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    Crítica | Il traditore

    Il primo pentito

    Crítica ★★★★☆ de «Il traditore», de Marco Bellocchio.

    Italia, 2019. Título original: Il traditore. Director: Marco Bellocchio. Guion: Marco Bellocchio, Valia Santella, Ludovica Rampoldi, Francesco Piccolo. Montaje: Francesca Calvelli. Fotografía: Vladan Radovic. Música: Varios artistas. Duración: 135 minutos. Productora: Coproducción Italia-Francia-Brasil-Alemania; IBC Movie / Kavac Film / RAI Cinema / Ad Vitam Production / Gullane Pictures / Match Factory Productions. Diseño de producción: Andrea Castorina. Diseño de vestuario: Daria Calvelli. Intérpretes: Pierfrancesco Favino, Luigi Lo Cascio, Maria Fernanda Cândido, Alessio Praticò, Fabrizio Ferracane, Gabriele Arena, Marco Gambino, Nino Porzio, Massimiliano Ubaldi, Jacopo Garfagnoli, Marilina Marino, Patrick Simons, Gabriele Cicirello, Aurora Peres. Presentación oficial: Festival de Cannes 2019.

    Marco Bellocchio recurre, una vez más, a una de sus obsesiones fundamentales: el ataque a la familia. Una familia que, pese a ser considerada la más grande e importante de la vieja Italia, no deja de estar conformada por un núcleo jerárquico desarraigado y en constante amenaza de reestructuración: la mafia. Como ya es habitual en su cine, el realizador recurre a un entorno claustrofóbico que precipita al protagonista a evidenciar claros síntomas de opresión. Un entorno kafkiano y casi surrealista que alterna entre la suspicacia ladina de las conversaciones sotto voce, los secretos inconfesables dichos bajo la penumbra de un callejón o de una habitación poco iluminada, y los gritos desgarradores de odio y rabia que un confidente de la policía puede despertar, la peor calaña de persona que un organismo criminal tan devoto del tradicionalismo siciliano pueda imaginar. Il Traditore sigue los pasos de Tommaso Buscetta, uno de los más respetados miembros de una importante familia criminal que, derrotado por clanes rivales durante una cruenta guerra entre los jefes de la mafia siciliana, deberá huir a la desesperada a Brasil, dejando atrás a sus familias (biológica y criminal), para ser cruelmente asesinadas. Sin embargo, el calvario de Buscetta no terminará ahí; el realizador, tras mostrar la derrota militar y emasculadora de un hombre cuya vida se regía por el respeto y las demostraciones de poder y masculinidad, continúa con la mayor vejación de todas, el hecho de tener que recurrir a la protección de testigos, ofreciéndose a testificar en un juicio contra el crimen organizado a cambio de su seguridad. Desde este momento, ante la estupefacción de que un hombre de su relevancia haya podido traicionar el código de honor siciliano, Buscetta se convierte en la mayor vergüenza de su gremio; odiado y humillado, tendrá que afrontar un largo y peligroso proceso en busca de una improbable nueva vida pacífica y tranquila.

    El realizador presenta un filme en tres actos: en el primero de ellos prepara una introducción modélica sobre cómo se supone que se debería plantear una película cuyo tema es la Cosa Nostra; un minucioso relato preliminar en el que se retrata una foto familiar muy completa con sus defectos, sus inseguridades, sus puntos débiles y las rencillas ocultas en falsas sonrisas de condescendencia. A continuación, el filme avanza hacia el drama judicial, a su vez dividido en dos partes, la concerniente a las conversaciones de Buscetta con el juez encargado de la acusación y los cargos contra los principales integrantes de las familias mafiosas, y las declaraciones del protagonista como testigo principal del caso, así como los enfrentamientos entre éste y sus antiguos colegas. Finalmente, la película deja un breve espacio para erigir un desenlace de acción con tintes dramáticos. Además del argumento y la contextualización, lo que separará estos tres fragmentos serán los diferentes recursos narrativos usados en cada uno de ellos. Durante la presentación de los personajes, observamos planos muy dinámicos con poco peso discursivo en los cuales se puede contemplar la inmediatez de un cambio, los temblores destructivos que amenazan con derribar la estructura de esa familia de apariencia tan bien establecida. En el nudo argumental, es evidente que todo el peso recae en diálogos elocuentes y la constante contraposición entre el testigo y los acusados; se trata de mostrar en todo momento las dos caras de la historia y la hipocresía imperante en las actitudes de todos ellos. Por último, el desenlace estará provisto de una sucesión de escenas que continúan con fragmentos de historias a medio contar en alguna de las etapas anteriores, el flashback y la elipsis son los elementos clave en este punto.

    Desde el retrato alegórico de un país en decadencia y con el mantenimiento de unas tradiciones muy cuestionables, se pretende atender a una narración metonímica sobre el poder de cada estrato jerárquico social en Italia. Desde el aparato judicial, a la prensa, cada uno de los gremios que aparecen en pantalla es sometido a un cuestionamiento fundacional básico que tiene como objetivo el derrocamiento de cualquier barrera ideológica o represiva que pudiera existir en la narración de este tipo de historias.


    Bellocchio muestra unas pretensiones nada teleológicas, es decir, cuestiona todos los fundamentos sociopolíticos de la Italia del último medio siglo, mientras insinúa que cada uno de los protagonistas ha jugado un papel imprescindible en relación al estado y la situación actual del país. No se trata de corrupción, crimen o justicia, sino la interpretación que cada uno hace de sus acciones para que puedan encajar con algunos eufemismos en una u otra categoría. Desde el retrato alegórico de un país en decadencia y con el mantenimiento de unas tradiciones muy cuestionables, se pretende atender a una narración metonímica sobre el poder de cada estrato jerárquico social en Italia. Desde el aparato judicial, a la prensa, cada uno de los gremios que aparecen en pantalla es sometido a un cuestionamiento fundacional básico que tiene como objetivo el derrocamiento de cualquier barrera ideológica o represiva que pudiera existir en la narración de este tipo de historias. Es evidente que, tras el dinámico comienzo, en el que un funesto contador nos muestra la rapidez con que van cayendo cada uno de los miembros del clan, la película se condensa por un ritmo narrativo algo pesado, que apuesta por el esplendor semántico para lograr una descripción antropológica y psicológica del mafioso clásico. Un relato marcado por la adecuación de diferentes símbolos depositarios de una lectura épica de traiciones, venganza y sangre fría. Es en este punto en el que habrá que cuestionarse toda esa simbología y la justificación estética en la película como medio referencial operativo. Para empezar, no podemos pasar por alto que, pese a la gran capacidad del director para mantener el atractivo de la trama en todo momento, todas las teorías que serán puestas a discusión son trasladadas al espectador por medio de un despliegue introductorio de tintes iniciáticos. El protagonista pasa de ser un individuo despreciable (aspecto extradiegético y desconocido para el espectador), a un defensor de la causa justa (construcción del personaje), algo que determina sin lugar a error el sistema de concesiones. No obstante, podríamos hacer la vista gorda a este juego de manipulaciones dado que la ritualidad criminalística tiene una clara función represora contra la execrable moral del mafioso. De ahí en adelante solo podemos dejarnos arrastrar por un guion soberbio y de trazo firme, que nos irá deleitando con diferentes momentos reveladores y otros especulares hasta conseguir que alcancemos a discernir la verdadera idiosincrasia mafiosa: el miedo a vivir siempre perseguido por los fantasmas del pasado | ★★★★☆


    Alberto Sáez Villarino |
    © Revista EAM / 72ª edición del Festival de Cannes


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