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    Crítica | Rambo: Last Blood

    El infierno que no cesa

    Crítica ★★☆☆☆ de «Rambo: Last Blood», de Adrian Grunberg.

    Estados Unidos, 2019. Título original: Rambo: Last Blood. Director: Adrian Grunberg. Guion: Matthew Cirulnick, Sylvester Stallone (Historia: Dan Gordon, Sylvester Stallone. Personaje: David Morrell). Productores: Avi Lerner, Yariv Lerner, Steven Paul, Kevin King Templeton, Les Weldon. Productoras: Millennium Films / Campbell Grobman Films / Lionsgate / Balboa Productions / NYLA Media Group. Distribuida por Lionsgate. Fotografía: Brendan Galvin. Música: Brian Tyler. Montaje: Carsten Kurpanek, Todd E. Miller. Reparto: Sylvester Stallone, Yvette Monreal, Oscar Jaenada, Sergio Peris-Mencheta, Sheila Shah, Paz Vega, Adriana Barraza.

    El caso de Sylvester Stallone es el de una de las escasas estrellas de acción que consiguieron sobrevivir con éxito más allá de la década de los 80, sabiendo reinventarse durante las siguientes décadas para así lograr mantenerse en primera línea de popularidad. Los últimos años han sido algo así como una segunda juventud para el veterano actor, director y guionista, cosechando un gran triunfo comercial con su trilogía sobre Los mercenarios, para la que reclutó a la plana mayor de astros del género que habían competido con él en las taquillas ochenteras, tales como Schwarzenegger, Bruce Willis, Jean Claude Van Damme o el mismísimo Chuck Norris. El ejercicio de nostalgia hacia una manera de entender el cine de acción que parecía perdida funcionó a las mil maravillas para los bolsillos de Stallone que, además, no ha dudado en seguir exprimiendo al máximo los dos personajes emblemáticos que hicieron de él la leyenda que es: Rocky Balboa y John Rambo. Mientras que el primero le ha traído algunas de las mayores satisfacciones artísticas de los últimos tiempos, como esa merecida nominación al Oscar como mejor actor secundario por el spin-off Creed: La leyenda de Rocky (Ryan Coogler, 2015), el personaje del ex boina verde volvió con fuerza en una cuarta entrega, John Rambo (Sylvester Stallone, 2008), que sorprendió por su extrema violencia e hizo felices a unos fans que llevaban dos décadas sin tener la oportunidad de disfrutar del héroe en la gran pantalla. Durante las cuatro películas que conformaron la saga, el personaje de Rambo, sacado de la novela First Blood, de David Morrell, se había enfrentado a un despiadado sheriff y sus hombres en la excelente Acorralado (Ted Kotcheff, 1982) –sin duda, una de las mejores cintas de acción de la década, todo un clásico del género–; había regresado a Vietnam para tratar de liberar a soldados americanos que aún pudieran permanecer prisioneros en Rambo 2 (George Pan Cosmatos, 1985), una secuela más inclinada hacia el cine bélico que, pese a cosechar críticas más tibias, significó un verdadero bombazo de taquilla con más de 300 millones de dólares recaudados; había viajado a Afganistán para rescatar al coronel Trautman (Richard Crenna) de los soviéticos en la mediocre Rambo 3 (Peter MacDonald, 1988); y se había sumergido en la selva birmana para guiar a un grupo de misioneros católicos en la antes mencionada John Rambo.

    Parece que el bueno de Rambo nunca conseguirá dejar atrás todo el infierno vivido en la guerra de Vietnam, cuando fue apresado y brutalmente torturado. Ese estrés postraumático que le acompaña, que se manifiesta en terribles alucinaciones y pesadillas que le devuelven imágenes pasadas que preferiría olvidar, unido a la dolorosa sensación de que el mundo no está hecho para él y las dificultades que encuentra para encontrar su lugar y, con él, la ansiada paz, parecen ser los compañeros de viaje del ex-combatiente en su agitada existencia. Y es que cuando parecía que la saga no tenía más que contar y había otorgado a su protagonista un merecido retiro, Stallone ha vuelto a resucitarlo en una quinta entrega, Rambo: Last Blood (2019), para la que ha contado como director con Adrian Grunberg, cineasta cuya única credencial anterior es la de haber debutado con uno de los mejores vehículos para lucimiento de Mel Gibson en los últimos tiempos, Vacaciones en el infierno (2012). Podría decirse que se trata del capítulo más crepuscular de todos, que presenta al personaje en su faceta más cercana y humana, plácidamente retirado de cualquier tipo de contienda bélica en un rancho familiar de Arizona donde se dedica a cuidar caballos y disfruta de la cercanía de su amiga María (la siempre eficiente Adriana Barraza) y de la joven Gabriela (correcta Yvette Monreal), a la que quiere y protege como a una hija. Pero como la tranquilidad nunca dura para siempre en la vida del antiguo soldado, el desencadenante de su vuelta a la acción será el secuestro de la muchacha a manos de unos desalmados carteles de México, después de que esta se dispusiera a cruzar la frontera con la intención de encontrar al padre que la abandonó de niña. Rambo: Last Blood, al igual que su inmediata antecesora, es una secuela nacida para reivindicar un tipo de cine de acción seco y directo, que no teme herir susceptibilidades por sus contenidos violentos o ideológicos. Un tipo de películas que nunca gozó del favor de los críticos, siempre tachadas de reaccionarias (desde luego, hoy serían impensables entretenimientos tan políticamente incorrectos como aquellos) pero que hizo las delicias de los aficionados del género durante los 80, antes de que el género se suavizara en la década siguiente. ¿Quién no recuerda títulos como Desaparecido en combate (Joseph Zito, 1984), Commando (Mark L. Lester, 1985) o Cobra, el brazo fuerte de la ley (George Pan Cosmatos, 1986)? Pues ese es el cine que esta nueva entrega parece querer desenterrar y, en buena medida, es un objetivo que acaba siendo cumplido.

