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    Crítica | A hidden life

    Unconscientious God

    Crítica ★★★★☆ de A hidden life, de Terrence Malick.

    Estados Unidos, 2019. Título original: A Hidden Life. Director: Terrence Malick. Guion: Terrence Malick. Montaje: Rehman Nizar Ali, Joe Gleason. Fotografía: Jörg Widmer. Música: Varios artistas. Duración: 180 minutos. Productora: Coproducción Estados Unidos-Alemania; Studio Babelsberg / Medienboard Berlin-Brandenburg. Diseño de producción: Sebastian T. Krawinkel. Diseño de vestuario: Lisy Christl. Intérpretes: August Diehl, Matthias Schoenaerts, Valerie Pachner, Michael Nyqvist, Jürgen Prochnow, Bruno Ganz, Martin Wuttke, Karl Markovics, Franz Rogowski, Tobias Moretti, Florian Schwienbacher. Presentación oficial: Festival de Cannes 2019.

    Terrence Malick está muy influenciado por el movimiento transcendentalista y por la mística que llevó a Thoreau a creer en una conexión inmaterial con el universo, en la idea de que el alma del ser se identifica con el alma del mundo y viceversa. El misticismo le ha permitido desarrollar teorías sobre cómo, mediante sí mismo, el ser humano puede alcanzar una experiencia transcendental a través de la percepción del mundo. La preocupación acerca de lo corpóreo y lo inmaterial, y cómo interaccionan entre sí, ha sido, asimismo, una constante en su cinematografía desde que nos sorprendiera a todos con Malas tierras. Las ideas de confrontación, oposición y renovación de los vínculos más esenciales entre cuerpo y alma (provenientes de la filosofía occidental y oriental), suponen bajo su perspectiva la forma de experimentar y, por tanto, conocer el universo. Sus trabajos pretenden hacer al espectador reconciliarse con su entorno, con la historia y con su yo interior, sin que por ello haya de renunciar en ningún caso a los sentimientos más fundamentales del ser humano, como son el amor y el odio, un binomio que se hace protagonista en su última película, A Hidden Life, y sobre el que pivotará todo el avance narrativo del filme al tiempo que se explora en la polisemia semántica de esos dos términos. Malick, incluso parece querer evidenciar que la producción de esta película es asumida como una vía de contemplación y expiación con la que transmitir sus preocupaciones y sus inquietudes a un espectador que sentirá cómo su conciencia se resiente inevitablemente.

    En esta ocasión el realizador recurre a una concreción narrativa mucho más definida y alejada de la abstracción contemplativa de sus últimos trabajos. Si bien es cierto que mantiene su apuesta estética con escenas sobreprolongadas deliberadamente para representar no sólo la acción y la reacción, sino también el poso emocional que queda en cada personaje. La mayor diferencia llegará con la sencilla secuencialidad cronológica de la acción, que seguirá la historia real de Franz Jagerstatter, un soldado austríaco que, en su regreso a casa en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, se siente atormentado por un peso moral que no puede eludir a pesar de que la vida, para él y para su familia, sería mucho más fácil si, por lo que se gana la antipatía de sus vecinos hasta que es llamado a filas, momento en el que se proclama objetor de conciencia por lo menos, fingiera una devota lealtad a Hitler. En lugar de eso Franz reniega del führer. En ese momento se hace objetor de conciencia lo que, en un régimen dictatorial como el de la Alemania Nazi, supone un arresto inmediato y un proceso de fidelización al Tercer Reich bastante severo. “Matamos inocentes, arrasamos ciudades por la noche y rezamos los domingos. ¿Qué pasa con nuestro país?”. Una vez que esta idea se introduce en la mente del protagonista ya no habrá vuelta atrás, la iglesia no puede aportar una respuesta aceptable sin con ello traicionar todos y cada uno de los principios de la religión, el estado le exige obediencia ciega por la patria y sus vecinos lo tachan de traidor. El único consuelo que hallará Franz será en su familia, con una mujer a la que adora y por quien lo daría todo sin pensar; ahí está la clave de la lealtad para Malick, la lealtad a aquello que amamos, que nos hace felices, apoya nuestras decisiones y nos respalda en nuestros errores. Una vez que el matrimonio es separado y el protagonista es encarcelado, deberá dirigir esa búsqueda de consuelo y confesión de manera epistolar, por medio de las cartas que serán transmitidas al espectador a través del clásico narrador malickiano que indaga en lo más profundo de la moral de sus personajes.

