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    Crítica | Las herederas

    La forma que tienen los secretos de hacer ruido

    Crítica ★★★ de «Las herederas» (Marcelo Martinessi, Paraguay, 2018).

    Paraguay, 2018. Título original: Las herederas. Director: Marcelo Martinessi. Guión: Marcelo Martinessi. Intérpretes: Ana Brun, Margarita Irún, Ana Ivanova, Nilda Gonzalez, María Martins, Alicia Guerra, Yverá Zayas. Compañías productoras: La Babosa Cine / Pandora Film / Mutante Cine / Norsk Filmproduksjon A/S / Esquina Filmes. Presentación oficial: Festival Internacional de Cine de Berlín 2018. Productores: Sebastián Peña Escobar; Marcelo Martinessi. Fotografía: Luis Armando Arteaga. Montaje: Fernando Epstein. Duración: 97 minutos.

    En el comienzo de Las herederas todo es ambiguo y misterioso. Afortunadamente este aire de indeterminación continúa hasta el final, como una sombra que esconde cualquier seña del cuerpo que la proyecta. Las dos mujeres del inicio, Chela y Chiquita, habitan una casa en penumbras con espacios que no se dejan definir ni atrapar. Ellas intercambian algunas palabras sin mirarse, se comunican a través de los espejos, espalda con espalda, siempre de un modo indirecto que no deja de ser incómodo y obtuso. Pasan los minutos y comprendemos que a pesar de todo ellas comparten algo más que el espacio: un amor pasado que ya hoy tiene poco resplandor. Dialogan sobre una deuda, problemas financieros y una denuncia de fraude. Paralelamente la casa es desmantelada por compradores de mucho dinero interesados en todas aquellas cosas que Chela y Chiquita tienen que abandonar para no hundirse tras agotarse todas las riquezas que alguna vez heredaron. Esta situación lleva a Chiquita a la cárcel y deja desolada a Chela, quien no sabe cómo continuar una vida que, aunque llena de insatisfacción, la mantenía también lejos de cualquier preocupación. O cuando menos eso intuimos al ver que, a pesar de contraer nuevas limitaciones, contrata a una trabajadora del hogar para que la acompañe y le atienda, como si el cambio de condiciones económicas no fuera suficiente para desacostumbrarse a ciertos privilegios. De algún modo Chela intenta imitar la vida que llevaba a pesar de sus nuevos medios. Más adelante, casi por accidente, las vecinas millonarias le piden que las lleve a diferentes lugares en auto, y así Chela encuentra un pequeño ingreso monetario, pero además descubre otras personas y nuevos ámbitos que revitalizan su deseo y curiosidad por todo aquello que pasaba fuera de la casa que por tanto tiempo fue su refugio, pero que ahora mismo es irreconocible y está lejos de sentirse como un hogar.

    Cercana en procedimientos al cine de Lucrecia Martel, la primera película de Marcelo Martinessi busca en la materia cinematográfica el modo de arrancar vapor a lo intangible. Hace hablar al fuera de foco, dispersa la brecha entre las imágenes y los sonidos, y descompone la causalidad entre miradas. Cada movimiento deja su huella distendida en la duración, y de algún modo todas las capas temporales acumuladas hacen que lo presente sea más bien una intriga que desconoce su enigma. Ahí se sitúa el eslabón más preciado de Las herederas: las glorias del pasado convertidas en ruinas; ese entretiempo que no se ubica ni define su figura, y que, sin embargo, abre algunas brechas para todo lo desacomodado que busca una nueva organización. Desde planos colectivos hasta los más solitarios, la película está poblada casi en su totalidad por mujeres que además son cada una un mundo que se insinúa sin necesidad de ser explicado. El juego de clases sociales, donde Chela es a la vez patrona y trabajadora, es un claro ejemplo de su posición transitoria e inestable. Entre tanto hay baile, canto y juego, pequeñas comunidades del placer que, vistas desde el mirador de Chela, no terminan por tener sabor, al contrario, todo se vuelve una madeja enredada ardiendo a la que se acerca con curiosidad, esperando cambiar su vida ermitaña y aferrada a un hogar cada vez más desecho y desvirtuado, por un nuevo viaje sin destino claro pero que en el camino toma cauces afables y amorosos. Diríamos que en los vínculos nacidos de una supuesta imposibilidad —por ejemplo, Chela que comienza a sentir algo por una mujer para la que trabaja, más joven y en apariencia distinta, es decir, circunstancias que normalmente bloquean simbólicamente cualquier acercamiento— tienen como motor una necesidad de ser otra, de salirse de sí para convertirse en algo anhelado que al mismo tiempo contiene un alto grado de miedo.

    La espacialidad recibe un tratamiento que es indisociable de la tempestad que atraviesa el personaje de Chela. Es notable la multiplicación de los espacios a través de su economía. Se muestra una cárcel, un auto, las calles, un bar, que siempre se dibujan con apenas algunos trazos que, en conjunto con la dimensión sonora, aclaran el ámbito y dan al lugar una personalidad propia alejada de los estereotipos, como si lo incompleto fuera la medida más justa para filmar las cosas. Hay en ese sentido un principio por lo parcial, con luces suaves, desenfoques, encuadres cerrados, voces que abandonan la imagen y deseos opacos. Todo eso llena al filme de un orden fantasmal donde nada se concreta pero todo está en ebullición a pesar de la relativa calma. Esa balanza entre el trazo fuerte y la disolución de las líneas anuncia una exigencia por la metamorfosis aunque los personajes se resistan a ella. La toma de posición de Las herederas será el giro final, donde la pérdida de todo lo que tenía, hace que Chela decida perderse con ello, como si fueran las cosas las que la controlaran a ella y no al contrario, pero sobre todo, parece que esa desmesura oculta muy en el fondo un secreto halo de belleza, donde perderse es el principio de un nuevo encuentro. | ★★★ |


    Rafael Guilhem
    © Revista EAM / Ciudad de México


    Las herederas se estrenará el 8 de marzo en España gracias a BTeam Pictures.

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