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    Crítica | La muerte de Stalin

    Humor negro y terror rojo

    Crítica ★★★★ de La muerte de Stalin (The Death of Stalin, Armando Iannucci, 2017).

    Friedrich y Brzezinski han definido el totalitarismo por su ideología monolítica, un partido único de masas guiado típicamente por un dictador, un sistema de terrorismo policiaco, un monopolio tendencialmente absoluto en manos del partido de los medios de comunicación, un monopolio similar de los instrumentos de la lucha armada y un control y dirección central de toda la economía. Hannah Arendt, la otra principal estudiosa de esta forma de Estado, la ha considerado una forma radicalmente nueva de dirección de la conducta humana, persiguiendo su transformación total mediante una combinación de ideología y terror. Según ella, estos rasgos sólo se comprobarían históricamente en la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin, por mucho que algunos de ellos se nos puedan hacer demasiado familiares en otros contextos. Este último régimen en particular cobró sus perfiles propios tras la Segunda Guerra Mundial, ejerciendo su líder un severo control del Politburó y disminuyendo la importancia del Presidium, aunque ya en 1936 se aprobaría una Constitución que exigiría la conformación de un Soviet de la Unión, pretendiendo seguir los designios de una voluntad más colectiva. En cualquier caso lo característico de este sistema sería la radicalización y a la vez desfiguración de la masa bajo una dirección unitaria, reducida en su extensión y prolongada en su mandato. Esta dualidad se advierte enseguida en el nuevo trabajo de Armando Iannucci, adaptado de una novela gráfica de Fabien Nury y Thierry Robin, sobre los últimos días del dictador comunista y los conflictos que ocasionaría la lucha por su sucesión.

    En este sentido hay que tener en cuenta que La muerte de Stalin se define por el protagonismo de los pretendientes a la susodicha herencia, como dirigentes más cercanos al mandamás, y por la correspondiente marginación del resto de la población, reducida a un puñado de secuencias donde carece de individualidad y se compone de multitud de extras: véase en concreto cómo está montada la escena en la que llegan a Moscú para darle el último adiós al déspota. Antes el metraje arranca con un concierto del que este último exige una grabación (para gran temor de sus responsables, que no la han realizado), después de cenar con sus compañeros, presentados cada uno con rótulos identificadores. Los conocemos como Lavrenti Beria (Simon Russell Beale), implacable ejecutor de las arbitrarias decisiones de su jefe en innumerables listados de condenados a muerte; Georgy Malenkov (Jeffrey Tambor), candidato formal a la sucesión pese a olvidar algunas purgas y represiones; Vyacheslav Molotov (Michael Palin), potencial sacrificado político aunque salvado a última hora por la muerte anunciada; y Nikita Khrushchev (Steve Buscemi), que como sabemos acabará siendo el nuevo secretario general y presidente de la Unión. Las interacciones entre estos personajes, sus idas y venidas, acuerdos y desacuerdos, alianzas y conflictos, definirán antes el futuro inmediato del gobierno, siguiendo con escrupulosa interpretación consuetudinaria las reglas marcadas para tal acontecimiento. Dicho de otra manera, se trata de combinar el más estricto acatamiento jurídico-burocrático con el más arbitrario comportamiento personal, llevando así el raciocinio al extremo más irracional, como cuando estos individuos intentan entender por su cuenta las últimas palabras del postrado Stalin, que señala hacia un cuadro con una pastora dando de beber a un cordero.

    «Estamos ante un difícil equilibrio entre madurez discursiva e inmadurez superficial, tocando temas muy serios con multitud de ramificaciones y haciéndolo con una ligereza y una despreocupación que desarman. Es en suma un tipo de humor que nos recuerda al de los Monty Python».


