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  • Cobertura de la 71ª edición del Festival de Cannes.
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    Cineclub: Los pantanos de Zanzíbar (1928)

    El pozo de la abyección

    Los pantanos de Zanzíbar (West of Zanzibar, Tod Browning, 1928).

    Esta es la historia de una venganza atroz. Su protagonista, Phroso (Lon Chaney), es un mago que muestra su espectáculo en un teatro donde se desarrollan diversas actuaciones circenses, en esta ocasión alejadas de las carpas habituales. Su número estrella consiste en mostrar a una bella joven introduciéndose en un ataúd que permanece de pie frente a los espectadores, cerrar la tapa, realizar los habituales movimientos de manos y volverlo a abrir mostrando a un descarnado esqueleto en el lugar donde antes estuviera la muchacha. En el ínterin hemos visto cómo esta giraba, oculta a todos los ojos, sobre una plataforma sustituyendo su cuerpo por los temibles huesos. Apenas llevamos unos minutos y ya el director de Los pantanos de Zanzíbar (West of Zanzibar, 1928), Tod Browning, nos ha trasladado a su universo conformado por ese circo que se transmuta en galería de horrores y esos trucos desvelados siempre, sin secretos para quienes miran desde fuera, dejando claro que toda ilusión es falsa, que cualquier atisbo de prodigio no es sino un engaño perpetrado por un maestro de la ilusión. Como el conde Mora (Bela Lugosi) y su hija Luna (Carroll Borland) poniendo en pie la mentira vampírica en La marca del vampiro (Mark of the Vampire, 1935), o Alonzo (Lon Chaney) escondiendo sus brazos a los ojos de Nanon (Joan Crawford) en Garras humanas (The Unknown, 1927), o Paul Lavond (Lionel Barrymore) y Echo el Ventrílocuo (Lon Chaney) disfrazados de mujeres para poder cometer sus crímenes con impunidad en Muñecos infernales (The Devil-Doll, 1936) y El trío fantástico (The Unholy Three, 1925), y tantos otros: la mentira y la falsedad siempre recurrentes en las tramas de Browning. Y el circo como el lugar ideal donde desarrollarlas, o ese mundo de bambalinas y tramoyas de la farándula que también suponen su medio natural. Phroso termina su actuación arropado por los aplausos que proclaman su éxito, pero al volver a su camerino recibirá el primer golpe del destino: su venerada y amada sin límite esposa lo abandonará por un truhán engominado, Crane (Lionel Barrymore), el cual escupirá a la cara de Phroso su plan de fuga con una crueldad cuya única explicación consiste en la de hacer el mal porque sí, por dañar a quien tiene ante él por el placer de hacerlo. Ambos iniciarán una pelea que tendrá un final rápido y brutal: Crane empuja a Phroso con rabia y desprecio haciéndolo caer desde la altura de un primer piso. El mago queda tendido en el suelo y enseguida descubriremos, por medio de un despiadado cambio de escenario, que ha quedado paralítico: Phroso mendiga por las calles sobre una madera con ruedas que desplaza con sus manos. De la gloria del arte a los arrabales del olvido. El daño no es solo físico: es el fruto de haber perdido todo lo que se ama.

