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    Crítica | Familia sumergida

    Conciliar presente vivo y pasado muerto

    Crítica ★★★☆☆ de «Familia sumergida», de María Alché.

    Argentina, Noruega, Alemania y Brasil, 2018. Presentación: Festival de Locarno 2018. Dirección: María Alché. Guion: María Alché. Productoras: 4 ½ Fiksjon / Bubbles Project / Pandora Filmproduktion / Pasto. Fotografía: Hélène Louvart. Montaje: Livia Serpa. Música: Luciano Azzigotti. Diseño de producción: Mariela Rípodas. Vestuario: Mercedes Arturo. Reparto: Mercedes Morán, Esteban Bigliardi, Marcelo Subiotto, Ia Arteta, Laila Maltz, Federico Sack, Diego Velázquez, Claudia Cantero. Duración: 91 minutos.

    La niña santa (2004) fue el tercer largometraje de Lucrecia Martel, protagonizado por Mercedes Morán y que supuso el debut en el cine, en otro papel principal, de María Alché. Esa cinta nos narraba los engaños y turbaciones familiares de varios personajes reunidos en la ciudad argentina de Salta, poniendo el énfasis en la extrañeza de gestos, miradas y diálogos en un ambiente a priori apacible pero en el fondo enrarecido. La experiencia marcó la trayectoria de Alché, que entonces apenas contaba con unos 20 años, pues aunque seguiría interpretando en películas posteriores, su contacto con Martel la impulsó a cursar la carrera de dirección cinematográfica en la misma escuela que aquella. En este contexto realizó algunos cortometrajes, hasta su primer largo estrenado el año pasado en el festival de Locarno y poco después en San Sebastián. Se titula Familia sumergida, está protagonizado por Mercedes Morán y cuenta con el asesoramiento de Lucrecia Martel en el guion, por lo que podríamos decir que se cierra un círculo, y a la vez se abre uno nuevo que anuncia a una nueva directora tan prometedora como entonces lo era Martel.

    Esta ópera prima sigue esencialmente al personaje muy bien encarnado por Morán, una mujer felizmente casada, madre de tres hijos, con una existencia holgada y apacible, pero enrarecida desde el inicio del metraje tras la muerte de su hermana. A esta nunca la vemos, ni se nos hace partícipes del entierro o del funeral, sino que conocemos su reciente fallecimiento por datos progresivos que se nos van ofreciendo, y en particular por el piso suyo que se va vaciando a medida que lo visita la protagonista. En esta labor de mudanza cuenta con la ayuda de un amigo de su hija mayor, con el que a su vez iniciará una relación más allá de la amistad, sin que ello introduzca una perturbación ajena en su familia. No hay grandes escenas de sufrimiento o conflicto, todo lo más una emotiva escena en la que esta mujer llora mientras le narra un cuento a su hijo, y este la observa con timidez sin saber muy bien qué hacer, aunque es manifiesto el cariño que se profesan. En pocas palabras, Alché no se recrea en el drama que podría derivarse de la citada premisa, sino que prefiere dejar que los acontecimientos discurran con un tono más sutil y elíptico. En este sentido hay que destacar que en la versión inicial del guion los otros personajes gozaban de mayor peso, pero en la versión final apenas presenciamos fragmentos de sus vidas ya que, como decíamos, la cámara tiene como referente casi omnicomprensivo a su heroína. Podemos adivinar aquí el efecto de la asistencia de Martel, cuyo cine también aprovecha la fragmentación de unas vidas que aunque solo percibamos en parte se adivinan muy completas más allá de los confines del montaje. Por ejemplo cuando ese hijo llega herido a casa un día tras haberse caído en bicicleta, no se dan mayores explicaciones pero tras dicho accidente hay un motivo que su directora y el actor en su caso conocen y que permite que la acción se presente de forma más orgánica, sin necesidad de que el mismo se explicite para el espectador.

    «La cinta es quizá más intrigante en sus elementos fantásticos que en su naturalismo dramático, aunque este último también tiene momentos […] que transitan entre ambas dimensiones y conforman una ligereza de insospechada verosimilitud».


    El problema que podría tener este tipo de narración es un enfoque un tanto difuso, pues por un lado tiene un protagonista claro pero por otro intenta ofrecer pinceladas de otros personajes, sin renunciar a darles peso pero sin presentarlos de forma completa. El equilibrio es difícil y en ocasiones se puede perder la atención de un relato no muy dinámico y sin una dirección evidente, teniendo en cuenta además el minimalismo que le caracteriza. Estamos ante una historia localizada con un predominio de interiores, apenas desplazada fuera del piso familiar y el piso de la hermana en un par de ocasiones, por lo que casi es una pieza de cámara que sin embargo escapa de la teatralidad gracias a esa fragmentación de la puesta en escena que adelantábamos. La fotografía también aporta cualidades muy cinematográficas, con un uso muy interesante del grano y la luz natural, gracias al talento de la ya reputada Hélène Louvart, prestando ahora su inestimable colaboración a este pequeño proyecto. Especialmente llamativas son las escenas en las que la protagonista se imagina la presencia de otros miembros fallecidos de su familia, reunidos de repente en el piso, con los que interactúa siguiendo un tono surrealista. Más exactamente podríamos hablar de un realismo mágico, por su íntima conexión con el desarrollo cotidiano de los acontecimientos: incluso a veces no hay pausa ni transición entre una acción verdadera y otra que incluye a esos fantasmas. El título de Familia sumergida podría entonces referirse a esos antepasados que se resisten a ser olvidados y que vuelven a emerger en la memoria viva de quien los recuerda en los tiempos de duelo. Igualmente la propia familia presente está sumergida en sus pensamientos y sus propias vicisitudes individuales, que a modo de subtramas parciales alimentan el núcleo del conflicto principal. La cinta es quizá más intrigante en sus elementos fantásticos que en su naturalismo dramático, aunque este último también tiene momentos, en concreto cuando los miembros de esta familia se dirigen uno a otro en forma de cuento, canción o fantasía, que transitan entre ambas dimensiones y conforman una ligereza de insospechada verosimilitud. Y es que no es necesariamente más cercano a la realidad un trabajo centrado secamente en la tragedia que otro, como este, que intenta exteriorizar libremente y sin prejuicios la psique de sus personajes. En esta combinación reside el mayor interés de un filme que por tanto merece verse más allá del vulgar drama familiar | ★★★☆☆


    Ignacio Navarro
    © Revista EAM / Madrid


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