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    Crítica | Historias de miedo para contar en la oscuridad

    Lo que se escribe cobra vida

    Crítica ★★★★☆ de «Historias de miedo para contar en la oscuridad», de André Øvredal.

    Estados Unidos, 2019. Título original: Scary Stories To Tell in the Dark. Director: André Øvredal. Guion: Dan Hageman, Kevin Hageman, Guillermo del Toro, John August, Marcus Dunstan, Patrick Melton (Libro: Alvin Schwartz). Productores: Jason F. Brown, J. Miles Dale, Sean Daniel, Guillermo del Toro, Elizabeth Grave. Productoras: CBS Films / Double Dare You / Entertainment One / Sean Daniel Company / 1212 Entertainment. Distribuida por Lionsgate / CBS Films. Productor: Guillermo del Toro. Fotografía: Roman Osin. Música: Marco Beltrami, Anna Drubich. Montaje: Patrick Larsgaard. Reparto: Zoe Margaret Colletti, Michael Garza, Gabriel Rush, Austin Jazur, Natalie Ganzhorn, Austin Abrams, Gil Bellows, Dean Norris, Lorraine Toussaint, Kathleen Pollard.

    Los aficionados al terror están de enhorabuena. Muy pocas cosas podían salir mal para que Historias de miedo para contar en la oscuridad no fuese un éxito absoluto, teniendo en cuenta los nombres reunidos en su concepción. En primer lugar, el origen del proyecto está en una mítica colección de tres libros destinados a un público mayoritariamente juvenil, publicados entre 1981 y 1991, con la que el escritor Alvin Schwartz se hizo de oro, vendiendo más de siete millones de ejemplares, a pesar de tener que afrontar críticas acerca del contenido violento y muchos de los temas que sus historias trataban, considerados inadecuados para unos lectores tan jóvenes, y que, además, eran complementados por unas perturbadoras ilustraciones del especialista Stephen Gammell. Aquellos libros, compuestos de multitud de historias cortas provenientes, en la mayoría de los casos, de leyendas urbanas o de ese tipo de historias surgidas del folclore estadounidense y que tanto miedo han hecho pasar a niños de distintas generaciones, merecían una buena traslación a la gran pantalla y, por fortuna, ha sido Guillermo del Toro, ese niño grande enamorado de los cuentos góticos y las criaturas marginadas convertidas en almas en pena, el hombre que se encuentra detrás de un proyecto en el que, pese a haberse apeado de la silla de director cuando todo parecía indicar que se iba a encargar de su realización, ha dejado sus señas de identidad a través de las labores de producción y guion. La brillante mente que nos ha regalado impagables historias de fantasmas como las de El espinazo del diablo (2001) o la incomprendida La cumbre escarlata (2015) necesitaba la complicidad de un buen artesano que llevara a buen puerto la cinta para que no se quedara a medio gas como sucediera con otros títulos que el mexicano ya había apadrinado como productor, tales como No tengas miedo a la oscuridad (Troy Nixey, 2010) o, en menor medida, Mamá (Andy Muschietti, 2013).