    Los pantanos de Zanzíbar continúa algunos minutos más con este tono de drama decimonónico desaforado: Phroso seguirá hasta una iglesia cercana a la que fuera su esposa y la verá morir ante el altar. Para colmo, allí mismo esta ha dejado abandonado al infortunio el fruto de su adúltera relación: un bebé, una preciosa niñita. Y ante ella, Phroso, enloquecido por la ira y el dolor, jura tomar venganza del malvado Crane. En la figura de su hija volcará toda su bilis y su sed de revancha, el ansia devoradora y asesina de devolver cada golpe recibido con la mayor saña posible. Una retorcida vendetta que se prolongará hasta que la niña sea mayor de edad y su padre descubra que ese guiñapo en el que la convertirá es su hija. La trama da un salto aún mayor y nos encontramos 18 años después nada más y nada menos que en Zanzíbar, el lugar en el que Crane ha montado un negocio propio de un carroñero de su especie: tráfico de marfil. Y allí está Phroso, una araña enferma y corrompida por el odio que espera su momento para hundir a Crane en el lodo del sufrimiento. Conviviendo entre caníbales y fomentando entre ellos la creencia de que si un hombre muere, la mujer más cercana a él debe ser incinerada junto a su cadáver en una pira funeraria. Una refinada cuchillada final que va más allá del deceso del objeto de su furia. Phroso acosará en secreto a Crane mandando a la tribu caníbal, a la que domina gracias a sus trucos de magia, antaño creados para el disfrute de su público y ahora parte de un ardid mórbido, y del alcohol que distribuye entre los nativos, a robar los valiosos colmillos con los que trafica. Pero su hora definitiva ha llegado: manda a buscar a Maizie (Mary Nolan), la abandonada hija de su enemigo a la que ha mantenido en un burdel, con la promesa de que al fin conocerá a su padre. Esta, que a pesar de haber crecido en el prostíbulo más nauseabundo de las costas africanas aún mantiene el brillo de la inocencia, acude ilusionada a su llamada para encontrarse con un Phroso bestial que la sume en los delirios del alcoholismo y el embrutecimiento más descarnado. La golpea sin piedad un día tras otro y la mantiene vestida con harapos, con la única luz en su vida que supone el doctor (Warner Baxter) que Phroso tiene empleado en su mugrienta cabaña para que cuide de sus piernas, sus miembros inútiles que le han dado el apodo de Dead Legs (Piernas Muertas) entre los habitantes de ese infierno inmundo. Maizie y el doctor se enamoran, pero este también está alcoholizado y pasa los días entre las brumas de la bebida y los breves momentos en que intenta tomar fuerzas y enfrentarse a su maligno empleador.

    «El África profunda es mostrada como epítome de la oscuridad y del bestialismo humanos, el lugar donde anida, crece y se multiplica lo salvaje. Lo desconocido solo puede albergar el mal».


    Las horas de Maizie se arrastran envenenando su dulce y cándida mirada con los crueles espectáculos que Phroso le obliga a contemplar, con el desprecio que este le muestra con cada gesto y cada palabra, con las continuas humillaciones a la que es sometida y con los vasos de pútrido alcohol que Phroso le obliga a beber. Obligación que pronto se convierte en suplicante petición para alegría de este. Todo un espectáculo de la crueldad y la abyección humanas ante el que el único consuelo posible, que alguien muestre algo de compasión o amor, se ve frustrado porque los únicos capaces del mismo, los jóvenes enamorados, son esclavos de su inculcado vicio. En el culmen de la locura de Phroso este llegará a romper un vaso que acaba de usar Maizie porque no vaya a ser que por error él también beba de allí. Browning acumula escenas cruentas sin dar respiro. Llegamos a sentir el aroma pestilente de los cuerpos sudorosos, encharcados en la corrupción y el anhelo del mal, con sus perlas sucias brillando sobre la piel enferma. No hay escapatoria imaginable de esa cabaña pestilente en la que conviven estos desechos que otrora fueran personas. El África profunda es mostrada como epítome de la oscuridad y del bestialismo humanos, el lugar donde anida, crece y se multiplica lo salvaje. Lo desconocido solo puede albergar el mal. Pero se acerca la hora de la verdad. Phroso cita en su mugrienta cabaña a su eterno enemigo Crane y le muestra a la joven. Este en un principio ni se acuerda de quién es ese tipo en silla de ruedas que le mira con ojos que son puro veneno. Impelido por Phroso al fin toma conciencia de quien tiene ante él y de por qué está paralítico. Y Crane se ríe con desprecio. Este, justo este era el momento que Phroso esperaba. Y es entonces cuando le explica que ese despojo que acaba de conocer, ese ser embrutecido por el alcohol que antes fuera una hermosa joven, es su hija. Crane se estremece convulsionado por la noticia. Su cuerpo se sacude en espasmos. De espaldas al espectador parece retorcerse por el llanto. Pero al volverse y mostrar su rostro, Crane ríe. Ríe a carcajada limpia, burlándose una vez más del espantado Phroso. La película culminará con el profundo cambio operado en el antiguo mago y con su sacrificio que buscará purgar tantos años de infligir dolor. Como broma macabra final, será su truco del esqueleto en el ataúd el que no lo ayudará a evitar ser plato de aquellos a quienes alimentó con todo su odio.