    Rambo: Last Blood, Adrian Grunberg.
    La nueva entrega de Rambo no engaña, tampoco deja huella. La estrena en España Vértice 360.

    «Es cuando el filme apuesta al fin por la violencia más salvaje, con el veterano de guerra dando rienda suelta, en ese rancho acorazado y repleto de trampas mortales, a sus aptitudes como matarife contra los malvados mafiosos encabezados por unos entregados (aunque no demasiado creíbles) Sergio Peris-Mencheta y Oscar Jaenada, cuando John Rambo: Last Blood consigue, en parte, justificar la existencia de esta nueva aventura».


    Por desgracia, la cinta de Grunberg fracasa en todos los aspectos en los que John Rambo salió victoriosa. Aquella fue una orgía de sangre (mucha, cayendo en el gore) y fuego de lo más gozosa que sació el apetito de acción de los seguidores del personaje. El guion de Matthew Cirulnick y el propio Sylvester Stallone para esta secuela, en su intento por humanizar a Rambo y otorgarle ese halo de ídolo caído que también caracteriza al entrañable Rocky Balboa, hace gala de una importante torpeza a la hora de esquivar tópicos, cayendo en cada uno de ellos. La historia o, más bien, la anécdota argumental, no es nada novedosa. Es imposible no pensar en Liam Neeson tratando de salvar a su hija adolescente de una red de delincuentes sexuales de París que pretendía convertirla en prostituta en Venganza (Pierre Morel, 2008) mientras se asiste al visionado de la película y, por momentos, parece más un sucedáneo de aquella que una cinta de Rambo, dada la poca personalidad de su realización. Además, se demora demasiado en entrar en materia y la parte dramática, muy presente en todo el metraje, con esa relación entre Rambo y su ahijada que pretende ser conmovedora, o las intervenciones del desperdiciado personaje interpretado por Paz Vega, no termina de funcionar, por mucho que la película pretenda abordar, en toda su crudeza (tanta que, en sus pasajes más turbios, recuerda a los sádicos martirios sufridos por Madeleine Stowe en la reivindicable Revenge (Tony Scott, 1990), un tema tan potente como el de las tratas de blancas. Stallone, un tipo que ha sabido demostrar que es capaz de llegar al corazón del espectador con su papel de Rocky, no se encuentra igual de cómodo en la faceta “sensible” de Rambo, algo que se refleja en una actuación más acartonada, por otra parte más cercana a aquellas que le hicieron acaparador de tantas nominaciones a los Razzies durante su época dorada. Sin embargo, es él quien consigue propulsar el interés de la función y salvar los muebles cuando, en sus últimos veinte minutos, se transforma en la máquina de matar que todos conocemos y esperábamos. Es cuando el filme apuesta al fin por la violencia más salvaje, con el veterano de guerra dando rienda suelta, en ese rancho acorazado y repleto de trampas mortales, a sus aptitudes como matarife contra los malvados mafiosos encabezados por unos entregados (aunque no demasiado creíbles) Sergio Peris-Mencheta y Oscar Jaenada, cuando John Rambo: Last Blood consigue, en parte, justificar la existencia de esta nueva aventura. Definitivamente, es la más floja de la franquicia, sí, pero también un ejercicio de honestidad y toda una declaración de intenciones de Stallone que, a sus muy bien llevados 73 años, demuestra que los viejos héroes nunca mueren, aunque tengan el corazón destrozado. | ★★☆☆☆


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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