    No cabe duda de que el fichaje de André Øvredal como director de Historias de miedo para contar en la oscuridad ha sido todo un acierto. Después de haber captado la atención de la crítica a su paso por distintos festivales con el inclasificable falso documental Troll Hunter (2010), el cineasta noruego confirmó su talento para provocar escalofríos con la sorprendente La autopsia de Jane Doe (2016), todo un placer para los aficionados al terror de hechuras clásicas, con sustos más apoyados en la construcción de atmósferas enrarecidas y malsanas que en efectismos fáciles o excesos de hemoglobina. Para la adaptación de la obra de Schwartz al cine, los guionistas han optado por no sucumbir a ese formato de antologías de terror formadas por varios relatos cortos que se puedan disfrutar de manera independiente, del tipo de aquellas Creepshow (George A. Romero, 1982) o Los ojos del gato (Lewis Teague, 1985) de antaño, surgidas de la enfermiza imaginación de Stephen King, y, en su lugar, insertar los distintos cuentos dentro de una única historia, dando al conjunto una sensación de cohesión. El filme nos traslada así a la pequeña población de Mill Valley, en California, a una época tan convulsa para el pueblo norteamericano como fue 1968, con el republicano (y posterior ejemplo de corrupción política) Richard Nixon a punto de salir victorioso en las elecciones para la presidencia del país y jóvenes inocentes siendo enviados a morir a la Guerra de Vietnam, mientras el racismo y la intolerancia se palpan en el ambiente. La historia arranca, de hecho, en la noche de Halloween de aquel año, con La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968) inaugurando un nuevo modo de concebir el terror que contenía ocultas lecturas sociopolíticas en sus argumentos y llenando los autocines de muchachos que trataban de evadirse, a través del cine, de una realidad aún más oscura y pesimista. Los protagonistas son, al igual que los “perdedores” de aquella It de Stephen King que vuelve a vivir una segunda juventud gracias al exitoso díptico de Andy Muschietti, son un grupo de adolescentes marginados, acostumbrados a lidiar con las crueles habladurías de un pueblo pequeño o con el bullying al que los matones del instituto les someten.

    «Cada fotograma de Historias de miedo para contar en la oscuridad destila una pasión por el género que encandila, dejando al espectador esa dulce sensación de estar ante un trabajo muy bien dirigido y elaborado con esmero dentro de Hollywood... Respetando la inteligencia, el sentido de la maravilla y el cariño por los seres atormentados convertidos en malignas almas vengativas que caracterizan a los mejores logros de su productor».


    Historias de miedo para contar en la oscuridad sigue los pasos de Estella (excelente Zoe Margaret Ganzhorn), una chica dotada de una enorme creatividad para escribir cuentos terroríficos y que soporta sobre sus hombros la vergüenza del abandono de su madre, y sus amigos, entre los que se encuentra Ramón, un joven latino que vive acosado por la policía, hasta una mansión encantada en la que se cuelan, empujados por la curiosidad que despierta la leyenda que pesa sobre el lugar. Otra niña, Sarah Bellows, torturada y encerrada por su propia familia, habría pasado sus días allí, escribiendo historias de miedo con la sangre de niños muertos. Historias que luego se convertirían realidad. El encuentro casual del libro de Sarah por parte de los muchachos desencadena, cómo no, una maldición que amenaza con acabar con sus vidas, incidiendo en los mayores miedos que cada uno de ellos encierra en su interior y muy a la manera de la saga Destino final, aunque sustituyendo aquellas muertes “accidentales” por unas deslumbrantes set pieces en las que la imaginería de Guillermo del Toro brilla con luz propia, a través de abundantes criaturas monstruosas horripilantes y una puesta en escena realmente notable (a destacar los segmentos de la “habitación roja” y el que tiene como protagonista a una picadura de araña que se complica). La ambientación de la década de los 60 está muy lograda y saca a la cinta de la medianía de este tipo de productos de terror adolescente, gracias a la ausencia de los manidos teléfonos móviles o redes sociales que se han convertido en toda una lacra para el género, en una trama que se mueve dentro de unos terrenos más clásicos. También se agradece que apueste decididamente por el horror, sin medias tintas, y no caiga en la tentación de hacer de la creación de Schwartz un ingenuo entretenimiento familiar como sí lo fueron las traslaciones al cine de las Goosebumps (Pesadillas en España) de Robert Lawrence Stine, más cercanas al modelo fantasioso de Jumanji (Joe Johnston, 1995) que a ese espíritu “creepy” que pedía gritos. Cada fotograma de Historias de miedo para contar en la oscuridad destila una pasión por el género que encandila, dejando al espectador esa dulce sensación de estar ante un trabajo muy bien dirigido y elaborado con esmero dentro de Hollywood, eso es indudable también, con vistas a cosechar el suficiente éxito como para inaugurar nueva franquicia, pero respetando la inteligencia, el sentido de la maravilla y el cariño por los seres atormentados convertidos en malignas almas vengativas que caracterizan a los mejores logros de su productor | ★★★★☆


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid



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