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    Crítica | X-Men: Fénix oscura

    Los demonios interiores de una mutante

    Crítica ★★★☆☆ de «X-Men: Fénix oscura», de Simon Kinberg.

    Estados Unidos, 2019. Título original: X-Men: Dark Phoenix. Director: Simon Kinberg. Guion: Simon Kinberg (Historia: John Byrne, Chris Claremont, Dave Cockrum. Cómic: Jack Kirby, Stan Lee). Productores: Todd Hallowell, Simon Kinberg, Hutch Parker, Lauren Shuler Donner. Productoras: 20th Century Fox Film Corporation / Bad Hat Harry Productions / Donners' Company. Fotografía: Mauro Fiore. Música: Hans Zimmer. Montaje: Lee Smith. Reparto: James McAvoy, Michael Fassbender, Jennifer Lawrence, Sophie Turner, Jessica Chastain, Nicholas Hoult, Tye Sheridan, Evan Peters, Kodi Smit-McPhee, Alexandra Shipp, Scott Shepherd.

    Llega a las carteleras, después de una concepción tortuosa y plagada de inconvenientes (pases de prueba fracasados, escenas que se volvieron a rodar), una de las películas más maltratadas del año por crítica y público, antes incluso de que su estreno viese la luz. X-Men: Fénix oscura aterriza en las salas de cine con muchos factores en su contra, comenzando por el recuerdo, aún demasiado cercano, del brillante cierre de una etapa del otro (más exitoso) grupo superheroico de Marvel en Vengadores: Endgame (Anthony Russo, Joe Russo, 2019) y del triunfo de otra heroína poderosa de la casa como es Capitana Marvel (Anna Boden, Ryan Fleck, 2019), algo que propicia las siempre incómodas comparaciones, ya que la cinta dirigida por Simon Kinberg, guionista de algunos episodios anteriores de la saga que aquí debuta como realizador, también supone la despedida de los X-Men antes de la fusión de Fox con Disney, y se esperaba de ella que fuese un adiós por todo lo alto. Por otro lado, la franquicia no se encuentra en su mejor momento, ya que, cuando están a punto de cumplirse dos décadas del estreno de la obra inaugural de Bryan Singer, Fénix oscura viene a ser la séptima entrega (trilogía sobre Lobezno y díptico de Deadpool, aparte) de una serie que ha hecho de la irregularidad y los cambios de estilo una constante que, en sus últimas aventuras, había empezado a manifestar leves indicios de desgaste de la fórmula. El propio Singer había repetido en la silla de director en algunas de las secuelas más brillantes, como X-Men 2 (2003) -posiblemente, la más redonda de todas- o X-Men: Días del futuro pasado (2014), pero también patinó con la, por otra parte, nada desdeñable X-Men: Apocalipsis (2016). Las otras dos cintas restantes representan la cara y la cruz en lo referente a creatividad dentro de este universo, ya que, mientras X-Men: La decisión final (Brett Ratner, 2006) fue muy criticada por una dirección demasiado impersonal y su no excesivamente cuidado guion, X-Men: Primera generación (Matthew Vaughn, 2011) significó un fresco y muy sofisticado cambio de rumbo para una saga que, por aquel entonces, se encontraba muy necesitada de nuevos aires para tratar de sobrevivir en medio del boom de películas del género, a cuál más espectacular, que arrasaban en las taquillas.

