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    Crítica | Los miserables

    Les misérables, Ladj Ly

    La banlieue

    Crítica ★★★☆☆ de «Los miserables», dirigida por Ladj Ly.

    Francia, 2019. Título original: Les misérables. Presentación: Festival de Cannes 2019. Dirección: Ladj Ly. Guion: Ladj Ly, Giordano Gederlini y Alexis Manenti. Productoras: Srab Films / Rectangle Productions / Lyly Films. Fotografía: Julien Poupard. Montaje: Flora Volpelière. Decorados: Karim Lagati. Vestuario: Marine Galliano. Reparto: Damien Bonnard, Alexis Manenti, Djibril Zonga, Issa Perica, Al-Hassan Ly, Steve Tientcheu. Duración: 102 minutos.

    El título Los miserables se asocia a la célebre novela de Víctor Hugo de 1862, un recuento de la sociedad francesa de las décadas anteriores a la fecha señalada, con tonos de epopeya, aunque centrada en las vicisitudes de unos pocos personajes en su mayoría provenientes de sus estratos más bajos. En cualquier caso la historia ha adquirido aires grandilocuentes, reforzados en consiguientes adaptaciones, incluidas varias teatrales y cinematográficas. Dicho de otro modo, se ha partido de las vivencias humildes de unos individuos condenados en su pobreza e infortunio para proyectarlas épica y trágicamente, cuando su marco natural habría sido mucho más circunscrito. También es lógica esta intención, pues de esta forma se les dota de un carácter más representativo, esto es, de otras muchas personas anónimas que en la sociedad de la época padecían una suerte análoga. Y esto en gran medida no ha variado: el lenguaje que habla de este tipo de tragedias humanas es universal, mientras que las desigualdades y marginaciones no se han superado sino que incluso se han acentuado en determinadas coordenadas. En suma, sigue habiendo miserables en muchos sitios, aunque en el contexto actual sea más difícil otorgarles una trascendencia histórica. Si se hace es como consecuencia de las derivaciones de la citada fuente decimonónica, aunque ello pueda chocar con los propios límites del retrato que ahora se pretenda dibujar.

    Esta paradoja se advierte en la ópera prima de Ladj Ly, presentada en el pasado festival de Cannes, galardonada ahí con el premio del jurado y recientemente seleccionada por Francia para representarla entre las contendientes a mejor película internacional. La elección es oportuna precisamente por ese carácter representativo al que aspira, partiendo de un barrio periférico de París donde conviven una mayoría de inmigrantes africanos y árabes. Eso sí, la primera secuencia del metraje los une a todos, junto a muchos ciudadanos de etnia gala, con motivo de un partido de la selección en la Copa del Mundo. Todos celebran el acontecimiento cerca de la Torre Eiffel o en los Campos Elíseos, ataviados con banderas tricolores y cantando el himno nacional. Y es en esos momentos cuando aparece el título de la película, Los miserables. La ironía es meridiana: su feliz confraternización no es sino un paréntesis de su vida diaria, pues más allá del fútbol casi nada puede producir este efecto armonizador. El resto del tiempo aquellos están acostumbrados a las penurias, la rebeldía y el enfrentamiento, devueltos a sus grises residencias y patios. Más allá de estas reducidas localizaciones, y al margen del citado prólogo, la historia transcurre durante apenas día y medio, desplazando el protagonismo a tres policías que patrullan dicho barrio. Uno de ellos es un nuevo recluta, por lo que pretende seguir las normas que ha aprendido en su formación académica, cuando el comportamiento que reclama su nueva ubicación debe ser mucho más espontáneo e informal, más ajustado a la gente con la que trata.

    Así se lo hacen ver los dos agentes más veteranos que lo acompañan, de manera que gran parte de la trama se estructura en torno a ese aprendizaje callejero, y de ahí que las comparaciones que se han realizado con Training Day (Antoine Fuqua, 2001) sean certeras. Pero el título de esta última se identificaba claramente con las restricciones temporales y espaciales del relato, mientras que en este caso las mismas se apartan de la extensión que podríamos esperar en una película titulada Los miserables. Hay con todo elementos que persiguen una mayor trascendencia, en particular una banda sonora de graves y prolongados acordes, con una melodía en buena parte lírica, que no es propia de un thriller rutinario sino más bien de un drama existencial. También hay algunas frases premonitorias, que buscan extrapolar las consecuencias de la acción más allá de los apuntados límites, como cuando uno de los personajes le dice al protagonista que, pese a su esfuerzos de pacificación y mantenimiento de la seguridad, “no evitará la ira y los gritos”. En este sentido son emociones que se expresan de todo un colectivo, antes que de personas concretas, aunque el incidente que desata las reacciones más virulentas apenas gira en torno a dos niños, el primero por robar una cría de león de un circo gitano y el segundo por grabar con un dron la persecución policial que el primero sufre.

    Les misérables, Ladj Ly.
    Una ópera prima que compitió en la sección oficial del Festival de Cannes.

    «Más allá de esa música algo ajena a los hechos propiamente descritos y de algunos diálogos un tanto moralizantes, la cinta consigue en casi toda su duración una gran tensión dentro del realismo más seco».


    Sin embargo, más allá de esa música algo ajena a los hechos propiamente descritos y de algunos diálogos un tanto moralizantes, la cinta consigue en casi toda su duración una gran tensión dentro del realismo más seco, incluso en los meros intercambios entre los tres policías mientras van circulando en su coche. El carácter bien definido de cada uno de ellos contribuye a que el espectador se sienta rápidamente implicado en dichos intercambios, aunque los mismos solo traten por ejemplo del apodo que el líder quiere darle al novato, que lo asume a regañadientes. Mayor agitación hay lógicamente en las escenas más físicas, en particular cuando los gitanos del circo se desplazan frente al edificio donde sospechan que se alberga el que ha robado su animal, y a duras penas los agentes del orden evitan que sendos grupos se enzarcen en una batalla campal. También es reveladora la escena posterior en que el león es devuelto al circo y su dueño asusta al niño responsable de su desaparición, de una forma que no vamos a adelantar aquí pero que nos hace partícipes de la angustia del joven. Y es que tales secuencias se prolongan el tiempo necesario para contagiarnos la ansiedad de sus referentes, aun sin interrumpir en exceso el discurrir general de la historia, por lo que en el fondo sus constricciones resultan especialmente afortunadas. Si el relato abarcara más no se viviría con el mismo efecto el detalle de sus acciones. Aun así Ly deja tiempo hacia el final para desplazarnos brevemente fuera de esos conflictivos barrios, a los hogares respectivos de cada uno de los tres policías, y aquí tiene más sentido el afán de trascendencia, cuando ya se ha presenciado el sufrimiento anterior y se puede interpretar con una visión más elevada, como nos pide la didáctica cita final | ★★★☆☆


    Ignacio Navarro Mejía |
    © Revista EAM / Madrid


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