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    Crítica: Penélope

    Interior. Noche

    Crítica ✷✷✷✷✷ de Penélope, de Eva Vila.

    España. 2018. Dirección: Eva Vila. Guion: Pep Puig, Eva Vila. Producción: Monika Derenda y Eva Vila. Editora: Diana Toucedo. Música: Juan Sánchez “Cuti”. Fotografía: Julián Elizalde. Reparto: Carme Tarte Vilardell, Ramón Clotet Sala.

    La crítica más perezosa de Penélope pasaría por el lugar común de la reescritura de los mitos. Jugar a las siete diferencias, comparar un cierto pasaje de Homero con un cierto momento narrativo y, en fin, no acceder a la verdadera potencia significante del filme. Y es que –comencemos diciendo una herejía-, Penélope seguiría siendo una cinta extraordinaria más allá –o mejor dicho, más acá- de nuestro interés por la Grecia clásica. Por mucho que se pueda rastrear una colección de versos, de alientos, hálitos y referencias, esa sensación desbordante y estrictamente física que uno experimenta en cada minuto de metraje pertenece exclusivamente al equipo dirigido por Eva Vila y a su valentísima escritura cinematográfica. Es una película –lo que, como suelo decir, no suele coincidir necesariamente con todo lo que se exhibe en las salas-, y, por lo tanto, su fuerza significante está en la inteligencia con la que cada plano, cada reencuadre, cada gesto de los que componen la emoción narrativa se impone y desborda el nivel de lo anecdótico, lo periférico. Pero al mismo tiempo –que nadie piense en formalismos de salón o cosa similar- Penélope está hablando todo el rato, minuto tras minuto, de temas extraordinariamente urgentes y que, precisamente por la manera en la que nos interpelan, no suelen encontrarse tampoco en la oferta cinematográfica postveraniega.

    Luego lo que Vila propone no es reescribir el mito –cosa que, por lo demás, no tendría demasiado sentido- sino antes bien, resucitarlo o reconfigurarlo o incluso rehabilitarlo desde una perspectiva estrictamente cinematográfica. Primero está el plano y su materia: la luz de una vela que se desliza por la página amarillenta de un cuaderno, el reencuadre de una mujer al otro lado de la ventana, el patrón de un vestido acariciado por unas manos sabias. Después del plano se puede abrir la puerta a los elementos que componen la siempre esquiva dimensión de lo sagrado –la muerte, la tierra, el cuerpo, la palabra, el recuerdo-, pero únicamente a condición de atravesar la belleza de la imagen. Ni siquiera hace falta cruzar el umbral entre ambos campos (imagen/religión), basta con permanecer en el primero de ellos con la mirada abismada en la composición visual para que todo lo demás, simple y llanamente, nos arrase. Me permitirán que apunte rápidamente un par de ejemplos. En un momento casi inicial, las manos de la anciana protagonista intentan enhebrar una aguja. Se trata de un plano detalle, cerrado, oscurecido, un plano que secciona con una inteligencia fuera de toda duda todo lo que no pertenece a ese mundo –el gesto cotidiano- que de pronto se desvela inabarcable. No hay que pagar peaje en el célebre telar y la célebre espera nocturna: es suficiente con mirar las manos, con mirar el incontrolable amor, respeto y dulzura con el que esas manos están filmadas, para comprender hasta qué punto puede el cine ser justo, bello y verdadero –caray, intento escapar del mito, pero ciertas ideas platónicas me pisan los talones.

    «Qué gran película ha rodado Eva Vila, y qué rabia no tener mejores palabras para celebrarla. Qué manera de reconfigurar el alma del espectador en esos planos nocturnos e interiores, qué placer dejarse arrastrar hacia ellos, hacia el encuentro con la imagen misma. Qué gran excepción descubrir que, pese a todo, el cine existe».


    La aguja, la mano, el temblor, la decisión, las arrugas: todo está deviniendo lucha, enfrentamiento, todo está reconstruyendo la decisión de no dejar morir, de no dejar caer en el olvido un gesto que en cualquier otra película hubiera pasado simplemente desapercibido, o a lo peor, hubiera aplastado. Eva Vila deja la cámara ahí, y al hacerlo, está escribiendo con vitalidad asombrosa toda una política de los cuerpos, pero también, una declaración de intenciones firme sobre lo que ocurre en la tierra, en el amor, lo que realmente significa el pasar del tiempo. Un segundo ejemplo. En otro momento de metraje, más allá de las exquisitas locuciones del relato homérico que se van filtrando en la narración, la directora recupera el audio de la última emisión del consultorio de Elena Francis. Lo que para otros será un dato accesorio o una anecdotilla de historia patria, para mí supuso uno de los momentos más conmovedores del cine de los últimos años. Conmover, en el sentido estricto, el de activar los mecanismos de memoria más íntimos, más críticos, más escondidos, los que permiten que a uno –que es hombre nacido en el 83- me llevó poco menos que a las lágrimas. Hombre, sí, pero también hijo también de modista y por extensión, niño que creció pegado a la radio perpetuamente encendida que sonaba en los espacios femeninos familiares –y en los que, todo debe decirse, escuché mis primeras críticas de cine radiofónicas. No quería hacer crítica confesional, pero aquí lo tienen: Penélope estaba hablando del mundo que habitaban las mujeres de mi pasado, y con una desnudez y una sinceridad tan desarmante que no había manera alguna de escapar de todas sus implicaciones. De recordar todas sus injusticias –recordemos, sin ir más lejos, que era un hombre (Juan Soto Viñolo) el que cobró por aconsejar a las mujeres en sus devaneos confesables durante décadas-, pero también de recordar todos sus triunfos. Pienso ahora en la manera en la que Eva Vila ha rodado a la anciana, la manera en la que ha iluminado su rostro, ha escuchado sus palabras –entre la risa y el llanto, jugando a las cartas o hablando de su propia muerte-, y me doy cuenta de lo tremendamente pobre que es la experiencia habitual del espectador de cine, al que se le hurta de manera tan sibilina y tan lamentable la oportunidad de arrojarse a ciertas imágenes.

    Al final, lo que uno podría decir de Penélope tiene más que ver con las conversaciones que uno mantiene con los amigos de toda la vida en la hora de los miedos y las confidencias: el reto que supone permanecer siempre y sin condiciones al lado de nuestros mayores, la deuda política y existencial que hemos contraído con ellos, e incluso, el miedo a su inminente desaparición. Penélope tiene redaños y pone las cosas encima de la mesa: dejemos fuera a los adolescentes, dejemos fuera las explosiones, dejemos fuera los giros de guion, dejemos fuera a los alienígenas y vamos a hablar de nosotros, de nuestro cuerpo que se va marchitando, del silencio de los espacios rurales, de las canciones que punteaban el amor que nos contaron nuestras madres, nuestras abuelas, de su trabajo y su dedicación, de su lucha. Qué gran película ha rodado Eva Vila, y qué rabia no tener mejores palabras para celebrarla. Qué manera de reconfigurar el alma del espectador en esos planos nocturnos e interiores, qué placer dejarse arrastrar hacia ellos, hacia el encuentro con la imagen misma. Qué gran excepción descubrir que, pese a todo, el cine existe. | ✷✷✷✷✷ |


    Aarón Rodríguez Serrano
    © Revista EAM / Madrid


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