    Es un material propicio para el humor más incisivo, por su meollo sociopolítico, y más extravagante, por la parodia del terror. En efecto se busca la comedia en la tragedia, maximizando la tragicomedia en un sentido inverso al que estamos acostumbrados, ya que no se lamenta la suerte de un patetismo humano sino que se disfruta con las ocurrencias de unos seres casi deshumanizados. Son más bien títeres que se mueven por inercia, del aparato y de lo que se espera de ellos, aun cuando parecen estar rebelándose contra el orden establecido. Este contraste por ejemplo lo advertimos poco después de la escena anterior, cuando en los alrededores boscosos del lugar de defunción cada uno se va ya separando para urdir su estrategia, pero luego se reúnen para seguir con la ceremonia como si sus diferencias fueran meras riñas infantiles en lugar de choques trascendentales, tanto para su vida como para el conjunto del país. Estamos ante un difícil equilibrio entre madurez discursiva e inmadurez superficial, tocando temas muy serios con multitud de ramificaciones y haciéndolo con una ligereza y una despreocupación que desarman. Es en suma un tipo de humor que nos recuerda al de los Monty Python, algo corroborado por el estilo en apariencia improvisado de la puesta en escena, cuya principal separación de la teatralidad es el uso de la cámara al hombro. Y por supuesto el homenaje se evidencia por la presencia en el elenco de uno de los miembros de aquella banda, Michael Palin.

    En verdad los actores tienen diversa procedencia (incluso distintos acentos) y cada uno le da un toque diferente a su papel, pero Iannucci consigue armonizar sus aportaciones para que no se desvíen del ritmo marcado con metrónomo del relato. El mismo se nutre del carisma de estos intérpretes, que dotan a sus personajes de un calado del que carecerían si solo fuera por el desarrollo que les proporciona el libreto. Esto es acorde con su deshumanización que adelantábamos, y por ello el suspense que precede al sacrificio final de uno de ellos, y su propia ejecución, son resueltos con sorpresa expeditiva, de forma un tanto anticlimática, lo cual no deja de ser algo decepcionante por lo a priori elevado de la apuesta. Empero también se podría argumentar que en esta minoración está la crítica central del exceso de este régimen. En cualquier caso La muerte de Stalin da prioridad a las escenas individuales, lo cual también nos recuerda a los sketches de los Python. Así por ejemplo una de las secuencias más brillantes es aquella en que todos se congregan en el Presidium para tomar una serie de resoluciones, a propuesta de Malenkov, y a sucesiva mano alzada hasta alcanzar siempre la unanimidad. Uno de los más reticentes es Krushchev, pero al final también acaba levantando el brazo, haciendo una mueca de contrariedad resignada que parece más dirigida al público invisible que a sus compañeros en la sala. En otras palabras, en este y otros momentos se está a punto de romper la cuarta pared por la desconexión que hay entre la realidad en que se mueve la película y la que el espectador proyecta en ella. Pero Iannucci lleva a sus últimas consecuencias este desdoblamiento y no cae en la trampa de convertir la parodia en autorreferencial, porque entonces se perdería la presunta gravedad con la que todos se toman este asunto por muy ridículo y anacrónico que sea... O no tanto. | ★★★★ |


    Ignacio Navarro
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Reino Unido, Francia y Bélgica, 2017. Presentación: Festival de Toronto 2017. Dirección: Armando Iannucci. Guion: Armando Iannucci, David Schneider e Ian Martin (basado en la novela gráfica de Fabien Nury y Thierry Robin). Productoras: Quad Productions / Main Journey / Gaumont / France 3 Cinéma / La Compagnie Cinématografique / Panache Productions. Fotografía: Zac Nicholson. Montaje: Peter Lambert. Música: Christopher Willis. Diseño de producción: Cristina Casali. Dirección artística: Jane Brodie. Decorados: Charlotte Watts. Vestuario: Suzie Harman. Reparto: Steve Buscemi, Simon Russell Beale, Jeffrey Tambor, Michael Palin, Andrea Riseborough, Olga Kurylenko, Rupert Friend, Jason Isaacs, Paul Whitehouse, Paul Chahidi, Paddy Considine, Tom Brooke, Adrian McLoughlin. Duración: 106 minutos.


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