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    Crítica | Sordo

    Al oeste de la civilización

    Crítica ★★★☆☆ de «Sordo», de Alfonso Cortés-Cavanillas.

    España, 2019. Presentación: Festival de Málaga 2019. Dirección: Alfonso Cortés-Cavanillas. Guion: Alfonso Cortés-Cavanillas y Juan Carlos Díaz Martín (basado en el cómic de David Muñoz y Rayco Pulido). Productora: La Caña Brothers. Fotografía: Adolpho Cañadas. Montaje: Alfonso Cortés-Cavanillas. Música: Carlos M. Jara. Dirección artística: Mónica de la Fuente y Matteo Mariotti. Vestuario: Austen Lasa Menéndez. Reparto: Asier Etxeandia, Marian Álvarez, Imanol Arias, Hugo Silva, Aitor Luna, Olimpia Melinte, Ruth Díaz. Duración: 121 minutos.

    Un género solo se vuelve desfasado en la medida en que su enfoque queda anclado en el pasado. Se debe entonces reformular ese género para que siga teniendo vigencia presente, pero el problema es que las sucesivas reformulaciones pueden apartarse tanto de los cánones originales que apenas pueden ya identificarse. Para evitarlo, es oportuno unir la adaptación a un marco similar en algunos elementos, si bien enfrentado en otros: es el caso por ejemplo del spaghetti western, distanciado del original por su contexto social e histórico pero hermanado con aquel por su retrato de unos personajes que literalmente deben abrirse paso por un desierto inexplorado. Muchos de estos westerns se rodaron como es bien sabido en Almería y esto ha permitido que desde entonces este género se asuma también como propio de nuestra geografía, aunque no exactamente de nuestra historia. La progresiva desertificación y lo que se ha venido a llamar la España vaciada podrían proporcionar un buen caldo de cultivo para futuras películas de este tipo ambientadas en dicho marco, pero si nos desplazamos al norte y nos situamos a mediados del siglo XX resulta complicado tal encaje. Concretamente, en el año 1944 en Cantabria, por tanto en las postrimerías de la Guerra Civil y aun no terminada la Segunda Guerra Mundial, España quería reencontrarse a sí misma y así también lo hacían sus habitantes, con gran sufrimiento y pérdida de por medio. Pero precisamente se trataba de volver a un lugar conocido, no de distanciarse del mismo para buscar algo nuevo. Difícilmente puede entonces una película actual tratar de este tema con el género del western en mente.

    Esto sin embargo es lo que pretende Sordo, el debut en la dirección de Alfonso Cortés-Cavanillas, presentada este año en el festival de Málaga. La cinta está basada en un cómic escrito por David Muñoz y Rayco Pulido, dato importante en tanto que refuerza el interés del director y su equipo por la iconografía. Ya sean extraídas de ese relato o inspiradas en las referencias del lejano oeste, observamos en la pantalla numerosas imágenes con voluntad simbólica o trascendente, incluso dentro de su modesto encuadre, como ese plano del protagonista y una mujer fuera de una casa vistos desde dentro de ella, con el marco de la puerta como separación entre los dos términos, interior y exterior: encuadre que de inmediato recuerda a los de John Ford. También tenemos las panorámicas aéreas de carreras a caballo o los planos generalísimos del paisaje montañoso, amenizados además con una música portentosa donde determinados tonos agudos nos traen asimismo a la memoria las composiciones de Ennio Morricone. Lo cierto es que desde un punto de vista visual y sonoro la película está muy cuidada: lo primero desde una excelente fotografía de permanente filtro pardo hasta detalles en apariencia nimios, por ejemplo cuando un oficial fascista entra en una iglesia y apoya su escopeta en un banco, y entonces la cámara aprovecha el movimiento para corregir el encuadre con un leve contrapicado que resulta muy idóneo tanto por el edificio al que entrado el personaje como para realzar su carácter amenazador. Así cada plano está compuesto con mimo y siempre diseñado con una intención ulterior, a menudo como hemos adelantado para recalcar los motivos del género. En cuanto al sonido, se nota especialmente no solo por la propia acción del relato sino porque su protagonista padece una sordera que ofrece estimulantes cambios en las pistas de audio, según veamos en la pantalla una escena desde un punto de vista objetivo o desde su punto de vista subjetivo.

    Sordo,
    Asier Etxeandía, Aitor Luna y Hugo Silva protagonizan el segundo largometraje de Cortés-Cavanillas.

    «Ya sean extraídas de ese relato o inspiradas en las referencias del lejano oeste, observamos en la pantalla numerosas imágenes con voluntad simbólica o trascendente, incluso dentro de su modesto encuadre, como ese plano del protagonista y una mujer fuera de una casa vistos desde dentro de ella, con el marco de la puerta como separación entre los dos términos, interior y exterior: encuadre que de inmediato recuerda a los de John Ford».


    Esa sordera es provocada por una explosión, cuando dicho personaje y sus compañeros pretenden volar un puente. Forman en esta historia uno de los grupos que pretende acometer la “reconquista” de la península, liderados por republicanos antes en el exilio, aunque esta guerrilla es pronto desintegrada por las patrullas franquistas. De la citada explosión quedan solo dos supervivientes, si bien uno de ellos es hecho prisionero. El otro es nuestro protagonista repentinamente sordo, que logra huir, y así el resto del metraje se centra en las persecuciones de las que debe escapar. En este sentido la premisa sí es idónea para un género cuyos elementos propiamente narrativos son en el fondo escasos, al igual que las simples películas de acción, aunque en aquel caso hay más profundidad por el contexto del que hablábamos y cómo es representado. De ahí que se insista en esa presentación, en particular con una secuencia inicial de créditos, después de esa primera secuencia de la explosión, que hace patente la inspiración del cómic aunque se aleja de la del western. Es un montaje gráfico inusual en nuestro cine y especialmente apreciable, que aquí introduce ya claramente la iconografía persistente a la que nos referíamos. Empero esto se hace a costa de un desarrollo dramático que no se ignora en parte como en las películas de acción ni se presupone en parte como en los westerns clásicos, sino que en el fondo también se quiere explorar. En otras palabras, los motivos audiovisuales de Sordo, muy exactamente referenciados, toman la delantera sobre un relato que, al margen del contexto, incorpora elementos mostrando que los guionistas también pretenden incidir por esa vía, esto es, la de la estructura narrativa propiamente dicha. Pero esta queda coja a medida que la película avanza, sobre todo cuando las contraposiciones de los personajes, manifiestas en la primera parte, se van difuminando. Esto se debe sobre todo a la introducción de una mercenaria rusa cuyo comportamiento roza la inverosimilitud, y entonces los demás personajes pasan a depender de ella de tal manera que parecen olvidar sus motivaciones originales, hasta el punto de que los últimos compases del metraje son demasiado confusos, resolviendo precipitada y extrañamente los diferentes lazos que se habían ido estableciendo entre estos individuos. Afortunadamente estos son interpretados por actores con carisma cuyos sufridos gestos dibujan una fisonomía acorde a la naturaleza crepuscular de una película que, en efecto y cuando todo queda expuesto, parece tener claro que estas biografías no tienen futuro | ★★★☆☆


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


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