    «Si argumentalmente el arrepentimiento de Phroso resulta poco menos que increíble, esto es superado por la mirada profunda y sufrida de Chaney, capaz de pasar de lo deleznable a lo delicado, del odio extremo al amor paternal con una maestría estremecedora».


    Los pantanos de Zanzíbar se basa en una obra de teatro escrita por Chester De Vonde y Kilbourn Gordon, Kongo, que había obtenido un gran éxito desde su estreno en 1926 pese al escándalo que provocó su excesivo argumento. En ella, Maizie llegaba a contraer la sífilis como parte del plan vengativo de Phroso, aspecto que se desestimó a la hora de llevarla al cine. Entre los autores de la adaptación se encontraba Waldemar Young, un guionista que había colaborado y aún colaboraría en alguna ocasión con Browning, y que después lo haría en reputadas producciones de Cecil B. DeMille o Henry Hathaway. Pero donde este descenso a las tinieblas más brilló fue en la actuación de Lon Chaney como el desquiciado Phroso, uno de los actores predilectos de Browning, que aquí se muestra genial en su vileza y magnífico en su bondad y redención finales. Si argumentalmente el arrepentimiento de Phroso resulta poco menos que increíble, esto es superado por la mirada profunda y sufrida de Chaney, capaz de pasar de lo deleznable a lo delicado, del odio extremo al amor paternal con una maestría estremecedora. Lionel Barrymore también trabajó con asiduidad para Browning, y está perfecto en su personaje rebosante de crueldad, con su mirada que es una burla y un insulto constantes para Phroso. La Metro Goldwyn Mayer, productora de la película, reutilizó planos para una posterior versión sonora que mantendría el título de la pieza teatral, Congo (Kongo, William J. Cowen, 1932), no tan conseguida como la de Browning pero no por ello menos malsana. West of Zanzibar no funcionó bien en taquilla. El público parecía cansado de la colaboración entre Browning y Chaney, que ofrecía obras tan extrañas y exacerbadas, y esta en especial resultó demasiado oscura. Su siguiente trabajo juntos fue en Oriente (Where East Is East, 1929), una historia de aventuras más tradicional. Una excelente película, pese a ello, pero ya lejos de la exploración de los límites a los que puede llegar el dolor, el odio y la miseria del corazón humano.


    José Luis Forte
    © Revista EAM / Cáceres


    Ficha técnica
    USA, 1928. Título original: West of Zanzibar. Director: Tod Browning. Guion: Elliott J. Clawson, Joseph Farham y Waldemar Young, basado en la obra de teatro de Chester De Vonde y Kilbourn Gordon. Productora: Metro-Goldwyn-Mayer. Productores: Irving Thalberg y Tod Browning. Estreno: 24 de noviembre de 1928. Fotografía: Percy Hilburn. Música: William Axt. Montaje: Harry Reynolds. Dirección artística: Cedric Gibbons y Richard Day. Intérpretes: Lon Chaney, Lionel Barrymore, Mary Nolan, Warner Baxter, Jacqueline Gadsdon, Tiny Ward, Kalla Pasha, Curtis Nero, Chaz Chase.


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