    Fénix oscura viene, en principio, con la presión de cumplir dos objetivos claros: el de hacer que los seguidores de los mutantes olvidaran los errores cometidos en Apocalipsis y el de poner en imágenes una adaptación más fiel y elaborada que la ofrecida en La decisión final de la saga del cómic Dark Phoenix, aprovechando que Días del futuro pasado se había encargado de trastocar la línea temporal de la serie, borrando de la misma los eventos vistos en la cinta de Brett Ratner. ¿Se han conseguido superar ambas metas? Desgraciadamente, la respuesta es un no rotundo y la explicación es sencilla. Aun en sus momentos menos inspirados, Singer no deja de ser un director mucho más experimentado que Kinberg, a quien parece haberle quedado algo grande este proyecto de cerca de 200 millones de dólares, lo que acaba traduciéndose en el hecho de que Fénix oscura nunca llegue a acariciar el sentido del espectáculo de Apocalipsis. Tampoco logra mejorar de forma sustancial lo ya visto en La decisión final, que tenía su punto fuerte en la explosiva actuación de Famke Janssen en el papel de una desatada Jean Grey. A pesar de ello, hay que reconocer que su sustituta en el personaje, Sophie Turner, acaba erigiéndose en uno de los mayores aciertos de este filme, ya que acierta a dotar de una mayor vulnerabilidad, y cierta complejidad dramática, a la poderosa Jean. Del resto del reparto, cabe destacar que las grandes estrellas de la función parecen actuar con piloto automático, como si les importase más cumplir el contrato para desvincularse definitivamente de sus personajes que entregar unos trabajos con verdadera garra. Esto queda patente, sobre todo, en los casos de unos Jennifer Lawrence y James McAvoy (apoderado, por momentos, de tics que recuerdan al Kevin que interpretara para Shyamalan) simplemente correctos como Mística y el profesor Xavier. Mejor parado sale Michael Fassbender que, con menos minutos en pantalla, transmite con energía la habitual ambigüedad moral de ese Magneto que sigue siendo el integrante más interesante del grupo, luchando con su perpetuo conflicto entre ser un villano con causa o un héroe incomprendido. Los actores más jóvenes cumplen con profesionalidad pese al poco margen de actuación que les deja un guion apoyado casi exclusivamente en Jean Grey, mientras que Jessica Chastain, gracias a su inquietante presencia escénica, salva in extremis los muebles en su rol de una villana desdibujada que casi hace bueno al Apocalypse de Oscar Isaac.

    «Fénix oscura es una obra menor, que solo muestra pequeños fogonazos de la genialidad de los mejores tiempos de los mutantes, pero estos son suficientes como para que las dos horas de metraje no supongan una total pérdida de tiempo y siempre es de agradecer ese esfuerzo de sus responsables por tratar de equilibrar el espectáculo de acción con las relaciones entre los distintos personajes, sus dilemas y conflictos internos».


    Ahora bien, a pesar de todas estas debilidades tan evidentes, lo cierto es que Fénix oscura está lejos de ser el bodrio que nos han querido vender. Tal vez no tenga las mejores set pieces de acción de la saga (es una lástima cómo se desperdicia al Quicksilver de Evan Peters, protagonista de las secuencias más memorables de los dos capítulos anteriores) ni los efectos especiales más elaborados –de hecho, en más de una ocasión, el CGI le juega una mala pasada–, pero sí que deja patente su intención de ofrecer una peripecia más oscura y reflexiva, con abundancia de diálogos que continúan debatiendo en torno al miedo que el hombre tiene a lo que desconocido o “diferente” y que le empuja a tratar de destruirlo. También tenemos una vez más (y parece haberse convertido en una moda dentro de este tipo de productos) el creciente empoderamiento femenino, hasta el punto en que, en una divertida línea de guion, Jennifer Lawrence bromea con la idea de cambiar el nombre del grupo a X-Women. Como blockbuster veraniego, la película no deja de resultar tremendamente entretenida y disfrutable, entregando algunas escenas que, pese a que no pasarán a los anales del género, están resueltas de forma efectiva y dinámica –la misión espacial que propicia la evolución de Jean Grey o el clímax final a bordo de un tren, con el violento ataque de esa amenaza alienígena que casi parece una horda de zombies, son buenos ejemplos–, potenciadas por una banda sonora de Hans Zimmer majestuosa, casi a la altura de sus composiciones para el cine de Nolan. Así las cosas, la cinta se las apaña para ganarse, una vez más, las simpatías de los seguidores más fieles de estos cómics, aunque solo sea por la grandeza de unos personajes (a pesar de estar en sus horas más bajas) que ya forman parte de nuestra vida. Fénix oscura es una obra menor, que solo muestra pequeños fogonazos de la genialidad de los mejores tiempos de los mutantes, pero estos son suficientes como para que las dos horas de metraje no supongan una total pérdida de tiempo –que quede claro que esto no es un despropósito de las dimensiones de Cuatro fantásticos (Josh Trank, 2015)– y siempre es de agradecer ese esfuerzo de sus responsables por tratar de equilibrar el espectáculo de acción con las relaciones entre los distintos personajes (los choques de posturas sobre cómo manejar las situaciones entre Mística y Xavier; el vínculo, casi paternal, de este último con Jean; la amistad, a prueba de guerras, entre el profesor y Magneto), sus dilemas y conflictos internos. Ese ha sido siempre el secreto del éxito de los X-Men y, de una manera u otra, continúa intacto aquí | ★★★☆☆


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


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