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    Crítica | Almost Ghosts

    Ruinas de metal

    Crítica ★★★☆☆ de «Almost Ghosts», de Ana Ramón Rubio.

    España, 2018. Título original: Almost Ghosts. Dirección: Ana Ramón Rubio. Productoras: Casi Fantasmas SC. Fotografía: Carlos López Andrés, Celia Riera. Música: Don Joaquín. Reparto: Lowell Davis, Angel Delgadillo, Harley Russell. Duración: 70 minutos.

    Todas las civilizaciones tienen sus mitos, historias y lugares que pertenecen a un pasado tan remoto que solo existen en la memoria de los más viejos de sus miembros, si estos hechos no han sido atrapados ya por la ficción que caracteriza a las leyendas y los cuentos populares. Sin embargo, en las culturas más jóvenes, esta necesidad por lo mítico solo puede nutrirse de acontecimientos que en cualquier otro país se incluirían dentro de su historia más reciente. A este respecto, no existe mejor ejemplo que los Estados Unidos. Ávidos de equiparar el peso de su historia al músculo de su economía, sus gigantes literarios apenas cuentan con un par de siglos de vida, y sus edificios y monumentos emblemáticos están hechos de cemento y acero, y no de piedra. Es por este motivo por el que las leyendas estadounidenses poseen esa aura de modernidad, una naturaleza impregnada de una profunda nostalgia por aquello que acaba de ocurrir hace un momento. Una actitud artística y vital que sorprende al resto de comunidades del planeta – y especialmente a la europea, por su inevitable parentesco–. Una perplejidad muy visible en el documental Almost Ghosts, dirigido por la española Ana Ramón Rubio.

    En la película, esta sorpresa no surge de la capacidad de añorar de los americanos, sino más bien de su idéntica habilidad para olvidar aquello que hace tan poco veneraban. En un espacio de apenas treinta años, la famosísima ruta 66 –protagonista absoluta del filme, e icónicamente inmortalizada también en el cine en títulos tan emblemáticos y relevantes como Easy Rider, y en otras que no lo son tanto como, bueno, Cars– ha pasado al más absoluto de los olvidos. Y con ella, todos los que alguna vez vivieron de su éxito. En una acertada elección de casting, Ramón Rubio cimenta todo el desarrollo de la cinta en las figuras de tres hombres más viejos que las ruinas que aún custodian. Harley Russell, redneck, músico y showman con residencia en Oklahoma, aporta el carisma. Angel Delgadillo, de Seligman (Arizona) evoca a una figura histórica, estableciendo la postura ideológica y reivindicativa del documental. Y, por último, Lowell Davis, refundador del pequeño pueblo de Red Oak (Missouri), apela al lado más emotivo del espectador.

    Analizando su aspecto visual, Almost Ghosts es imponente. En el cine, los espacios vacíos tienen una resonancia especial, y el comienzo de la obra juega con esa sensación a la perfección. La fotografía de Carlos López Andrés y Celia Riera es hipnótica, y consigue un hito que normalmente pasa inadvertido en el celuloide: capturar por completo la atención del espectador y dirigirla hacia lugares en los que jamás se habría detenido si no hubieran sido filmados de esa manera y no de otra. Las localizaciones de Almost Ghosts no son bonitas. Cualquier persona que pasara con su coche por cualquiera de los pueblos mostrados en el filme probablemente no se detendría a visitarlos –aunque sí que quizá les dedicaría algún comentario sarcástico mientras los deja atrás en su retrovisor–. Sin embargo, cada plano en la película parece reverenciar esos tristes parajes, recreándose en su estatismo, en su ausencia total de movimiento –y, por tanto, de vida– para reflejar la realidad no solo de la carretera, sino también la de los tres ancianos que conducen el relato. Aunque dista de ser una fotografía perfecta –su tendencia al manido recurso de la simetría y ciertas incoherencias en su propuesta estética como algunos planos en cámara en mano la delatan–, es necesario reconocer el inmenso logro que es generar interés donde no ocurre nada valiéndose principalmente de la imagen. Al plasmar el aspecto ruinoso –y en algunos casos, simplemente ridículo– de las localizaciones, Almost Ghosts convierte esta condición en la mayor arma de estos lugares. Como se dice repetidamente a lo largo de la cinta, la ruta 66 no es más que un homenaje a lo mediocre. Pero lo mediocre también merece ser filmado.

    Almost Ghost, Ana Ramón Rubio.
    Un documental distribuido en España por Begin Again Films.



    «Almost Ghosts es un homenaje a los olvidados, una mirada extranjera que se apropia –y con derecho– de todo aquello que es intrínsecamente americano, desde su música –un country fantástico y muy inteligentemente introducido en el relato, con una presencia entre lo diegético y lo marginal– hasta sus sorprendentes paisajes».


    Estas fortalezas –los protagonistas de la historia y las imágenes que la cuentan– se ven debilitadas por un guion dubitativo, algo inconsistente para los exiguos setenta minutos en los que transcurre la trama. Si bien es cierto que a lo largo de la película se consiguen sembrar referencias efectivas –especial mención a la naturalidad con la que uno de los protagonistas menciona The grapes of wrath, tan similar en su argumento, en su tono social y hasta en su mismo recorrido geográfico al documental que nos ocupa–, la sucesión de los hechos narrados, así como el ritmo narrativo en el que estos se desarrollan, no termina de funcionar. Así, momentos que tendrían que resultar profundamente emotivos –como la revelación del destino de la mujer del músico– se acaban diluyendo por la ineficacia de su presentación. La película parece buscar una multitud de momentos climáticos que no terminan de explotar –la salvación de la carretera y de los pueblos que viven de ella, la vocación de Lowell por recrear el pueblo en el que siempre ha vivido, etc.–, con la excepción de ese montaje sobre música a mitad de filme que deja ese regusto que el verdadero final no termina de lograr.

    Almost Ghosts es un homenaje a los olvidados, una mirada extranjera que se apropia –y con derecho– de todo aquello que es intrínsecamente americano, desde su música –un country fantástico y muy inteligentemente introducido en el relato, con una presencia entre lo diegético y lo marginal– hasta sus sorprendentes paisajes. Ana Ramón Rubio toma las riendas de la historia con elegancia y buen gusto, aunque se hace evidente que su confianza se nutre más de su talento para trenzar la espectacularidad visual de las imágenes que de su capacidad para hacerlas funcionar en la narración. Y, sin embargo, la película no decepciona en absoluto. En ella se defiende una clara postura: la belleza de las ruinas radica en la nostalgia que despiertan en los que las observan, y no en la antigüedad que estas tengan en realidad. Por eso existe un punto de extrañeza ante la excentricidad de su propuesta, pero también de una vaga familiaridad. Aunque esté hecha de asfalto y no de piedra, la ruta 66 es un conjunto de ruinas, algo que todas las culturas entienden.


    Juan Montón Velasco |
    © Revista EAM / Madrid


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