso de su primera experiencia con los blockbusters, el siguiente paso natural del cineasta ha sido el de rodar la que podría considerarse su obra más comercial y ambiciosa de cara a cosechar premios, esa que le ha colocado, por primera vez, en las ternas de premios de una carrera que tiene como última parada los Oscars: Jojo Rabbit.

    Basándose en el libro Caging Skies, de Christine Leunens, la cinta toma la eterna historia iniciática de un niño que despierta de la inocencia, empujado por la dureza de la realidad que le toca vivir, para levantar una suerte de comedia dramática que se mueve en terrenos muy movedizos, ya que trata un tema tan controvertido y triste como el nazismo, en clave de humor, algo para lo que se requiere mucha inteligencia y tacto si no se quieren herir susceptibilidades. Creadores como Charles Chaplin o Roberto Benigni supieron salir airosos de retos similares en sus aproximaciones con El gran dictador (1940) y La vida es bella (1997), respectivamente, y hay que reconocer que Waititi, sin llegar al nivel de aquellos ilustres antecesores, ha sabido equilibrar el mensaje antibelicista de la historia con su humor disparatado y un tono sentimental hasta este momento desconocido en él, para lograr que Jojo Rabbit sea todo un éxito. Desde unos primeros compases que parecen beber, tanto en la colorista estética como en el tono satírico, del cine de Wes Anderson en general y de Moonrise Kingdom (2012) en particular, las desventuras de Jojo Betzler, un niño alemán de diez años cuya mayor obsesión es la de unirse a las filas de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, envuelven al espectador por la simpatía de la propuesta y por la energía con la que el pequeño Roman Griffin Davis afronta un personaje que carga sobre sus hombros con todo el peso de la función, por mucho que esté excelentemente arropado por estrellas como Scarlett Johansson o Sam Rockwell. Él es el alma de la película y, como tal, cumple con creces en la piel de Jojo, ese niño que trata de camuflar sus inseguridades mientras que luchando por pertenecer a las Juventudes Hitlerianas. Más que una verdadera devoción ciega hacia las ideas fanáticas que promueven, como bien dice en una afortunada línea de guion el personaje de Thomasin McKenzie, lo que mueve al muchacho es una necesidad imperiosa de sentirse parte de un club y vestir uniformes militares chulos, para así romper el estigma que lleva sobre sus hombros por ser el hijo de una madre soltera y de un hombre que se fue a la guerra y jamás volvió, pesando sobre él una leyenda de cobardía y deserción.

    Jojo Rabbit, Taika Waititi.
    Nominada al Oscar a mejor película.

    «Jojo Rabbit, bajo su apariencia sencilla e inofensiva, atesora momentos de gran calado sentimental, sabiendo revestir una historia, en el fondo dramática y cruel, con uno de los episodios más deleznables de la historia de la humanidad como telón de fondo, de una sensibilidad (que no sensiblería) especial que la hace tremendamente universal y cercana para niños y mayores».


    Jojo Rabbit es, ante todo, una obra que habla de tolerancia y superación de prejuicios (delirantes son las leyendas urbanas que el protagonista cree, a pies juntillas, sobre los judíos, desde que duermen en cuevas colgados del techo como si fuesen murciélagos a que utilizan sus poderes mentales para controlar a sus víctimas) para acabar con el odio y la sinrazón de la guerra. Todos los personajes están tratados con gran cariño. No solo esa madre abnegada (Johansson está maravillosa en su mejor año como actriz, protagonizando los instantes más tiernos), horrorizada con la idea de que su hijo pueda convertirse en un despiadado asesino, algo contra lo que lucha utilizando grandes dosis de amor y sabias enseñanzas, o la niña judía a la que esconden en casa para que no acabe en algún campo de concentración y que entabla una preciosa amistad con el joven aprendiz de nazi, sino también los roles más antagónicos, retratados de una manera tan caricaturesca que no pueden ser tomados más que como bufones sin cerebro. Así son presentados, por ejemplo, el capitán nazi que dirige el campamento juvenil, encarnado por el formidable Sam Rockwell, o la instructora interpretada por Rebel Wilson, tal vez, el mayor desacierto del casting. Sin embargo, la nota más estrafalaria, esa que aporta el toque casi fantástico que caracteriza al universo Waititi, reside en el amigo imaginario de Jojo, que no es otro que una versión desmelenada e infantiloide del mismísimo Hitler, interpretada con evidente gracia por el propio director. Las geniales escenas que comparten Roman Griffin Davis y él son las que aportan los mejores momentos cómicos de la cinta, aunque el pequeño Archie Yates, como ingenuo compañero de juegos de Jojo, se revela como un verdadero robaescenas en sus pequeñas apariciones. Jojo Rabbit, bajo su apariencia sencilla e inofensiva (en el fondo no es todo lo políticamente incorrecta ni negra que cabría esperar, viniendo de quien viene, sobre todo en una segunda mitad en la que el filme se decanta decididamente por la amabilidad, después de haber regalado algunas acertadas pinceladas de mala baba), atesora momentos de gran calado sentimental, sabiendo revestir una historia, en el fondo dramática y cruel, con uno de los episodios más deleznables de la historia de la humanidad como telón de fondo, de una sensibilidad (que no sensiblería) especial que la hace tremendamente universal y cercana para niños y mayores | ★★★★☆


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid



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