    Malick no ha logrado su trabajo más redondo, pero no hay duda de que su atrevimiento será recordado como un magnífico ensayo introspectivo y bilateral de unos personajes que, sin ser tremendamente complejos, nos permiten conocer la profundidad emocional del ser humano enfrentado a un entorno natural que lo acoge y lo protege, ofreciéndole una vida oculta e interior, contra toda la intrascendencia artificial de nuestros días.


    Malick plantea un acercamiento a la naturaleza humana esencial tan contemplativo como es habitual en su cine, con la particularidad de que, ahora, la aproximación argumental es mucho más asequible. Pese a que nos sigue dejando margen para la reflexión y la indagación en los aspectos más herméticos del ámbito existencial, no permite lugar a dudas en el posicionamiento ideológico y la representación del mal, personalizado, por supuesto, por el ejército nazi. El director pretende así sobrecogernos a través de la belleza y la potencia fotográfica, al tiempo que conmovernos con la demagogia histórica. Una arriesgada combinación que, aunque consigue ejecutar con solvente maestría, lastra un poco la gravedad del trabajo, al verse obligado a repartir el dramatismo retórico entre ambas vertientes representativas: la narrativa y la figurativa. Esta particularidad quizá termina por restar un poco de redondez a la obra, pues no se decanta por ninguna de las opciones concretas que había realizado con excelencia hasta ahora, siendo ejemplos paradigmáticos la mencionada Malas tierras, ejemplo de cine narrativo, y El árbol de la vida, ejemplo figurativo, sino que trata de abarcar ambos frentes en un gran esfuerzo al que, por supuesto y pese las limitaciones propias de una propuesta tan exigente, nos rendimos por sus innumerables virtudes. Esta mezcla heterogénea en la forma fílmica afecta a los personajes de una manera muy efectiva que no habíamos observado en su cine hasta ahora. Por un lado, está claro que cada uno de ellos compone un sujeto arquetípico que representa, de forma alegórica, algún tema de la película: El protagonista es la pureza del amor, su mujer es la lúcida aceptación del destino, los nazis son el odio, las hijas son la esperanza, el abogado es la tentación y la corrupción, y los religiosos son la duda o la mentira, dependiendo de la posición desde la que se mire. Sin embargo, cuando Malick les asigna un nombre concreto y los desnuda como parte de la historia real, les está otorgando un elemento identificador que no sólo supone la encarnación de un concepto, sino que se introduce en nuestro mismo nivel cognitivo. Los sentimientos se humanizan para que nos preocupemos por ellos y, por primera vez, Malick consigue que sus personajes se adentren, no sólo en el terreno ontológico, sino también en el óntico.

    Sin llegar a ser su mejor novela, cuando Mary Evans escribió Middlemarch cubrió una gran parte de sus carencias argumentales con un magistral desarrollo de sus personajes, que se sustentaba en una fuerza inexplicable que llenaba de energía cada página de la obra. Su gran importancia canónica reside en el poder de evasión mostrado por los protagonistas para la abstracción social y espacial de su realidad personal, al tiempo que deambulan por un paisaje que se erige como metáfora de la conciencia colectiva, aportando una plasticidad casi tangible a cada una de sus descripciones paisajísticas y emocionales. Terrence Malick confirma, al final de la película, que ha tomado el título de ésta de la novela de la escritora inglesa, y será entonces cuando alcancemos a ver el paralelismo, la verdadera esencia de ese título misterioso que representa la necesidad de abstracción, de vivir en uno mismo y evadirnos de la cruel realidad que nos rodea. Como Evans, Malick no ha logrado su trabajo más redondo, pero no hay duda de que su atrevimiento será recordado como un magnífico ensayo introspectivo y bilateral de unos personajes que, sin ser tremendamente complejos, nos permiten conocer la profundidad emocional del ser humano enfrentado a un entorno natural que lo acoge y lo protege, ofreciéndole una vida oculta e interior, contra toda la intrascendencia artificial de nuestros días | ★★★★☆


    Alberto Sáez Villarino |
    © Revista EAM / 72ª edición del Festival de Cannes


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